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Adolfo Schlosser. 1939-2004Museo Reina Sofía. Madrid. Del 7 febrero al 22 mayo de 2006Por Ángela Rubio Rojo
La vida y obra del artista que nos ocupa se caracterizaron por una actitud apasionada de hombre discreto y al mismo tiempo intenso. Estableció una honda relación con la naturaleza de la que extraía los materiales de sus obras como expresión de la ineludible vinculación del hombre con la tierra, haciéndonos ver que la tierra, la naturaleza son vida y energía. Así Schlosser , construye una de las poéticas más singulares del panorama plástico español del último cuarto del siglo XX. Hijo de un artesano ceramista del que adquiere el gusto por el trabajo con los materiales de la tierra –barro, adobe, madera- pasa por la Escuela de Bellas Artes de Viena donde estudia entre 1957 y 1959. Al mismo tiempo, muestra interés por la escritura -prosa, poesía y guiones radiofónicos- y la música llegando a formar un grupo musical con el que realizaría acciones-concierto con instrumentos musicales construidos por el mismo. Su vida dio un giro espectacular con diecinueve años cuando viaja a Islandia donde se familiariza e impregna de la cultura nórdica. Esta experiencia influirá notablemente en su trayectoria artística posterior, plasmada en sus obras: Ballena, Foca, Velero, Morkell Many, Moby Dick. Tras un largo periplo junto a la artista Eva Lootz llega a España a mediados de los sesenta. En este momento recupera la escultura como principal forma de expresión, en ella refleja el interés por el espacio y la tensión, lo que le lleva a introducir en sus obras plástico, metacrilato y la cuerda o goma elástica. Su proceso creativo evoluciona desde las construcciones geométricas -practicadas ya en los tapices de lana realizados entre 1970 y 1973- en metacrilato, cordón de goma hasta sus famosas “tensiones” de bandas elásticas sobre soportes de varilla de hierro. Resultan especialmente interesantes en la exposición las instalaciones arbóreas Bóveda, Fata Morgana, El cielo sobre la tierra en las que despliega su instinto cósmico. Ya en los últimos años y en colaboración con el fotógrafo Enrique Carrazoni realizó varios montajes fotográficos buscando la ordenación del cosmos. Juan Navarro Baldeweg se refiere a Schlosser como un artista silencioso que nos enseñó a ver figuras donde hay sólo azar. Esa es la sensación que tenemos al recorrer los sesenta y seis dibujos, instalaciones, fotografías, video y sobre todo las más de cien esculturas en las que reconocemos formas vistas en la naturaleza; esto es porque el artista las ha capturado y nos las ha traído con una particular visión. |
Nº 9 - Marzo de 2006 |
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