Comenzar el olvido… Pero ¿cuándo?
Matías Escalera Cordero conversa con el editor y escritor a propósito de su primera novela, un artefacto narrativo que desafía los silencios de la Transición y el tardofranquismo.
Hace poco, esta misma primavera, Reino de Cordelia ha publicado Comenzar el olvido, la primera novela de Pepo Paz, el conocido editor de Bartleby, uno de los pilares de la poesía española de los últimos veintiocho años; antes, en 2018, comenzó su carrera como escritor literario, con una colección de cuentos Las demás muertes, en Demipage.
La primera intención fue escribir una reseña de esta Comenzar el olvido, pero hay novelas, hay obras con las que, si es posible, merece la pena ahondar en ellas de manos de su autor, y, en este caso, ha sido posible. Y, aquí, está la conversación que establecimos Pepo Paz y un servidor a propósito de su excelente obra (sé que no son muy apropiados los adjetivos valorativos en la crítica artística y literaria, pero esto que sigue no es una crítica, es una conversación. Una conversación entre dos compañeros, que unos años arriba o unos años abajo, compartimos una misma memoria del tiempo personal e histórico de nuestro país).
Entrevista
Matías E.. Querido Pepo, lo primero, decirte que me han resultado entrañablemente significativas, mientras leía, algunas coincidencias biográficas y literarias entre nosotros, por ejemplo, el que ambos comenzásemos a publicar literatura en la cincuentena, aunque lleváramos escribiendo desde mucho antes; o el que te hayas tomado tu tiempo para escribir esta novela, unos cinco años, el tiempo, de media, que yo he dedicado a mis cuatro primeras novelas, lo que quiere decir que tu escritura no es el fruto de un capricho, de un desahogo o de un arrebato sentimental; o, también, que los dos seamos chicos madrileños de barrio y que ambos estemos ligados, por nuestra memoria personal, con uno de los personajes detonadores de la novela, Mariluz Nájera, pues yo estaba en el mismo salto en el que fue asesinada, aquel fatídico 24 de enero, como había estado, un día antes, también, muy cerca de la plaza en donde habían asesinado a Arturo Ruiz, razón por la que estábamos, de nuevo, en las calles, ese día: ambos, de mi edad, Arturo tendría hoy 69 años, era del 57, y Mariluz, exactamente la mía, 70 años, pues era del 56; pero es que, además, mi suegro, que trabajaba en el aeropuerto conocía al padre de Mariluz, como tu padre había conocido a un tío suyo. En fin, que, como Mónica, uno de los personajes centrales de tu novela, me temo que tú y yo estamos entre dos mundos y que utilizamos, como ella, palabras que ya no se entienden o que no entienden, al menos, esos jóvenes que atraviesan las calles cantando el Cara al sol, con los que concluyes tu obra.
¿No tienes la impresión de que gentes como nosotros escribimos para quienes nunca nos van a leer, como barruntaba Vicente Aleixandre, de que esta novela tuya, como todas aquellas que tratan de ese mismo tiempo, deberían leerla justamente esos jóvenes o sus padres? ¿Por qué, pues, seguir insistiendo, por qué seguir escribiendo así?, ¿por qué la has escrito tú?
Pepo Paz. Gracias, Matías. La verdad es que, cuando escribo, nunca pienso en los posibles lectores. Digamos que eso pertenece a otro negociado. Escribo para hacerme preguntas y tratar de imaginar posibles respuestas. Escribo para recordar y darle cuerda a la imaginación. Escribo para alumbrar pasajes de nuestras vidas que no deberían desvanecerse en el olvido. Pero el camino hacia el lector tiene que encontrar sus propios cauces a través de la visibilidad en redes sociales, de la crítica especializada y, por qué no, con el boca a oreja (algo que excede a la tarea de escribir). También, de la prescripción librera, aunque me temo que los libreros y libreras están igual de desbordados que los propios lectores, frente a los excesos de la industria del libro. El escritor no puede ser un hombre orquesta, en suma. Yo le pido a mis lectores que, si la novela les atrapa, lo cuenten a sus amigos. Dicho esto, reconozco que la tarea de buscar lectores resulta compleja: Comenzar el olvido no está escrita desde la militancia política o social, es una mirada lo menos maniquea posible sobre el tardofranquismo y la Transición. Creo que eso ayuda a enfocar la lectura de la novela. Me importa mucho más el tratamiento del lenguaje, que la historia en sí, si me apuras. Por eso me he tomado tantos años en cincelar el artefacto narrativo. ¿Por qué insistir con el abordaje de aquella época, me preguntas? Y yo digo ¿Es que hay otra posibilidad frente a los que quieren reescribir nuestro pasado más reciente? ¿Por qué la he escrito? La respuesta es que necesitaba sacar de dentro el desconcierto sobre aquellos años. Un desconcierto que es consustancial a nuestra propia vida.
Matías E. Así es, Pepo, si no hay en nosotros esa necesidad de hacernos preguntas acerca de nuestras vidas y del mundo que nos rodea, si no hubiera ese deseo íntimo de escribir, de poner orden en nuestros recuerdos y experiencias, no escribiríamos lo que escribimos, ni cómo escribimos, porque se nota en tu escritura, es cierto, esa conciencia del ‘tratamiento del lenguaje’ del que hablas inmediatamente, por eso te mencionaba lo de los dos mundos en colisión, también en las palabras y el modo de usarlas.
En este sentido, la novela sigue la veta de los relatos, de Las demás muertes, tu primera incursión literaria pura, ¿no es así?
Pepo Paz. La mayoría de los relatos de Las demás muertes se escribieron cerca de dos décadas antes de su publicación, a mediados de los noventa. Soy un narrador muy lento, lo reconozco. Escribo, dejo los textos macerándose durante años y luego vuelvo con la piqueta sobre ellos. Alguien dijo que “escribir es corregir” y yo lo he asumido después de tanto tiempo ejerciendo el oficio de colaborador en prensa. La veta supura desde un espacio vital muy lejano, la infancia, sí; pero Comenzar el olvido es una novela de formación que va más allá. En el Manu niño se hibridan Daniel, el Mochuelo, y el Nini. Creo que en el Manu de la primera parte de la novela se focaliza esa pasión por la narrativa de Delibes que se ha ido haciendo con mi manera de escribir a través de las lecturas. También los relatos de posguerra de García Hortelano. Y la Barcelona de Marsé y Casavella. Hubo un momento, hará unos quince años, en que los recuerdos de la infancia en el barrio volvieron a mí con especial ahínco: fue entonces cuando empecé a escribir la novela, como un notario que deja constancia escrita de unos acontecimientos que alguien le ha relatado. Luego esa veta se cerró y me quedé solo frente a la ficción. Y fue cuando arranqué de verdad. Como dije una entrevista relativa al libro de relatos: “Llega un momento en que la memoria se trasmuta en ficción”.
Matías E. Esa es la veta literaria y estilística que se percibe en tu modo de abordar la escritura literaria, así es. Una veta que llega desde los relatos y que atraviesa los límites genéricos o las pulsiones provenientes de nuestros recuerdos personales, con los que, en efecto, solo con ellos, no se construye una obra literaria, y que va más allá de los detalles y de los giros argumentales.
Pero volviendo, justamente, al contenido y naturaleza de tu novela, ¡cuánta impunidad!, ¡cuánta negrura, la de aquel tiempo y la de aquella España!, ¿verdad? Un tiempo y una España que fue la de nuestra infancia y que, como niños de los barrios y del extrarradio (y esta es la cimentación Delibeana en la que se fundamenta tu escritura) la vivimos como aventura… Pero, al volver la vista atrás, ¡cuánto dolor irredento y cuanta miseria había a nuestro alrededor!, ¿no?
Pepo Paz. Me costó mucho tiempo descubrir que la mujer que había aparecido en el primer capítulo de la novela era Natividad, la estrangulada en la tinaja de la alquería de La Hinojosa. Alguien la mató, y la pacata sociedad de la época la remató acusándola de todo tipo de tropelías (cuando nadar en una piscina era sospechoso y estar casada con un sargento de color de la base de Torrejón de Ardoz no se veía con buenos ojos). Me indignaba la cantinela de que “algo estaría haciendo”. Así que lo que he intentado en la primera parte es reivindicar a esa pobre mujer, darle –en la ficción– la posibilidad de expresarse, de contar su verdad. Por supuesto, ahí, aparece, por vez primera, el policía de la brigada político social, cuya presencia se va extendiendo por la estructura de la obra como una mancha de galipote en las orillas de la playa. Hablamos de un tiempo oscuro del que apenas recuerdo nada porque era un niño, con las preocupaciones de andar por casa, propias de esa edad. Se ha publicado mucho sobre aquella época, ensayos magistrales, pero parece que nunca damos con la dosis necesaria de verdad que nos permita poner las cosas en su sitio y, a partir de ahí, comenzar el olvido (como señala la cita del colombiano Juan Gabriel Vásquez con la que se inicia la novela).
Matías E. Así es, esa fue la sensación que me provocó el título de tu novela, ¿por qué no podemos comenzar el olvido?, ¿por qué parecemos anclados, irremediablemente, en aquel tiempo? Me pregunté, nada más comenzar a leerla y al final, cuando la concluí. Creo, además, que esta continúa siendo la pregunta clave, desde los finales de los años noventa, cuando, transcurrida la Transición y aparentemente asentada la ‘democracia’, los niños de entonces, nuestra generación, que vivimos, como niños que éramos, ajenos a aquella oscuridad, deseamos saber qué sucedió realmente a nuestro alrededor, de dónde venían nuestros padres y nuestros abuelos –algunos, en las cárceles; otros, asesinados, como el mío; y todos condenados al silencio y a la humillación–, y comenzamos a preguntarnos, como generación, por qué aquel silencio y aquel olvido, y la España de Iñiguez, la heredera de ese policía de la político social que atraviesa toda la novela, nos negó el derecho a aclararnos, a saber, precisamente, para comenzar el olvido, de verdad.
Por todo esto, me emocionó y me emociona el título, Comenzar el olvido, y tu voluntad de establecer una especie de justicia poética, frente a su radical imposibilidad en esta España de los Íñiguez. Por eso, no puedo por menos que preguntarte, ¿de verdad, no has perdido la esperanza, Pepo?
Pepo Paz. “La esperanza es lo último que se pierde”, Matías. La cita de Vásquez al comienzo, insisto, explicita la tesis central de la novela: de las tareas que deben afrontar las sociedades en postconflicto una de las más importantes es la de enfrentar, con precisión y sin censura, su pasado. Esa es la única manera de “Comenzar el olvido”. Corren malos tiempos, pero, más allá de la polarización, no acabo de perder la esperanza de que seamos capaces de llegar a un entendimiento entre todos. Asusta el populismo, pero confío en la fortaleza de nuestra sociedad para afrontar los retos. La tarea del escritor es desentrañar en la medida de lo posible las claves que permitan desmontarlo.
Matías E. Benditos seáis, los portadores de la esperanza… La mayoría no es consciente de lo necesario que sois escritores y personas como tú; a mí, me cuesta tanto. Creo que la he perdido y mira que no abandono la trinchera, nunca la abandonaré ya, creo, llevo en ella desde los diecisiete años, ha pasado el tiempo de rendirse, pero me temo que la batalla está perdida. Ojalá, tengas razón, Pepo. Ojalá, haya un tiempo en el que comience el olvido, porque que este país haya hecho el ejercicio de memoria colectiva que es preciso para que llegue.
Pero, ahora, me interesa saber cuál ha sido la labor de documentación que ha habido detrás de esta obra, por ejemplo, detrás de Sánchez, el personaje policía que lanza el bote de humo que, finalmente, mata a Mariluz, o de todo lo que rodeó el incidente, que explicas muy detalladamente; o del personaje de Nati, al que te has referido antes, cuyo asesinato es otro de los detonantes de la historia. ¿Cuáles han sido tus fuentes?
Pepo Paz. Como te dije antes, se trata de una obra en la que la ficción es el acelerador principal. En la historia de Natividad, que arranca de la lectura de prensa de la época, y algunas conversaciones con personas que habían podido visitar las instalaciones de la base aérea de Torrejón en aquellos años; también en los restos, como jirones que quedan en la prensa digital, de la muerte de Mariluz. El empeño y la fortuna me pusieron tras el rastro de las memorias de Marisa Bravo, historia que contrasté al localizar, en el archivo digital de la Biblioteca Nacional, un periódico del verano de 1936, donde se publicó la peripecia a la que se alude en sus memorias mecanografiadas y que supuso la certificación de que lo que se relataba en ellas era fidedigno; pero la argamasa que une las tres biografías es, de nuevo, la ficción (salpimentada con algunos recuerdos autobiográficos de aquellos años). El epílogo tiene sus raíces en una breve entrevista telefónica con Anabel. “Dar cera, pulir cera”, en definitiva.
Matías E. Hilos de realidad e imaginación, combinados, que forman la trama de un tapiz que encarna, no solo lo que acabas de decir, sino todo un tiempo personal e histórico, el de los estertores de la Dictadura y la Transición, que queda resumido y reflejado extraordinariamente en un final que nos enlaza, de alguna manera, al nuestro; porque, al fin y al cabo, toda obra literaria es una respuesta, por activa o por pasiva, a su tiempo presente, el tiempo en el que ha sido pensada y gestada. ¿No es así?
Pepo Paz. Esa es mi intención y espero que sea así. La respuesta sobre si lo he conseguido queda a juicio de las lectoras y lectores de Comenzar el olvido.
