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Motel Mozaique, contrastes al alcance de unos pocosPor Xavier Valiño
En la jornada del viernes 14 de abril, que resultó ser la menos interesante de las dos, Coldcut destacaron sin salirse del guión previamente escrito: ritmos de baile sin descanso, un tanto superados a estas alturas, pero no por ello menos contagiosos. Entre los numerosos invitados especiales, su lúdica propuesta y las proyecciones no había tiempo para parar a pensar si aquello tenía alguna vigencia. En el extremo opuesto, alguien que comenzó también utilizando la electrónica, la islandesa Emiliana Torrini, convenció con su propuesta mucho más austera de ahora, unas melodías intimistas y sus ansias de comunicar y contar cosas entre canciones con una voz que parecía ir a quebrarse de un momento a otro.
Ya en la jornada del sábado 15, lo mejor se
vivió a primera y última hora. Guillemots abrieron a las ocho de la tarde las actuaciones
de la sala Nighttown. A estas alturas, sin haber editado aún ningún LP, todos los
indicios apuntan a que estamos ante uno de los grandes nombres de los próximos años.
Sus canciones pop, como la maravillosa “Trains To Brazil”, suenan intensas e irresistibles,
a medio camino entre un joven Mike Scott, los Prefab Sprout de sus inicios y los Arcade Fire de
ahora. De todas formas, quien más futuro tiene por delante es, cómo no, su líder
y compositor Fyfe Dangerfield. Todo un lujo poder contemplar a un grupo así antes de ser
mundialmente conocidos, a un palmo de narices, entre una centena de afortunados espectadores conscientes
de ser privilegiados testigos de una banda con hambre de escenario Los belgas Zita Swoon fueron los encargados de poner punto y final al festival. Su espectáculo denominado ‘banda en una caja’ resulta enormemente interesante, con los músicos en el centro de la platea, entre el público. Baste decir que, si en la mayoría de los conciertos la gente se sentaba sobre cómodos almohadones gigantes, en esta ocasión aguantaron poco más de cinco minutos. Al instante, todo el auditorio se puso en pie y ya no paró de bailar hasta el final, con una banda que se crecía al lograr contagiar el ritmo de unos temas que beben de distintas fuentes -sonidos negros, latinos, afrancesados…-, como si de Willy de Ville se tratase. Sin embargo, quedaba claro que lo que en directo funciona, probablemente no sea ni la mitad de interesante en disco por falta de personalidad propia. El sábado estaban también en el cartel
CocoRoise, que atrajeron la mayor cantidad de público con una actuación similar a
la vista por aquí semanas antes en Utrecht. Queda para el final uno de los mayores logros del festival: el contraste entre varias de sus actuaciones. Pasar de ver el descaro punk de los estadounidenses Be Your Own Pet, con sus componentes rompiendo cables, tirando micrófonos o confundidos tocando entre el público, a la delicadeza folk de la sexagenaria Vashti Bunyan, en una formación que incluye violín, viola, piano y flauta, y en la que todo fluía suavemente, sin la menor estridencia, es un lujo reservado a pocos festivales y que éste consigue probablemente sin tan siquiera pretenderlo. |
Nº 11 - Mayo de 2006 |
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