Hai un lugarPor Ricardo Pernas
Sobre la exposición Hai un lugar de Alberto Ardid comisariada por Miguel Fernández Cid y Pilar Souto Soto, en el MARCO de Vigo. Hasta el 1 de noviembre.
Alberto Ardid recupera una manera de contar ya casi olvidada, aquella de la que nacen todas las demás: el mito. El mito surge de la necesidad de encontrar un origen que justifique el presente como su consecuencia. En ellos se nos cuenta el porqué existe todo lo que existe, desde el amor hasta las montañas, desde las montañas hasta la muerte. Se nos cuenta porque los mitos son historias.
Hai un lugar nos anuncia un territorio desconocido y nos predispone para prestar atención a aquel que lo invoca. Es una fórmula similar al érase una vez que provoca que el niño agudice el oído y se entregue a las aventuras de un cuento que está a punto de empezar.
El origen etimológico de lugar es la palabra latina locus, originalmente stlocus. Stlocus deriva de la raíz verbal indoeuropea stel- (colocar), por lo tanto stlocus consiste en colocar algo en un espacio.
Stel- deriva en el griego en Stélé (estela). La estela era un tipo de monumento griego que consistía en un monolito de piedra clavado en la tierra con un fin tanto territorial como funerario. Las estelas son, quizá, uno de los ejemplos más elementales de consciencia del entorno como lugar vinculándolo al concepto de pertenencia. En el paisaje gallego es muy habitual encontrarse con los marcos, éstos, al igual que la estelas, consisten en un monolito de piedra clavado en la tierra y sirven para delimitar las distintas propiedades sobre el territorio. Los marcos tienen importancia capital en esta historia.

Hai un lugar que no siempre fue. Antes fue territorio. Una sola unidad en toda su extensión. Nadie lo conoció así. ¿En qué momento aparecieron los marcos, clavándose en sus tierras, desmembrándolo todo en partes? La nueva situación desató la tensión entre una serie de fuerzas que se volvieron antagónicas y que se enfrentaron por la ocupación del territorio. Una hostilidad que continúa hasta nuestros días desde hace tanto tiempo que nadie recuerda ya su origen.
El arco apunta y dispara. El proyector pide ser desconectado. El pajar custodia el espacio barriendo con su láser de francotirador. La peana vagabundea cargando con su escultura en un atadillo mientras recita los versos de Curros Enríquez: Eu, nado entre os homes, durmindo entre as feras. La velutinas construyen sus nidos de bronce en el aire, avanzan discretas. Y los marcos, atlánticas estelas, contemplan imperturbables, a la luz de la última de las luces, una vela a la que acuden a morir las polillas.

La narración mítica no contempla el concepto abstracto, se apoya en hechos concretos. Las estelas griegas no representaban los límites, eran el límite. En la estela del ágora de Atenas podemos leer: Soy el límite del ágora. Hai un lugar donde las piedras hablan.
Las obras de Alberto Ardid son y actúan. El desarrollo de la exposición no se concibe como una sucesión de obras, sino como una concatenación de hechos realizados por las propias obras. ¿Hai un lugar es una exposición o es una historia? Diremos que ambas: aquí, las salas se suceden como escenas.
Un círculo aparece en lo alto, formado por tres cabezas, tres troncos, seis brazos y seis piernas. Tres cuerpos entrelazados irradian sutilmente todas las luces que aparecen desde la aurora al crepúsculo. Su nombre, Eppur si muove. Eppur si muove («y sin embargo se mueve») fueron las palabras pronunciadas por Galileo Galilei al verse obligado a retractarse de su teoría que defendía que era la tierra la que orbitaba alrededor del sol. La tierra siempre ha orbitado alrededor del sol; faltaba encontrar el lugar desde donde poder observarlo.

Alberto Ardid propone también un desplazamiento. Despoja a nuestra realidad del velo de lo cotidiano construyendo un relato a partir de su reflejo. El mito es siempre reflejo. Hai un lugar es un simulacro en el que nos podemos reconocer en otras formas y por eso nos resulta extrañamente familiar. Su manera de contar es tan arcaica que consigue que aquello conocido nos resulte distante, ajeno. El mito hace tiempo que es sólo narración, ya no es una manera de concebir el mundo. Alberto Ardid recupera ese punto de vista ya superado, impregnando su manera de contar de extrañeza. Lo extraño se convierte en uno de los pilares de este trabajo. Volver lo que creemos conocido en extraño nos permite tomar la distancia necesaria para encontrar una nueva perspectiva. Nada cambia más allá de nuestra posición.
Hai un lugar es una narración desveladora: identifica y recrea gestos, actitudes y maneras de ser heredadas y tan interiorizadas que apenas somos conscientes de ellas. Alberto nos cuenta su historia para que, ya desde otro sitio, volvamos la vista hacia ellos. Las historias siempre exigen un cambio de posición. Sin embargo, me muevo.
“Estas cosas no ocurrieron jamás, pero son siempre”
SALUSTIO,
De los dioses y del mundo
Fotografías: Cortesía MARCO / Adrián Irago
