DESDE LA CASA DE LOS MUERTOS
Aunque es indudable que las óperas más importantes de Janácek forman ya parte
imprescindible del repertorio de los grandes coliseos líricos del mundo, sólo en los últimos
años el público de Madrid ha podido descubrir la genialidad de partituras como Jenufa , La
zorrita astuta o El destino (Osud) . Ahora, desde finales de octubre hasta mediados
de noviembre, se presenta otra de sus creaciones más importantes: Desde la casa de los
muertos . Su estreno una coproducción del Real con la Ópera Nacional de París ha
revelado que la última obra de Janácek alberga una música sorprendente, y hace
aumentar el deseo de que pronto se representen las no menos fundamentales Katia Kabanova o El
caso Makropulos .
Nacido en Moravia en 1854 y muerto en 1928, Janácek es un compositor que no sólo ha
impuesto su producción operística: en realidad, es toda su música la que ha
ido ganando un puesto entre las grandes creaciones del siglo XX. En su obra sinfónica, coral
y de cámara se encuentran auténticas piezas maestras sirvan como ejemplo la Sinfonietta o
la Misa Glagolítica . Todas ellas poseen una originalidad y una intensidad dramática
sin parangón entre los compositores de su entorno. Por una vía propia, con un lenguaje
personal, Janácek se distinguió de sus contemporáneos sin romper el entramado
armónico tonal; no obstante, su audacia sonora es tal que, en muchas ocasiones, creemos hallarnos
ante el más vanguardista de los maestros, al tiempo que, en otras, distinguimos los ecos
del canto popular y del folklore más genuino.
Por eso, al enfrentarse a la primera audición de Desde la casa de los muertos el público
queda algo desconcertado por los efectos sonoros con que se topa. A la orquesta se añade
como otro instrumento cadenas reales (evocación de los grilletes de los prisioneros), un
solo de violín lucha con una música esperanzada contra una masa orquesta desoladora,
continuamente se patina al filo de la asonancia… y, sin embargo, entre medias de estos sonidos,
surge una rítmica clásica, unas células melódicas de gran belleza, música
de circunstancias (para la pantomima) y un desarrollo climático convencional. Seguramente,
la muerte del compositor antes de poder efectuar la revisión de la partitura (algo que siempre
llevaba a cabo y con minuciosidad), provocó que la música conservada sea sólo
la esencial, el entramado desnudo, sin envoltura; no obstante, es probable que este despojamiento
otorgue a esta página de tema tan desolado la atmósfera más conveniente.
Janácek se encargó por sí mismo del libreto de esta ópera, siguiendo la
novela de Dostoievski Recuerdos de la casa de los muertos lo más fielmente que le
permitían las exigencias del género musical. La falta de una acción principal
en esta novela, la amalgama de historias que la componen no parece en principio inadecuada para
sacar de ella una ópera, puesto que en este tipo de espectáculo importa menos la trama
que la exposición emocional de los personajes por medio del canto. Janácek, naturalmente,
hubo de reducir el enorme número de personajes que vertebran la narración original,
pero aprovechó el molde estructural y compuso su música de modo que no resaltara por
encima de los otros componentes del espectáculo sino que enmarcara, apuntara e iluminara
el tema literario.
El montaje del Teatro Real también parece fiel a esta concepción. Ahora bien: el espectador
podía temer que la escenografía guardara fidelidad a lo sombrío y opresivo
del tema y a lo grave, triste o trágico de las historias que aparecen, y que, en consecuencia,
iluminara apenas el escenario con esas luces frías e insuficientes que ha tenido que soportar
en otras ocasiones, o destacara unas paredes grises, desiguales o agrietadas, o vistiera a los cantantes
una vez más con ropa remendada y tosca, como parece requerir la lectura de las cartas y de
la novela de Dostoievski (el barracón donde se apelotonaban los presos en el frío
invierno ruso, la suciedad, la falta de ropa adecuada, el peso de las cadenas, los insultos, por
no descender a aspectos más soeces). Por el contrario, en este montaje, el equipo de Eduardo
Arroyo, Eva Dessecker y Vinicio Cheli ha optado por reflejar el espíritu con que Dostoievski
escribió la obra, la esperanza y la ilusión por vivir intensamente cada minuto que
el escritor aprendió a apreciar sobre todo allí, el regocijo por un mínimo
momento de asueto o de alegría. Janácek, además, se fijó especialmente
en el teatro dentro del teatro que suponían las pantomimas representadas por los presos de
la novela de Dostoievski en un día de fiesta, y que adquiere un puesto primordial en la ópera
como símbolo de la actuación humana y como símbolo de las ilusiones en las
que se vive cuando se carece de libertad. Es un cuadro que completa el todo de la vida de presidio.
Por eso pueden juzgarse un acierto los tonos blancos y amarillos elegidos para el atrezzo ,
el robusto árbol que aparece en el centro del escenario, árbol como símbolo
de la vida, aunque no tenga la frondosidad de las hojas. El barco roto es como la vida de Gorianchikov,
el protagonista trasunto de Dostoievski, roto como rota parece la vida del joven por la prisión,
como el águila de la obra sin duda es también un trasunto del escritor que mira con
la distancia del que escucha y observa para captar la realidad y escribirla. Herida durante la obra,
finalmente esta águila, igual que el protagonista cuando es perdonado y sale de la prisión,
sanará y saldrá volando.
A pesar de su juventud, Marc Albrecht demostró que es una batuta conocedora de la música
del compositor checo. No hay prácticamente cabida para la lírica en esta obra, y Albrecht
sabe transmitir a la orquesta la dureza y frialdad de la partitura sin necesidad de sobredimensionar
el volumen; acompaña a los cantantes envolviéndolos con el sonido de la Sinfónica
de una manera precisa.
En una partitura en la que la declamación de los cantantes es más importante que la emisión
de sonidos bellos, destaca el equilibrio del elenco. Sin estridencias y armonizando perfectamente, todos
desarrollan un trabajo canoro excelente y un correcto acomodo a la dirección escénica.
Aunque el papel protagonista corresponde a Gorianchikov, sus partes cantadas son menos extensas que las
de Luka o Siskov. José Van Dam encarnó al caballero encarcelado de forma muy convincente,
sobre todo por su gran presencia escénica, que se antepone a la rotundidad de su canto. La voz
femenina de Alieia supone el contraste perfecto para un mundo de rudos forzados. Gaële Le Roi la
plasma con la inocencia adecuada, sin perder realismo. Excelentes por su dramatismo el Luka de Hubert
Delamboye y el Siskov de Johan Reuter. Genial en su caracterización del mezquino comandante Jirí Sulzenko.
Nº 5 – Noviembre de 2005
