Y VENDRÁN TIEMPOS PEORES
Todos sabíamos que esto iba a pasar.
Lo sorprendente no es que cierren galerías, ni que desaparezcan ferias, ni que artistas dejen de producir sin hacer ruido. Lo verdaderamente extraño es que hayamos tardado tanto en admitirlo. Durante años el sistema del arte contemporáneo ha funcionado sostenido por una ilusión de continuidad, por la idea de que el crecimiento era sinónimo de salud y de que el movimiento constante equivalía a sentido. Hoy esa ficción empieza a resquebrajarse.
No estamos viviendo una crisis puntual. Estamos atravesando algo más profundo: el agotamiento de un relato. Arthur C. Danto lo formuló con claridad cuando habló del después del fin del arte: no como una catástrofe, sino como el momento en que el arte deja de avanzar según una narrativa histórica clara. Ya no hay dirección, ya no hay progreso, ya no hay un horizonte común. Todo es posible, sí, pero precisamente por eso nada es necesario.
Durante un tiempo confundimos esa libertad con una conquista. Celebramos el pluralismo absoluto, la coexistencia de todas las formas, la desaparición de los criterios. Pero lo que Danto advertía —y que hoy se vuelve evidente— es que cuando todo puede ser arte, el problema deja de ser qué es arte y pasa a ser por qué hacerlo. Y esa pregunta, durante años, se esquivó.
Las galerías no cierran de un día para otro: se vacían antes. Se vacían de convicción, de riesgo, de fe en lo que muestran. Los artistas no desaparecen: se cansan. Se cansan de producir sin tiempo, de sostener discursos que no sienten, de adaptarse a una velocidad que no permite sedimentar nada. Las ferias no se hunden: se adelgazan, se repiten, se vuelven intercambiables. El mercado no colapsa con estruendo, sino con una sensación generalizada de irrelevancia. Todo sigue funcionando —los calendarios, las inauguraciones, las notas de prensa—, pero lo hace sin creencia. Como un ritual que se repite aunque ya nadie recuerde su sentido.
Durante demasiado tiempo se confundió expansión con progreso. Más ferias, más artistas, más exposiciones, más visibilidad. Más de todo. Se asumió que el aumento cuantitativo traería consigo valor, cuando en realidad solo trajo saturación. Danto señalaba que, tras el fin del relato histórico del arte, lo único que podía sostener una obra era su capacidad de significar algo en un contexto determinado. Pero el sistema optó por lo contrario: por producir sin discriminar, por legitimar sin jerarquizar, por acumular como si el exceso fuese una virtud.
El resultado ha sido una inflación simbólica. Demasiadas obras que no resisten el tiempo, demasiados discursos que no se sostienen fuera del momento expositivo, demasiadas carreras construidas sobre la urgencia y no sobre la necesidad. El artista se convirtió en contenido. La obra, en pretexto. La galería, en una oficina de gestión cultural. El arte dejó de ser un espacio de resistencia para convertirse en un flujo constante de novedades.
Aquí es donde la lectura de Danto se vuelve incómoda. Porque si el arte ya no avanza hacia ningún lugar, si no hay una historia que lo justifique, entonces solo puede sostenerse desde una ética de la práctica. Desde la honestidad del proceso, desde la exigencia formal, desde la convicción de que una obra merece existir más allá de su contexto inmediato. Y eso es precisamente lo que el sistema ha ido erosionando.
El artista contemporáneo —no el genio, no la estrella—, sino el que trabaja de verdad, es hoy una figura frágil. No porque falte talento, sino porque falta tiempo. Carreras interrumpidas, procesos abandonados, prácticas que no encuentran el espacio ni el sostén necesarios para madurar. Se habla poco de este abandono silencioso. No del fracaso espectacular, sino del desgaste progresivo. Del artista que comprende que ya no puede sostener una práctica exigente en un ecosistema que premia la disponibilidad constante y castiga la duda.
Las ferias concentran todos estos síntomas, pero no son la causa. Son el espejo. En ellas se hace visible el cansancio: la acumulación de estímulos, la imposibilidad de detenerse, la contemplación convertida en tránsito. Obras que reclaman atención en un contexto que no permite concedérsela. No porque falte calidad, sino porque sobra velocidad. El problema no es mirar mucho, sino no mirar el tiempo suficiente.
Danto decía que, después del fin del arte, el museo se convertía en un espacio filosófico: un lugar donde las obras debían justificarse por su significado, no por su posición en una narrativa histórica. Pero lo que ha ocurrido es casi lo contrario: el significado se ha vuelto accesorio, intercambiable, fácilmente sustituible por otro discurso igual de válido. La pregunta ya no es qué dice una obra, sino si funciona en un contexto determinado. Y eso ha empobrecido radicalmente la experiencia artística.
Por eso el título de este mal llamado artículo no debe leerse como una amenaza, sino como una condición inevitable. Vendrán tiempos peores, sí. Peores para el ruido, para la sobreproducción, para la inflación de discursos sin obra. Peores para la mediocridad bien articulada, para el oportunismo disfrazado de urgencia cultural. Peores para quienes confundieron la libertad poshistórica con la ausencia de responsabilidad.
Pero quizá mejores para otras cosas. Para el rigor. Para la necesidad real. Para la obra que no se justifica a sí misma porque no lo necesita. Para los proyectos que no aspiran a estar en todas partes, sino a sostenerse en el tiempo. Para una idea de mercado menos expansiva y más comprometida. Más pequeña, probablemente. Más exigente, sin duda.
Danto no anunciaba la muerte del arte, sino el fin de una forma de entenderlo. Lo que hoy se derrumba no es el arte contemporáneo, sino la ilusión de que podía sobrevivir sin criterio, sin jerarquía y sin compromiso. Y eso, por duro que resulte para muchos, no es un final trágico. Es una depuración necesaria.
No sobrevivirá quien grite más alto ni quien esté presente en todos los contextos. Sobrevivirá quien tenga algo que sostener cuando el ruido desaparezca. Quien entienda que el valor no se produce en serie, sino que se construye lentamente. Que el arte, después de su propio fin, solo puede existir como una práctica consciente, exigente y profundamente responsable.
Y quizá ahí, cuando todo parezca peor, empiece de nuevo lo esencial.
