Vidas vacías con vistas al mar
Quien este viernes acuda a los cines a ver Solos, comedia romántica con su buena ración de drama protagonizada por Kira Miró, Carlos Santos, Salva Reina y Elia Galera, podrá verla hasta tres veces seguidas en lo que otro espectador recorre las cuatro horas y media de Kill Bill: The Whole Bloody Affair, el montaje definitivo y unificado de la sangrienta historia de katanas de Quentin Tarantino. La película española, que llega a los cines este 10 de abril, el mismo día que la del norteamericano, encaja en esa categoría, últimamente tan difícil de encontrar, de filmes de hora y media. Y eso es lo primero que decir en su favor.
Guillermo Ríos, cineasta experimentado en el documental que firma su segundo largo de ficción tras Solo una vez (2021), dirige la adaptación a la gran pantalla de la novela homónima (Alfabía, 2016) de la escritora Paloma Bravo, a la sazón una de las jefazas del grupo Prisa. Todo ello con guion de Manuel Gancedo, a quien acredita una larga trayectoria junto a nombres de la talla de Daniel Calparsoro, Pau Freixas, Enrique Urbizo o Alex Pina (precisamente en la más que exitosa La casa de papel, 2017).
Presentada fuera de concurso en el pasado Festival de Málaga, Solos nos convida a una cena de cumpleaños en un lujoso piso de una ciudad costera con cuatro amigos cuarentones —dos hombres y dos mujeres— que manifiestan de muy diversas maneras eso que viene a llamarse la crisis de la mediana edad. Mientras Javi (Santos) se aferra a su hombría para acallar sus inseguridades, su mujer, Elena (Miró), busca una salida a la deriva de indolencia y desapego que va oxidando su matrimonio. Por parte de los invitados, Ana (Galera) se ha entregado al sexo ocasional con jóvenes bien dotados y únicamente Tomás (Reina) parece reivindicar con orgullo la soledad que, en el fondo, aqueja a todos.
Estos cuatro intérpretes (aquí no desvelamos cameos porque no los hay), sostienen toda la trama prácticamente en un único espacio, ese moderno y espacioso apartamento con una terraza más grande que el piso desde el que escribo estas líneas. Con una dramaturgia que encajaría perfectamente en una obra de teatro, los actores se lucen mostrando un carrusel de emociones a lo largo de la película, pasando de la risa al llanto y de la sobriedad al sentido alterado de conciencia con gran naturalidad.
Y es que a medida que corra el vino y haga efecto algún otro ingrediente secreto de la elegante cena, aflorarán emociones escondidas bajo máscaras de éxito o hedonismo, generando situaciones dramáticas en un escenario que traslada, aunque con un tono más desenfado y aterrizado, a la Perfectos Desconocidos del italiano Paolo Genovese, estrenada el mismo año en que se publicó la novela de Bravo y que acumula una interminable lista de remakes en numerosos países, entre ellos el de Alex de la Iglesia de 2017 o el que Manolo Caro (La casa de las flores, 2018) filmó para el público mexicano un año después.
LA SOLEDAD DE CUARENTONES EXITOSOS
La soledad, la insatisfacción, el miedo, la infelicidad o la inseguridad irán haciendo mella en cada uno, desde los berrinches pueriles de Javi, un cirujano plástico al que las nuevas masculinidades han dejado fuera de sitio —como aquellos amigos de los que hablaba Pedro Sánchez—, a las encendidas reivindicaciones de Ana y Elena, brillantes profesionales que sufren los celos, envidias, condescendencia, paternalismo y techos de cristal en sus trabajos. En esta atinada introspección de la crisis de la mediana de edad en los tiempos del sexo concertado en Apps, llama la atención la impecable deconstrucción (quizá demasiado perfecta) de Tomás, un profesor de instituto con una profunda conexión con Ana.
La trama parte de una premisa interesante, pese a algunos lugares comunes en los que puede caer durante diálogos muy largos en ocasiones o demasiado estilizados, si bien el ritmo narrativo y los juegos de cámara ayudan a paliar esa monotonía mientras viajamos con los personajes en su introspección etílica y narcótica.
Con puntadas de un humor intelectual y verborreico que quizá recuerden el estilo de Woody Allen, el tono dramático que adquiere la película en muchos momentos la aleja de su cine más icónico, por mucho que en un momento Elena le diga a su marido que aquello empieza a parecerse a una peli mala del realizador neoyorquino. Ojalá fuera verdad lo que le responde Javi. Desgraciadamente, el creador de Annie Hall (1977) o Manhattan (1979) también tiene filmes malos. Por suerte, ninguno de cuatro horas y media.
