Vicente Molina Foix:El abrecartas
Por Mercedes Martín de la Nuez
El
abrecartas contextualiza versos. Por ejemplo, el poema «El soldado
y la nieve» de Miguel Hernández: «Que se derrame a chorros
el corazón de lana…», a través de las cartas de una
persona anónima que conoció al poeta vemos el clima en que
pudieron gestarse. Y así hace Vicente Molina Foix con otros intelectuales
que pasan en tropel por sus páginas, los vemos a través
de los ojos de gente que vivía en su época y alguna vez
compartieron algo con ellos. Mientras tanto, la guerra y la posguerra
española, la emigración, la liberación sexual, el
auge del cine, el aborto. Vicente Aleixandre, Carlos Bousoño, Rafael
Alberti, Ortega y Gasset, Luis García Berlanga, Javier Solana,
la lista es larga, personajes de la vida intelectual y política
se entremezclan en los testimonios de unas voces que a lo largo de la
novela se tornan familiares a través de dos generaciones.
Pero los personajes anónimos son protagonistas,
los sucesos de la guerra y la censura criminal los arrastran y trastornan
sus vidas. La novela comienza con una carta de un tal Rafael que conoció
a Federico García Lorca de niño, a él dirige varias
cartas sin respuesta, el capítulo se titula Federico, sin García
Lorca porque se trata de la persona, no del personaje, aquello que la
historia no cuenta se cuenta en estas cartas, la infancia que Rafael compartió
con Lorca, anécdotas infantiles. Después Rafael va a la
guerra y muere y pasa el testigo de la historia a su hermana. Otros personajes
de la cultura, como Vicente Aleixandre se tratan con intensidad, su historia
de amor con Andrés Acero truncada por los tiempos que corren, la
correspondencia de Andrés con Carlos Bousoño nos revela
los pormenores. Especial interés por parte del autor requiere la
historia de un tal Enríquez Limia, profesor de Arte, al que la
envidia lleva a la cárcel y al exilio, cambiando para siempre su
vida. Este personaje cuenta cómo junto a María Teresa León
y Alberti salvan las obras de arte de las bombas y el saqueo.
Hay dos voces bien diferenciadas, la de la izquierda
c
omunista
y la franquista. Casi todos los personajes representan el punto de vista
de la primera y sólo una queda del otro lado: se trata de un personaje
envidioso y necio al que los bajos instintos mueven a delatar y romper
las vidas de los otros. Sus informes a la policía franquista, en
los que hace gala de aquella prosa rimbombante y pelota, lo ridiculizan
a él y el odio que representa.
La carta del confidente ofreciéndose a espiar
para la policía franquista, imita otra ciertamente escandalosa,
la de Camilo José Cela:
«La carta de Cela; es una carta glosada, por así
decirlo, y en el libro aparece como de Ramiro Fonseca… Hay un libro
de Roberto Mesa, que reproduce informes anónimos de la Brigada
Social del franquismo; he tomado muchas cosas de ese libro, y las reescribo.
Está, por ejemplo, la revuelta de los jóvenes del 56…»
(Foro
por la memoria)
La primera carta, sin fecha, sabemos que data de 1921,
la última es un email de 1999. El email, que nos sorprende trayéndonos
a la actualidad, reproduce un anuncio en el que el delator pone a la venta
en internet muchos objetos requisados por la policía franquista
a personajes famosos. «Vendo por necesidad perentoria, hallándome
en extrema precariedad económica y muy avanzada edad, una colección
de recuerdos auténticos de escritores de solera y personalidades
culturales» (p. 442). Que la novela esté en forma de cartas
se debe sin duda al propósito de recrear la intrahistoria de España
y qué mejor que a través del testimonio plural y desinteresado
de los que vivieron en aquella época, pero a la vez, es un riesgo
poner voz a tantos personajes porque pueden quedar reducidos a dos o tres,
y de hecho es lo que ocurre en El abrecartas.
«En este libro todo son cartas, no hay autor, por
decirlo así, es un autor en la sombra. Eso, acaso, permite hablar
más abiertamente de pasiones y de historia, mayúscula y
minúscula» (Foro
por la memoria).
Se
mezclan realidad y ficción. Que la ficción esté tan
subordinada a unos datos y una crónica pone en peligro el pacto
narrativo por el cual suspendemos la incredulidad por un momento, porque
la ficción corre y se enreda detrás de la historia tratando
de alcanzarla de modo que al final todos los personajes están inverosímilmente
conectados. Pero sorprende la crítica o más bien el reproche
que le hace Ricardo Senabre a El abrecartas en el suplemento
El
Cultural:
» Sobra en El abrecartas mucha historia
y falta mayor profundidad y mayor invención. El lector necesitaría
saber mucho más, por ejemplo, acerca de las causas por las que
Manuela abandona a Rafael, o incluso, en el plano puramente informativo,
tendría que disponer de más informaciones sobre la estancia
del penado en Cuelgamuros. También quedan distantes personajes
de tanto interés como Begoña o Angelico. Todo esto, lo que
afecta a las vidas humanas que el autor crea y desarrolla, es lo que cabe
esperar de una novela, no las noticias acerca de un amante de Aleixandre
o de las orgías de Eugenio d’Ors. Esto pertenece a otro territorio,
ajeno a la literatura, que suele estar siempre en declive, acaso para
facilitar la irrefrenable caída cuesta abajo de quienes se internan
en él.»
Porque se le afea una conducta supuestamente inmoral
al autor, bajo el disfraz de crítica literaria.
También defrauda, por el uso político de la novela, a colación
de ley por la recuperación de la memoria histórica, la reseña
que aparece en Babelia.
«Hace años que la historia se coló
en el taller del novelista y allí sigue instalada. Es la que narra
la frustración brutal de un proyecto de modernidad ética,
ideológica, histórica y su reanudación en plena democracia,
como si también el novelista necesitase acudir a la historia para
garantizar la nueva personalidad de la sociedad española, y no
pudiese pasar por alto sin más las averías públicas
y privadas que nos hacen como somos hoy. El instinto reivindicativo puede
ser mayor o menor, pero colectivamente son muchas ya las buenas novelas,
y ésta lo es (además de ser la mejor novela del autor) que
afirman por vía metafórica, sin la explicitud patosa de
las novelas de tesis, la alegría de un final casi inverosímilmente
feliz para una sociedad tan maltratada».
En fin, esta novela de Vicente Molina Foix, materializa
escasamente un proyecto gigantesco, pero atrapa al lector desprevenido
poniendo ante sus ojos el cómo pudo ser.
El
abrecartas contextualiza versos. Por ejemplo, el poema «El soldado
y la nieve» de Miguel Hernández: «Que se derrame a chorros
el corazón de lana…», a través de las cartas de una
persona anónima que conoció al poeta vemos el clima en que
pudieron gestarse. Y así hace Vicente Molina Foix con otros intelectuales
que pasan en tropel por sus páginas, los vemos a través
de los ojos de gente que vivía en su época y alguna vez
compartieron algo con ellos. Mientras tanto, la guerra y la posguerra
española, la emigración, la liberación sexual, el
auge del cine, el aborto. Vicente Aleixandre, Carlos Bousoño, Rafael
Alberti, Ortega y Gasset, Luis García Berlanga, Javier Solana,
la lista es larga, personajes de la vida intelectual y política
se entremezclan en los testimonios de unas voces que a lo largo de la
novela se tornan familiares a través de dos generaciones.
Pero los personajes anónimos son protagonistas,
los sucesos de la guerra y la censura criminal los arrastran y trastornan
sus vidas. La novela comienza con una carta de un tal Rafael que conoció
a Federico García Lorca de niño, a él dirige varias
cartas sin respuesta, el capítulo se titula Federico, sin García
Lorca porque se trata de la persona, no del personaje, aquello que la
historia no cuenta se cuenta en estas cartas, la infancia que Rafael compartió
con Lorca, anécdotas infantiles. Después Rafael va a la
guerra y muere y pasa el testigo de la historia a su hermana. Otros personajes
de la cultura, como Vicente Aleixandre se tratan con intensidad, su historia
de amor con Andrés Acero truncada por los tiempos que corren, la
correspondencia de Andrés con Carlos Bousoño nos revela
los pormenores. Especial interés por parte del autor requiere la
historia de un tal Enríquez Limia, profesor de Arte, al que la
envidia lleva a la cárcel y al exilio, cambiando para siempre su
vida. Este personaje cuenta cómo junto a María Teresa León
y Alberti salvan las obras de arte de las bombas y el saqueo.
Hay dos voces bien diferenciadas, la de la izquierda
c
omunista
y la franquista. Casi todos los personajes representan el punto de vista
de la primera y sólo una queda del otro lado: se trata de un personaje
envidioso y necio al que los bajos instintos mueven a delatar y romper
las vidas de los otros. Sus informes a la policía franquista, en
los que hace gala de aquella prosa rimbombante y pelota, lo ridiculizan
a él y el odio que representa.
La carta del confidente ofreciéndose a espiar
para la policía franquista, imita otra ciertamente escandalosa,
la de Camilo José Cela:
«La carta de Cela; es una carta glosada, por así
decirlo, y en el libro aparece como de Ramiro Fonseca… Hay un libro
de Roberto Mesa, que reproduce informes anónimos de la Brigada
Social del franquismo; he tomado muchas cosas de ese libro, y las reescribo.
Está, por ejemplo, la revuelta de los jóvenes del 56…»
(Foro
por la memoria)
La primera carta, sin fecha, sabemos que data de 1921,
la última es un email de 1999. El email, que nos sorprende trayéndonos
a la actualidad, reproduce un anuncio en el que el delator pone a la venta
en internet muchos objetos requisados por la policía franquista
a personajes famosos. «Vendo por necesidad perentoria, hallándome
en extrema precariedad económica y muy avanzada edad, una colección
de recuerdos auténticos de escritores de solera y personalidades
culturales» (p. 442). Que la novela esté en forma de cartas
se debe sin duda al propósito de recrear la intrahistoria de España
y qué mejor que a través del testimonio plural y desinteresado
de los que vivieron en aquella época, pero a la vez, es un riesgo
poner voz a tantos personajes porque pueden quedar reducidos a dos o tres,
y de hecho es lo que ocurre en El abrecartas.
«En este libro todo son cartas, no hay autor, por
decirlo así, es un autor en la sombra. Eso, acaso, permite hablar
más abiertamente de pasiones y de historia, mayúscula y
minúscula» (Foro
por la memoria).
Se
mezclan realidad y ficción. Que la ficción esté tan
subordinada a unos datos y una crónica pone en peligro el pacto
narrativo por el cual suspendemos la incredulidad por un momento, porque
la ficción corre y se enreda detrás de la historia tratando
de alcanzarla de modo que al final todos los personajes están inverosímilmente
conectados. Pero sorprende la crítica o más bien el reproche
que le hace Ricardo Senabre a El abrecartas en el suplemento
El
Cultural:
» Sobra en El abrecartas mucha historia
y falta mayor profundidad y mayor invención. El lector necesitaría
saber mucho más, por ejemplo, acerca de las causas por las que
Manuela abandona a Rafael, o incluso, en el plano puramente informativo,
tendría que disponer de más informaciones sobre la estancia
del penado en Cuelgamuros. También quedan distantes personajes
de tanto interés como Begoña o Angelico. Todo esto, lo que
afecta a las vidas humanas que el autor crea y desarrolla, es lo que cabe
esperar de una novela, no las noticias acerca de un amante de Aleixandre
o de las orgías de Eugenio d’Ors. Esto pertenece a otro territorio,
ajeno a la literatura, que suele estar siempre en declive, acaso para
facilitar la irrefrenable caída cuesta abajo de quienes se internan
en él.»
Porque se le afea una conducta supuestamente inmoral
al autor, bajo el disfraz de crítica literaria.
También defrauda, por el uso político de la novela, a colación
de ley por la recuperación de la memoria histórica, la reseña
que aparece en Babelia.
«Hace años que la historia se coló
en el taller del novelista y allí sigue instalada. Es la que narra
la frustración brutal de un proyecto de modernidad ética,
ideológica, histórica y su reanudación en plena democracia,
como si también el novelista necesitase acudir a la historia para
garantizar la nueva personalidad de la sociedad española, y no
pudiese pasar por alto sin más las averías públicas
y privadas que nos hacen como somos hoy. El instinto reivindicativo puede
ser mayor o menor, pero colectivamente son muchas ya las buenas novelas,
y ésta lo es (además de ser la mejor novela del autor) que
afirman por vía metafórica, sin la explicitud patosa de
las novelas de tesis, la alegría de un final casi inverosímilmente
feliz para una sociedad tan maltratada».
En fin, esta novela de Vicente Molina Foix, materializa
escasamente un proyecto gigantesco, pero atrapa al lector desprevenido
poniendo ante sus ojos el cómo pudo ser.
