«VEINTE MILLONES» QUE HACEN GRACIAPor Iván Gallardo
Nietzsche decía que un chiste es un epigrama sobre la muerte de un sentimiento. Un chiste hace
gracia, y por tanto mueve a la risa. Pero hay una risa que solo se escucha cuando aparece una sordera
moral. Es una risa triste que conduce al olvido, es una risa que deshumaniza.
A nadie, nadie humanamente sano, se le ocurriría hacer una broma sobre los campos de concentración
nazis. Una íntima repugnancia subiría por el estómago hasta la garganta. Las
pastillas de jabón y las lámparas hechas con grasa y piel de judíos no hacen
gracia.
Las personas que defienden la dignidad del hombre y la libertad condenan sin paliativos y de forma
espontánea una ideología como la nacionalsocialista. Si alguien en nuestra presencia
bromease sobre las víctimas del nazismo o de alguna forma justificase a sus verdugos, una
profunda indignación nos obligaría a no callarnos. No podríamos tolerarlo.
Nadie, nadie humanamente sano, se acercaría a un tipo que llevase prendida en su chaqueta un
pin con una esvástica, ni entraría en un local que tuviese un retrato de Hitler colgado
de la pared. Estas dos situaciones no hacen ninguna gracia.
Todo el mundo ha oído hablar de Auschwitz, Treblinka o Mauthausen. A cualquiera le suenan los
nombres de Himmler, Eichmann o Goebbels. Nadie desconoce qué es el Holocausto o Soáh
y los seis millones. Todas estas son palabras que simplemente al pronunciarlas producen escalofríos.
Son la metonimia del horror. ¿Aceptaríamos que alguien bromease sobre esto?
Pero existe una grieta, una fractura, una indulgencia selectiva, una «asimetría de la tolerancia» (Ferdinand
Mount) en todo esto. Esta asimetría puede expresarse en forma de pregunta: ¿por qué la
gente sí bromea acerca del comunismo?
A lo largo del siglo XX han muerto 100 millones de personas a causa de la represión comunista
(VV.AA. El libro negro del comunismo ). Para muchos es una cifra incómoda, perturbadora,
incluso matizable, pero nadie la ha rectificado jamás. El régimen estalinista causó 50
millones de víctimas entre ejecuciones en masa, linchamientos, limpiezas étnicas,
deportaciones colectivas y hambrunas. De esos cincuenta, 20 millones murieron en campos de exterminio
(Rayfield) llamados gulags.
Pero no se trata de cifras, ni siquiera de Historia, sino de moral. Porque esos muertos parecen no
tener la dignidad fúnebre del Holocausto, porque los crímenes comunistas no forman
parte de la conciencia pública de nuestra época y por el silencio cómplice
de tantos intelectuales de izquierda, indulgentes, eufemísticos y complacientes ante la barbarie.
Y esto es una de las más graves derrotas morales del siglo XX. La asimetría de la
tolerancia es un mal chiste.
Y no se puede alegar ignorancia para justificar la risa. Desde los años treinta había
pruebas irrefutables de las matanzas en la Unión Soviética -véanse las obras
de Conquest, Pipes, Volkogonov, Figes, Solzhenitsyn, etc.- entre las que destacan dos libros impresionantes
e imprescindibles para comprender el terror estalinista: Relatos de Kolymá de Varlam
Shalamov (Mondadori, 1997) y Contra toda esperanza de Nadiezhda Mandelstam (Alianza, 1984).
No, en la mayoría de los casos los que se ríen no son ignorantes, sino fanáticos.
Fanáticos tal y como los entendía Santayana: aquellos que redoblan sus esfuerzos según
olvidan sus objetivos. No quieren pensar ni saber. Sólo quieren creer.
Sólo se puede admirar a Lenin -«dictadura significa poder ilimitado basado en la fuerza, no
en la ley», «Cuanto peor, mejor», «La idea básica, espero, está clara. Proponer abiertamente
una ley […] que aporte motivos para la esencia y justificación del terror»- y a Trotski -«El
terror es un medio poderoso para hacer política», «Tenemos que poner fin de una vez para
siempre a las paparruchas […] sobre la santidad de la vida humana»- si se admira el terror. Lenin,
apasionado de la guerra civil, instigador de linchamientos populares, inventor del gulag – los primeros
se construyeron en las islas Solovki, al norte de San Petersburgo- y de la Checa. Lenin, que acabó con
la libertad de prensa y utilizó el hambre (5 millones de muertos) como instrumento de un
Estado ya decididamente policial y totalitario. Parece que a algunos les resulta fácil bromear
sobre el comunismo. En cambio, paradojas de la vida, los que vivieron bajo este régimen podían
ser fusilados si bromeaban sobre él. Existe una novela de Milan Kundera que aborda precisamente
este tema. Su título lo dice todo: La broma (Seix Barral).
Como se ve, Stalin no inauguró el terror, aunque sí tuvo el privilegio de profundizar
en el modelo leninista con inauditos resultados. No fue muy original, aunque sí hay que reconocerle
cierta capacidad innovadora al descubrir un nuevo grupo social que purgar: los propios miembros
del partido, los bolcheviques. Este georgiano hijo de zapatero, con formación de seminarista -el
estilo de sus textos se aproxima más al catecismo que al materialismo dialéctico- y
apasionado de las películas del oeste consiguió llevar la tetrarquía comunista
hambre, terror, esclavitud y fracaso donde nadie lo había hecho: a la perfección negativa.
Todavía se recuerdan con arrobo sus dos expresiones más célebres: «La muerte
soluciona todos los problemas. No hay hombre, no hay problema.» y la sutil «Golpead, golpead y golpead
otra vez.» Hay gente a la que le hace gracia estas frases.
En su reinado de mito y coacción, error y terror se llegó a la nada desdeñable
cifra de 476 gulags (Applebaum), por los que llegaron a pasar 29 millones de personas. La media
de supervivencia en estos campos era de dos años. Fusiló en masa legiones de niños
huérfanos. En el gran proyecto de su vida, la Colectivización (1929-1933) aniquiló a
11 millones de personas -el monopolio estatal de la alimentación era un objetivo punitivo
contra el campesinado-. Durante el Terror Famélico de 1933, que provocó la Colectivización,
murieron 3 millones de niños (los nazis asesinaron a 1 millón). En esos años
empezaron a pulular por el campo soviético miles de antropófagos y de dojodiaga ,
los desahuciados, que se atracaban de basura y de desperdicios de las letrinas. Curiosamente en
esta época hablar del hambre se empezó a castigar con la pena de muerte. Da asco pensar
en las declaraciones de B. Shaw en 1934 al regresar de su viaje a la Unión Soviética,
cuando dijo que el pueblo ruso estaba insólitamente bien alimentado. Ese mismo año,
de los 1.996 delegados del Congreso de los Vencedores -mas bien de las Víctimas- morirían
1.108, y todos sus familiares, porque en el estalinismo si alguien era culpable, es un decir, su
familia también lo era. En 1935 instauró la pena de muerte a partir de los doce años.
En 1936 empezaron los Procesos de Moscú, esa delirante farsa en la que reputados bolcheviques
de la vieja guardia «confesaron» delitos fantasmagóricos. En 1937 empezó el llamado
Gran Terror con purgas sobre todos los sectores sociales que podían destronar a papá Iósef
basadas en cupos de detenidos por kilómetro cuadrado. La denuncia sistemática como «sagrado
deber», la acusación anónima, la detención para quien se negaba a ser confidente,
los homenajes a quien delató con más celo, la falta de piedad como virtud. La aplicación
de la tortura por parte de los chequistas -solo pronunciar el nombre de Lubianka, sede de la checa
de Moscú, helaba la sangre- para conseguir confesiones, unas confesiones que no estaban orientadas
a revelar un hecho, sino que obligaban a la víctima a ser cómplice de una ficción.
Las redes de mano de obra esclavizada para acometer proyectos faraónicos y muchas veces inútiles
(recuérdese el canal de los mares Blanco-Báltico que costó 150.000 vidas y
no sirvió para nada), las macro deportaciones colectivas (como la del Dyurmá ,
barco aprisionado entre los hielos camino de un gulag siberiano. Llevaba 12.000 presas. Todas murieron
congeladas o por inanición.). Las celdas para ocho personas en las que metían a 160.
Cinco o seis morían cada día. Sus cadáveres no se podían retirar y se
quedaban allí aplastados contra los vivos. Durante la segunda Guerra Mundial los soldados
soviéticos eran conscientes de una orden que había promulgado Stalin. Todos los prisioneros
de guerra serían considerados «traidores a la madre patria» y por lo tanto sus familias detenidas
y enviadas al gulag. Otra curiosidad de la vida: un hijo de Stalin, Yákov, fue capturado
por el ejército nazi. También Stalin tuvo el raro privilegio de ser el primer dirigente
comunista en negar el genocidio nazi sobre los judíos -durante sus últimos años
de vida su antisemitismo se fue radicalizando-, y en crear el primer apartheid para hebreos
en la desolada región de Birobidyán. La mayoría de los historiadores están
de acuerdo en afirmar que si Stalin hubiese vivido un año más habría llevado
a cabo una limpieza étnica sobre los judíos de dimensiones apocalípticas.
Treinta y cinco años (1917-1953) de Revolución, Guerra Civil, Terror Rojo, Hambre, Colectivización,
Gran Hambre, Gran Terror, Guerra Mundial… ¿Cómo llamar a esto? ¿Cómo
nombrarlo? Isaac Babel, antes de que lo fusilasen unos chequistas en 1940 había escrito «He
inventado un nuevo género: el silencio.» ¿Dónde está la gracia de todo
esto? ¿De qué se ríe la gente? ¿Cuál es la broma?
¿Por qué el comportamiento no es el mismo cuando se habla del comunismo que cuando se
hace del nazismo, si ambas son ideologías en cuyo nombre se aniquilaron a millones de personas? ¿Por
qué la condena no es igualmente espontánea? ¿Por qué no repugna de igual
modo el pin con la hoz y el martillo que con la esvástica? ¿Por qué el Hambre
desatada por Stalin no está considerada como un crimen contra la humanidad? ¿Por qué todo
el mundo ha oído hablar de los campos de concentración de Auschwitz, Treblinca y Mauthausen
y no de los gulags de Vorkutá, Sujanovka y Kolymá? ¿Por qué suenan los
nombres de Himmler, Eichmann y Goebbels y no los de Yagoda, Yerzhov o Beria? ¿Qué diferencia
hay entre bigote pequeño y el bigote grande? ¿Por qué se conoce lo que es el
Holocausto y los seis millones y apenas nada se sabe de los «Veinte Millones», esa expresión
que apenas resume lo que sucedió en la Unión Soviética durante treinta y cinco
años? ¿Por qué esa indulgencia, esa credulidad, esa tibieza, ese mutismo, esos
matices, esas justificaciones? ¿Por qué si no se tolera frivolizar a costa de unas
víctimas se acepta con otras? ¿Por qué se permite la risa a costa del comunismo
soviético sino se tolera con el nacionalsocialismo?
Se citan sólo los libros más interesantes publicados en los últimos años
y en ediciones accesibles.
• Martín Amis , Koba el temible (La risa y los veinte millones) .
Anagrama, 2004. (Verdadero regalo para el lector. Es el libro más recomendable para iniciarse
en el tema. Desde una lúcida ira, va analizando uno a uno los elementos del catálogo
de horrores con los que el leninismo y el estalinismo fueron sembrando de cadáveres la utopía
comunista.)
• Anne Applebaum , Gulag (Historia de los campos de concentración soviéticos) .
Debate, 2004. (Premio Pulitzer 2004. Clara, rigurosa y eficaz. Abundante documentación de
fuentes y archivos rusos. Destacan los innumerables y bien seleccionados testimonios de los supervivientes.)
• Evgenia Ginzburg , El vértigo . Galaxia Gutemberg, 2005. (Memorias
de una «buena comunista» que sobrevivió veinte años en un gulag siberiano.)
• Tomasz Kizny , Gulag . Galaxia Gutemberg, 2005. (Album fotográfico
comentado sobre los horrores del gulag. Imprescindible en su género ante los escasos documentos
gráficos accesibles que se conservan de los campos de exterminio soviéticos.)
• Donald Rayfield , Stalin y sus verdugos . Taurus, 2003. (Esclarecedora
biografía del papá Iósif y de los principales dirigentes -Dzierzynski, Menzhinski,
Yagoda, Yerzhov y Beria- que se sucedieron al frente de la policía política y de los
organismos de seguridad del Estado, y que llevaron a la práctica el sueño del paraíso
soviético del dictador.)
Alexandr Solzhenitsyn , Archipiélago gulag . Vols. I y II. Tusquets, 2005. (Fresco épico,
obra maestra y texto fundamental sobre el gulag. Narra el funcionamiento de estos campos de exterminio
con detallada crudeza a partir de sus propias experiencias como preso. Edición completa de la
obra y nueva traducción, bajo la supervisión del propio autor.)
Nº 3 – Agosto / Septiembre de 2005
