THE RAKES PROGRESS
Stravinski
mismo advertía que The Rake’s Progress era una página
muy difícil de poner en escena, pese a lo diáfano de su
estructura, la aparente convencionalidad de sus partes vocales y la lógica
sucesión de sus escenarios. Pero es que casi todo en esta magistral
partitura es aparente. Aparente, desde luego, es su vuelta al pasado,
pues el lenguaje musical resulta novedoso y contemporáneo (y ciertamente
más vanguardista que algunos experimentos sonoros puramente especulativos).
Aparente es también la inspiración mozartiana o clásica,
ya que está por completo trascendida y la identidad stravinskiana
de la música es absoluta. Y, de igual forma, aparente es la ambientación
pues, de hecho, resulta completamente moderna en su concepción,
en la variedad y los cambios que la componen, y en su evolución
implícita. Nada hay tan peligroso como parecer elemental para confiarse,
caer en el engaño y presentar una versión simple, que no
saque a la luz las claves de la obra y que no le haga justicia. Pues bien,
pese a todas estas dificultades, el montaje de Robert Lepage ha salido
más que airoso y puede estimarse, incluso, como un éxito.
El director de escena no sitúa la acción
en el siglo XVIII —no se recrean los óleos inspiradores de
Hoghart—, sino en lo que podrían ser los años 50 ó
60 del XX. Tampoco la ciudad de Londres se vislumbra en ningún
momento (a excepción de sus clásicos guardias urbanos):
el lugar de la corrupción de Tom Rakewell es el Hollywood de esa
época. Lepage evoca en su puesta en escena algunos títulos
cinematográficos (Gigan
te,
Cowboy de media noche, varios westerns…). El vestuario, aunque
sufre transformaciones y presenta algunas anacronías (bien traídas),
nos lleva desde la América texana a la extravagancia hollywoodiense.
Todos estos cambios se justifican y nunca cae el escenógrafo o
el figurinista en arbitrariedades; además, se traza correctamente
la lógica corruptora y enloquecedora de las situaciones.
El montaje se redondea con el empleo de unos elementos
escénicos siempre adecuados (máquinas de bombeo petrolífero,
cama-corazón, roulotte, proyecciones, coches, carteles publicitarios,
maquetas, piscina, etc.) pues resultan comprensibles, justificados y no
se abusa de su presencia. Por último, la dirección de actores-cantantes
también ha sido meritoria y su kinésica y proxémica
ha reflejado muy bien las vivencias de los protagonistas.
Toby Spence fue un correcto libertino. Aunque mejor
en intenciones y matices que por la calidad de su instrumento vocal. No
obstante, lo importante fue la buena recreación del personaje que
ganó enteros con el transcurso de la acción. El papel de
Tom no es sólo exigente vocalmente, sino que requiere una gran
capacidad como intérprete para plasmar de forma creíble
las mutaciones que experimenta (joven sencillo de campo, corrompido hastiado
y cínico, loco) y Spence apareció auténtico en todas
ellas.
Junto
a él, María Bayo encarnó a una excelente Anne Trulove,
siempre convincente al pintar al valiente y puro personaje. Pero sobre
esta actuación destacó su magnífica dicción,
sólo empañado por alguna pronunciación (sobre todo
en el recitado) poco idiomática. Su canto si brilló y mostró
un completo dominio de toda su particella.
Las voces graves también dieron buen juego. El
Nick Shadow de Johann Reuter resultó muy adecuado. No sólo
exhibió buenos medios en el registro grave, sino que supo dejar
clara la vertiente diabólica del personaje. Darren Jeffery encarnó
a Trulove de forma excepcional. Su instrumento también es de muchos
enteros y su buena, serena, actuación se ajustaron como anillo
al dedo al personaje.
Como secundarios deben mencionarse a Julianne Young,
como una Mother Goose muy justita vocalmente, y a Eduardo Santamaría
y Josep Ribot, con buenas actuaciones para el Sellem y el loquero, respectivamente.
Contar con Daniela Barcellona para asumir el papel de Baba la Turca fue
todo un lujo.
En el foso, Hogwood dirigió de forma meticulosa,
lleno de detalles y con gran capacidad para colorear. Estuvo muy bien
tanto en los instantes más líricos como en los dramáticos.
Pero sobre todo, concertó de forma espléndida y equilibró
muy bien a la orquesta con los cantantes de la escena. La Sinfónica
de Madrid consiguió una buena actuación, y desentrañó
con solvencia la difícil partitura. También sonó
correctamente el coro del Real.
