TANNHÄUSER
Desde la Ópera de los Ángeles llega esta
producción del Tannhäuser cuya dirección de
escena firma Ian Judge, complementado por la escenografía y figuración
de Gottfried Pilz. Sobre las tablas se ven pocas ideas originales. La
obertura-bacanal —que
había
levantado polémica por su supuesto contenido pornográfico—
no pasa de ser un divertimento cuestionable, pero no por lo explícito
de las actitudes de los figurantes, sino porque la sensualidad y voluptuosidad
de la música de Wagner se traduce visualmente en una sexualidad
ramplona y descafeinada. La suave iluminación, la omnipresencia
del rojo que baña todo el escenario y algunos movimientos más
cabales de los protagonistas (Venus, Tannhäuser) acaban siendo lo
mejor de este primer momento. En cambio, el piano con el que el Caballero
Cantor se acompañan resulta ridículo cuando el sonido del
foso es el de un arpa. Licencias sí, pero que tengan algún
sentido.
Mucho mejor es la transición a la segunda escena
del Acto I y al Acto II. El campo de Turingia y el gran salón de
la residencia del Landgrave resultan escenarios acordes con la acción,
aunque en ellos tampoco hay detalles especialmente reseñables.
La ambientación pasa entonces al siglo XIX, por lo que las reacciones
de los nobles invitados, de los cantores, del mismo Landgrave o de Elisabeth
están perfectamente justificadas. La gran entrada de los caballeros
en la sala, eso sí, vuelve a caer en cierto ridículo por
los movimientos de baile que ejecutan las parejas y que, aunque dan un
toque de humor, desvirtúan la solemnidad de la música. El
último acto presenta también sus luces y sombras, con una
escena de los peregrinos ayuna de grandeza. A todo el conjunto le faltó
una mayor belleza plástica, algo por lo que sí apostaron
producciones celebradas en Madrid, como la recordada de Werner Herzog
(1999) o incluso la de Harry Kupfer (2002).
De las voces protagonistas no puede dejar de mencionarse
las limitaciones y tiranteces que, ya desde la mitad del Acto I, acusó
el tenor Robert Gambill. Aunque la voz tiene volumen y un timbre de mediana
belleza, todo el tiempo sonó forzado y gritón. No puso ningún
matiz a su canto y permanentemente se movió en un mezzoforte
desagradable. Sin embargo, lo más criticable es que careció
de pasión con Venus y de unción hacia Elisabeth. Hace siete
años, cuando cantó el mismo rol en una producción
de la Staatsoper dirigida por Baremboim, ya hab
ía
mostrado un problema similar (agotándose en el Acto I), sin embargo,
sus dificultades en la emisión resultaron ahora mucho más
evidentes y su entrega mucho menor.
La Venus de Anna-Katharina Behnke, en cambio, dio una
buena lección de canto. Aunque su timbre es un punto duro o metálico,
la emisión es limpia y de buena escuela, con apoyo y fuerza en
los momentos de más intensidad. Además, el carácter
dramático del personaje fue muy bien traducido. Su opositora en
el drama, la otra protagonista femenina, Elisabeth, tuvo en Edith Haller
una correcta encarnación. Entonada ya desde la difícil aria
de entrada y brillante en el cierre del Acto II, mostró detalles
de altura en el Acto III, donde supo recrear al personaje con especial
ternura y darle el carácter que realmente posee.
Entre las voces graves destacó sobre todo el
Landgrave Hermann de Günther Grissböck, que exhibió rotundidad
en el registro más oscuro y tradujo la gravedad y humanidad de
su rol con una actuación excelente. El Wolfram de Roman Trekel
estuvo mejor en intenciones que en resultados. El personaje fue muy bien
dirigido actoralmente por el responsable de la escena, pero a su voz le
faltó belleza tímbrica para cantar su excelsa particella,
en especial en momentos como el himno a la esencia del amor del Acto II
o la celebérrima canción de la estrella del Acto III. Los
demás secundarios también respondieron a las
expectativas,
en especial el dúctil pastorcillo de Sonia de Munck
Bien el coro del Real que dirige Meter Burian, que salió
airoso en el concertante de los peregrinos del Acto III, pero que ya había
apuntado buenos mimbres en el Acto II.
Desde el foso, López Cobos dio más importancia
a la arquitectura general que a los detalles tímbricos. Las dinámicas
fueron bien delineadas, pero faltó carne, sensibilidad y hasta
pasión en el Acto I. La Sinfónica de Madrid se mantuvo a
una altura digna, pero siempre se echó de menos el refinamiento
pertinente; Wagner es grandioso en Tannhäuser, pero igualmente
íntimo y delicado.
