Sabino Méndez:Hotel TierraPor Esther Opla Asún
Por Esther Opla Asún
Sabino Méndez se adentra por tercera vez en el
mundo de la literatura consolidando con esta novela a modo de diario autobiográfico
su carrera como escritor.
Testigo
de primera fila de la movida de los ´80, debido a su pertenencia
como guitarrista y compositor al famoso grupo de rock Loquillo y los Trogloditas,
nos aporta en este libro su personal perspectiva de ese momento, un momento
de la historia española caracterizado por las juergas nocturnas,
las drogas y el sexo. Ya en aquella época le apasionaba la literatura,
y muchas noches, después de los conciertos, se encerraba en los
sucesivos hoteles que iban desfilando por su vida para leer a una serie
de autores que nos son ofrecidos como su personal guía de lectura.
Pero Hotel Tierra no es sólo
una escena costumbrista de la postmodernidad española, aunque de
ésta tenga mucho. Este libro es la constatación de la evolución
que ha sufrido su autor hacia una madurez en su vida y en su escritura.
Con la consigna «La primera cosa que debes aprender
en este lugar es que uno no vivirá eternamente» (p. 193) comienza
un inquietante muestrario de la realidad como pura fragmentación
y fugacidad. Fragmentación del ser humano, «único ser
que duda de la realidad, precisamente por la conciencia de su incapacidad
de verse a sí mismo por completo» (p. 262). Fragmentación
de la cultura; del arte; de la sociedad que le ha tocado vivir, unos «tiempos
de insignificancia –tiempos de muchedumbre– [en los que]cualquier
cosa que sirva para diferenciarse de los otros tiene íntimamente
buena prensa, incluso los peores crímenes» (p. 43); de su
propio carácter, ya que se siente por momentos fuera de todo sistema
y reconoce en una lucha con Darwin que «le cuesta adaptarse al medio
y prefiere que el medio se adapte a él» (p. 46). Es desde
estas ideas desde donde surge su desapego por cualquier tipo de posesión
y por la idea de no tener que cuidar de nada, (de aquí igualmente
su gusto por los hoteles). Y por último, fragmentación de
su propia escritura, de modo que opta por el género de diario,
de nota
s
autobiográficas ya que, como él mismo afirma, se trata de
la mejor forma de reconstruir las ciudades como las recuerda y como «acta
de las transformaciones que nos suceden en lo íntimo» (p.9),
del mismo modo que anteriormente hacía con las canciones, igualmente
piezas breves de tono realista. Por esto, no sería descabellado
afirmar que su escritura podría venir de una evolución de
sus canciones, al mostrar su preferencia por ese formato de extensión
breve y de tono realista. También elige esta forma de escritura
«porque me aliviaba del miedo que provoca la conciencia permanente
de fugacidad» (p.9), (recuerden los lectores a su paisano postmoderno
Vila-Matas, uno más de los invitados por Méndez a sus memorias,
y su última novela, Doctor Pasavento, en la que
el protagonista decide escribir en pequeñas notas, obsesionado
igualmente por la fugacidad y el deseo de desaparecer).
Pero la narración sufre una evolución asimismo
dentro de Hotel Tierra. Vemos la subida al éxito
de su banda de rock, los episodios en los que miembros de ésta
lanzan por las ventanas el mobiliario en los hoteles, el juego con las
drogas que acaba siendo peligroso por su total adicción, motivo
que le lleva a abandonar la banda y dedicarse a su recuperación.
De estas escenas más realistas nos movemos hacia una escritura
mucho más poética, menos apegada a la realidad, que siempre
sin salir de ella, nos muestra la evolución del escritor en su
propio proceso de formación como tal, proceso basado en la importancia
de la observación como punto de partida hacia la escritura. Y Sabino,
ante todo, observa mucho y lo hizo mucho tiempo antes de lanzarse como
narrador, puesto que lo principal en este libro es la realidad y la racionalidad,
como algo en la mayoría de ocasiones más sorprendente que
la propia imaginación. Precisamente esta es la tarea del arte para
el autor: «confirmar que existimos dentro de lo real» (p. 262).
Pero esta existencia nos la muestra como un capricho de la naturaleza,
nosotros tenemos un limitado poder frente a ella, de modo que resulta
imposible luchar contra lo que ella nos impone. De esto se va dando cuenta
conforme avanza en edad y experiencias, porque mientras tanto, su juventud
es sacudida de lleno por la movida.
Tras esta nueva visión de la vida y del mundo, despertada a causa
de experiencias como la muerte de diversos compañeros, jóvenes
todavía; su enfermedad, la hepatitis, que le obliga a dar un cambio
total a su forma de vida, dejando el alcohol y las drogas por completo
y sintiendo un dolor físico que nunca antes había comprobado
que pudiese existir, sumado a una grave complicación en el nacimiento
de su hijo, se afirma la conciencia de la insignificancia del ser humano,
lo que se eleva como punto central de su obra, creando de este modo la
imagen de paso por la tierra que nos ha tocado vivir como si de un hotel
se tratase. «Se puede estar contra todo menos contra la biología»
(p. 270).
Y a pesar de esta insignificancia del ser humano, el
autor escribe en primera persona, lo que podría parecer una contradicción,
queda bien justificado ya que «es la única manera en la que
me siento autorizado a hacerlo» (p. 275).
Esta
evolución como persona y como escritor pasa por un momento en el
que debe permanecer en soledad consigo mismo, algo que resultaba difícil
en el apresurado mundo de la música, pasando de este modo de habitar
diferentes hoteles, al principio a caballo entre Madrid y Barcelona, con
su visión sobre la rivalidad ya nacida y crecida entre estas dos
grandes ciudades, a abrir su horizonte hacia lugares más pequeños
como será Sitges, intentando encontrar ya un lugar definitivo,
una mujer con la que se casará y por último, ampliará
la familia con el nacimiento de su hijo. La vida nómada irá
tocando su fin, lo que favorece, de hecho, su dedicación casi exclusiva
a la escritura, casi exclusiva porque nuestro autor, compaginará
su nueva dedicación con la asistencia a la Universidad de Barcelona
para hacer la carrera de Filología Hispánica, donde deseaba
aprender qué es lo que lleva a una persona a escribir, (reconoce
la ingenuidad de sus pretensiones cuando choca con la simple erudición
que se respira en ocasiones en estos excelsos lugares) y con la participación
en un nuevo movimiento político catalán que reivindica el
no nacionalismo de izquierdas.
Tras un suave sabor amargo que queda después de
la lectura del libro, más duro por su tangible y cercana realidad
sobre un momento de la historia española que no siempre se nos
ha contado así, queda ese pequeño halo de esperanza que
rodea a las pequeñas cosas de nuestro alrededor.
Supongo que Sabino está mucho más feo
después de escribir este libro, si es cierto, como él mismo
nos dice a propósito de un amigo que quiere ser escritor, que «afearse
–que es un proceso que nos espera a todos– le conducirá
irremediablemente a la escritura» (p. 270).
Sabino Méndez se adentra por tercera vez en el
mundo de la literatura consolidando con esta novela a modo de diario autobiográfico
su carrera como escritor.
Testigo
de primera fila de la movida de los ´80, debido a su pertenencia
como guitarrista y compositor al famoso grupo de rock Loquillo y los Trogloditas,
nos aporta en este libro su personal perspectiva de ese momento, un momento
de la historia española caracterizado por las juergas nocturnas,
las drogas y el sexo. Ya en aquella época le apasionaba la literatura,
y muchas noches, después de los conciertos, se encerraba en los
sucesivos hoteles que iban desfilando por su vida para leer a una serie
de autores que nos son ofrecidos como su personal guía de lectura.
Pero Hotel Tierra no es sólo
una escena costumbrista de la postmodernidad española, aunque de
ésta tenga mucho. Este libro es la constatación de la evolución
que ha sufrido su autor hacia una madurez en su vida y en su escritura.
Con la consigna «La primera cosa que debes aprender
en este lugar es que uno no vivirá eternamente» (p. 193) comienza
un inquietante muestrario de la realidad como pura fragmentación
y fugacidad. Fragmentación del ser humano, «único ser
que duda de la realidad, precisamente por la conciencia de su incapacidad
de verse a sí mismo por completo» (p. 262). Fragmentación
de la cultura; del arte; de la sociedad que le ha tocado vivir, unos «tiempos
de insignificancia –tiempos de muchedumbre– [en los que]cualquier
cosa que sirva para diferenciarse de los otros tiene íntimamente
buena prensa, incluso los peores crímenes» (p. 43); de su
propio carácter, ya que se siente por momentos fuera de todo sistema
y reconoce en una lucha con Darwin que «le cuesta adaptarse al medio
y prefiere que el medio se adapte a él» (p. 46). Es desde
estas ideas desde donde surge su desapego por cualquier tipo de posesión
y por la idea de no tener que cuidar de nada, (de aquí igualmente
su gusto por los hoteles). Y por último, fragmentación de
su propia escritura, de modo que opta por el género de diario,
de nota
s
autobiográficas ya que, como él mismo afirma, se trata de
la mejor forma de reconstruir las ciudades como las recuerda y como «acta
de las transformaciones que nos suceden en lo íntimo» (p.9),
del mismo modo que anteriormente hacía con las canciones, igualmente
piezas breves de tono realista. Por esto, no sería descabellado
afirmar que su escritura podría venir de una evolución de
sus canciones, al mostrar su preferencia por ese formato de extensión
breve y de tono realista. También elige esta forma de escritura
«porque me aliviaba del miedo que provoca la conciencia permanente
de fugacidad» (p.9), (recuerden los lectores a su paisano postmoderno
Vila-Matas, uno más de los invitados por Méndez a sus memorias,
y su última novela, Doctor Pasavento, en la que
el protagonista decide escribir en pequeñas notas, obsesionado
igualmente por la fugacidad y el deseo de desaparecer).
Pero la narración sufre una evolución asimismo
dentro de Hotel Tierra. Vemos la subida al éxito
de su banda de rock, los episodios en los que miembros de ésta
lanzan por las ventanas el mobiliario en los hoteles, el juego con las
drogas que acaba siendo peligroso por su total adicción, motivo
que le lleva a abandonar la banda y dedicarse a su recuperación.
De estas escenas más realistas nos movemos hacia una escritura
mucho más poética, menos apegada a la realidad, que siempre
sin salir de ella, nos muestra la evolución del escritor en su
propio proceso de formación como tal, proceso basado en la importancia
de la observación como punto de partida hacia la escritura. Y Sabino,
ante todo, observa mucho y lo hizo mucho tiempo antes de lanzarse como
narrador, puesto que lo principal en este libro es la realidad y la racionalidad,
como algo en la mayoría de ocasiones más sorprendente que
la propia imaginación. Precisamente esta es la tarea del arte para
el autor: «confirmar que existimos dentro de lo real» (p. 262).
Pero esta existencia nos la muestra como un capricho de la naturaleza,
nosotros tenemos un limitado poder frente a ella, de modo que resulta
imposible luchar contra lo que ella nos impone. De esto se va dando cuenta
conforme avanza en edad y experiencias, porque mientras tanto, su juventud
es sacudida de lleno por la movida.
Tras esta nueva visión de la vida y del mundo, despertada a causa
de experiencias como la muerte de diversos compañeros, jóvenes
todavía; su enfermedad, la hepatitis, que le obliga a dar un cambio
total a su forma de vida, dejando el alcohol y las drogas por completo
y sintiendo un dolor físico que nunca antes había comprobado
que pudiese existir, sumado a una grave complicación en el nacimiento
de su hijo, se afirma la conciencia de la insignificancia del ser humano,
lo que se eleva como punto central de su obra, creando de este modo la
imagen de paso por la tierra que nos ha tocado vivir como si de un hotel
se tratase. «Se puede estar contra todo menos contra la biología»
(p. 270).
Y a pesar de esta insignificancia del ser humano, el
autor escribe en primera persona, lo que podría parecer una contradicción,
queda bien justificado ya que «es la única manera en la que
me siento autorizado a hacerlo» (p. 275).
Esta
evolución como persona y como escritor pasa por un momento en el
que debe permanecer en soledad consigo mismo, algo que resultaba difícil
en el apresurado mundo de la música, pasando de este modo de habitar
diferentes hoteles, al principio a caballo entre Madrid y Barcelona, con
su visión sobre la rivalidad ya nacida y crecida entre estas dos
grandes ciudades, a abrir su horizonte hacia lugares más pequeños
como será Sitges, intentando encontrar ya un lugar definitivo,
una mujer con la que se casará y por último, ampliará
la familia con el nacimiento de su hijo. La vida nómada irá
tocando su fin, lo que favorece, de hecho, su dedicación casi exclusiva
a la escritura, casi exclusiva porque nuestro autor, compaginará
su nueva dedicación con la asistencia a la Universidad de Barcelona
para hacer la carrera de Filología Hispánica, donde deseaba
aprender qué es lo que lleva a una persona a escribir, (reconoce
la ingenuidad de sus pretensiones cuando choca con la simple erudición
que se respira en ocasiones en estos excelsos lugares) y con la participación
en un nuevo movimiento político catalán que reivindica el
no nacionalismo de izquierdas.
Tras un suave sabor amargo que queda después de
la lectura del libro, más duro por su tangible y cercana realidad
sobre un momento de la historia española que no siempre se nos
ha contado así, queda ese pequeño halo de esperanza que
rodea a las pequeñas cosas de nuestro alrededor.
Supongo que Sabino está mucho más feo
después de escribir este libro, si es cierto, como él mismo
nos dice a propósito de un amigo que quiere ser escritor, que «afearse
–que es un proceso que nos espera a todos– le conducirá
irremediablemente a la escritura» (p. 270).
