Raúl Quinto:La flor de la tortura
A través de una peculiar pero muy lograda tensión,
de una sólida posición de la que no pierde pie ni intensidad,
Raúl Quinto ofrece un poemario (que conserva una fuerte conciencia
de unidad) de violenta expresividad, muy descarnado, que penetra en la
dicotomía entre belleza y putrefacción, entre hermosura
y degradación.
El poeta utiliza el verso libre con un ritmo muy trabajado,
lento, acorde con el carácter de los poemas. Ese tono, muy logrado,
navega entre lo meditativo, lo macabro y lo oscuro.
La muerte se adentra y cala en la realidad, pero se
trata de una presencia elegante, exquisita; refundadora, en última
instancia. En esa delicada tensión (como la «boca entreabierta
que susurra «cáncer» / detenida en un beso»),
ese contenido decadentismo (qué ilustrativo al respecto, sobre
su filiación, resulta el expresivo verso «la belleza es la
muerte») se mantiene a lo largo de sus páginas.
De hecho, revela que «existe un puente entre el
dolor / y la belleza», y Quinto decide introducirse y balancearse
sobre él. Por eso se detiene mucho en describir los límites,
el punto final de los cuerpos (es muy significativo el párpado
como símbolo) e, igualmente, la cicatrización es un elemento
clave, pues sirve de enlace entre ambos estadios. Es la posición
que se balancea entre la descomposición y el dolor, por un lado,
y la salud y la belleza.
Uno
de los ejes básicos de este volumen puede ser el valor de la destrucción
como elemento regenerador, como acontecimiento purgativo. Establece Quinto
una interpretación que, en definitiva, la otorga la capacidad de
ser una vía iluminativa (de ahí el propio juego léxico
con las llamas, con el fuego): «una quemadura reconstruye mi cuerpo».
Así, llega a tratar la belleza de la destrucción, de la
mutilación: «Porque busco el desgarro, / la cicatriz abierta,
su conciencia. / Arrancar con los dientes / esta red extendida entre las
cosas. / Y el dolor es la senda». Marcha por el delicado filo del
sadismo, pero no focaliza el hecho violento (ni la sangre, que no aparece),
sino la capacidad de reconstrucción, ese nuevo mundo que se instala
tras el desastre.
Quinto se detiene en el miedo, que atenaza y electrifica
al mismo tiempo ese momento.
El poeta parece pretender descubrir un nuevo espacio.
Busca descender al nadir de la oscuridad (de ahí la desmembración
de los cuerpos, la absorbente presencia de huesos y músculos),
y navega por esa dimensión para observar qué queda ahí,
cuando todo está arrasado, en la desolación fúnebre
que lo rodea. Allí, ya «no queda nada que decir», pues
«no existen sombras / en las entrañas de la sombra».
También se encuentran una serie de poemas que,
sacadas del contexto del poemario, entendidas como piezas autónomas,
serían puramente decadentistas, con todos sus elementos canónicos,
pero que, integrados en el volumen, aportan una sutil matización.
Se debe destacar, sobre todo, el gran trabajo ejecutado
en el desarrollo de los conceptos, que, por su rica ambigüedad y
su potencia, logran dotar al libro de notable fuerza. La singular y pulida
disposición de la imaginería macabra, muy física,
se constituye finalmente en el otro poderosísimo elemento donde
Quinto se apoya para obtener una obra de gran potencia y fuerza.
Quizá una buena muestra del contenido del volumen
sea la siguiente imagen, que resulta muy representativa de la atmósfera
y tono plasmados en el poemario: «sus raíles / son mi columna
vertebral / extendida en la noche / como un tajo nervioso de navaja».
En ella, podemos apreciar el ambiente tétrico, violento, que remite
una y otra vez al frío, a la muerte, y al propio cuerpo humano
desmembrado. Poco a poco, conforme el lector comprende y se sumerge el
universo en el cual se mueve el poeta, es capaz de desplazarse con atención
en la inquietante y subyugante atmósfera que redondea la obra.
Sin duda, se trata de un poemario que no deja al lector en el mismo lugar
donde estaba antes de que se adentrase en sus páginas.
