MÍMESIS. Realismos modernos (1918 –1945) en el museo Thyssen
Después de un largo paso por las vanguardias que desdibujaron la realidad, por la abstracción
que la ignoraron o aparcaron, por los objetos escultóricos que desdeñaban los cánones
clásicos y otras aventuras plásticas, sin duda de gran interés, convenía
volver a una consideración sobre el arte y los artistas que siguieron cultivando el realismo
desde una óptica moderna.
El período en el que se fija es el de entreguerras: 1918 -1945. Una reflexión oportuna
que sirve para poner de relieve que en arte, en pintura y escultura, no es cuestión de figuración
o no, sino de mirada a la realidad, que no es única sino plural, por lo que bien merece
el título de «Realismos». La exposición reparte su contenido, como ya es habitual,
entre el Museo Thyssen y la Fundación Caja Madrid, que patrocina la misma.
El realismo se manifestó con igual fuerza en el cine y la literatura, en paralelismo con otros
movimientos de vanguardia. Los distintos contextos sociales, políticos, geográficos
o artísticos marcaban y teñían el tipo de realismo. La estética de
los diferentes realismos provocan corrientes diferenciadas, baste citar los nombres o las obras
del francés André Derain; el español José Gutiérrez Solana,
el americano, Edward Hopper, el alemán Otto Dix; el italiano De Chirico; el polaco afrancesado
Balthus o insistiendo con españoles, Julio Gozález o Joan Miró en su primera época.
Los realismos en el arte cuestionaban la tradición y el clasicismo sin desdeñar las
imágenes de la vida, la figura humana con todo su poder de comunicación, sin aparcar
la consistencia formal de los objetos, pero sus autores fueron conscientes de que necesitaban un
lenguaje nuevo, un reflejo o crónica renovada que los hiciera diferentes al plasmar una
realidad histórica distinta.
El significativo cuadro «Habitación de hotel» (1937) de Hopper, perteneciente a la Fundación
Thyssen, es el cuadro elegido como cartel y portada; una obra emblemática de la desolación
humana a la espera del día siguiente. El retrato de «Hugo Edfurth con perro» (1926) de Otto
Dix es otra obra significativa del mismo museo, que pone de manifiesto la maestría de su
autor para un retrato no convencional. El «Autorretrato» (1928) del mexicano Orozco, abunda en
el mismo sentido. De igual manera Siqueiros.
Del español Solana se exhibe «Mujeres de la vida» (c. 1915 – 1917) un cuadro, terrible y conmovedor
al mismo tiempo, sobre las prostitutas. De Balthus, antes de sus desembarco en las nínfulas
adolescentes, prácticamente mórbidas Lolitas, está el cuadro «La partida de
naipes» (1948-50). La obra pertenece también a los fondos de la Thyssen, lo que pone de
manifiesto el gusto del barón coleccionista por este movimiento realista. De Fougita, un
pintor japonés que pasó por Madrid, se muestra su cuadro «Lupanar en Montparnasse» (1928),
que al igual que Solana, tuvo puntualmente interés en dar cuenta de esas figuras humanas
que se dedican al comercio carnal, un tema un tanto habitual de la estética realista, que
toma en cierto modo el relevo del miserabilismo noucentista en la literatura y el arte. 
El gran George Grosz, con su realismo crítico, ácido más que irónico,
nos da cuenta a través de varias piezas de esa Europa de entreguerras en la que el caballero
mutilado era el protagonista visible de la sociedad, resultado de la guerra del 14. Joan Miró con «La
casa de la Palmera» o «El huerto con asno», ambas pinturas de 1918, expone su particular mirada
sobre la realidad antes de derivar al lenguaje abstracto de los colores puros que definieron su
lenguaje. La majestuosa Georgia O´Keeffe está representada con su «Nueva York con
luna» de 1925.
John Heartflield, Julio González y Jean Fautier muestran varias piezas que abundan en la idea
de unos realismos singulares, con lenguajes propios. Una exposición hermosa en dos sedes, lo
que no deja de ser incómodo para el visitante, pero el patrocinio manda.
Nº 5 – Noviembre de 2005
