Lowell Thomas:Con Lawrence en ArabiaPor Joaquín Lope
Lowell Thomas vino a Europa en 1917 para realizar una
serie de reportajes sobre la Gran Guerra, destinados al público
americano (aún neutral) y financiado por una docena de empresarios
de la industria cárnica de Chicago. Después de visitar los
frentes estabilizados en Francia y el norte de Italia, se trasladó
a Egipto para seguir el avance que el ejército británico
del Gral. Allenby realizaba en Palestina. Allí conoce al coronel
T.E. Lawrence que dirigía la insurrección nacionalista árabe
contra los turcos. 
Después de los frentes embarrados de la guerra
en Europa occidental, Thomas se encuentra en un escenario radicalmente
distinto: las arenas de Arabia. Una guerra de guerrillas, con audaces
golpes de mano tras las líneas enemigas y con todo el atractivo
del exotismo de Oriente: camellos, alfanjes, arcabuces, ciudades perdidas
entre las arenas, cabalgadas a la luz de la luna con túnicas al
viento…
No es de extrañar que, impactado por este ambiente,
Thomas decidiera quedarse y realizar la crónica de esta guerra
romántica y, cautivado por la insólita personalidad de Lawrence,
se convirtiera en el creador del mito de «Lawrence de Arabia»
y su mayor hagiógrafo.
Lawrence -príncipe sin corona de Arabia- en palabras
de Allenby, pertenece a la estirpe de aventureros británicos cuya
particularidad reside en que van en pos de su propia quimera y, una vez
alcanzada, se colocan al amparo del Imperio Británico. Personaje
en la estela de Charles Gordon «El Chino», James Brooke, el
«Raja Blanco de Sarawak» (fundador de una dinastía),
o la quimera que impulsa a Daniel Dravot, «El Hombre que pudo reinar»
de Kipling.
En sus campañas, Lawrence no se guiaba por los
manuales militares al uso, sino por las crónicas de las campañas
de Aníbal y Alejandro Magno y otros textos clásicos sobre
episodios que habían tenido lugar en teatros de operaciones similares
cuando no idénticos. La única diferencia era la aparición
de armas de fuego y dinamita. Consiguió con su sagacidad, tacto
y dominio del idioma y de las costumbres árabes unificar a una
miríada de tribus secularmente enemistadas por derechos de paso,
de pasto y de agua y atávicas venganzas y encauzarlos en una campaña
de liberación del yugo turco.
Resumía su estrategia con las siguientes palabras:
«Surgíamos del desierto entre una nube de polvo removida por
el viento, asestábamos nuestros golpes y volvíamos a perdernos
en la inmensidad del desierto, ocultos por el torbellino de nuestra propia
cabalgada».
Cuando le preguntaban por qué no instruía
a los árabes en el manejo de los explosivos, Al-Urens, como le
llamaban los beduinos, respondía que no quería que, una
vez acabada la insurrección, estos utilizaran los explosivos en
saqueos y vandalismos a los que eran tan aficionados. Mucho de lo que
se cuece actualmente en Oriente Medio tiene su origen en estos hechos
y en la torpeza de los aliados a la hora del reparto de los territorios
tras la guerra. En ello reside el principal interés del presente
texto, a pesar de que los hechos que narra ocurrieran hace casi un siglo.
Es
de lamentar que se haya utilizado una pésima traducción
de 1935 para la presente edición. Plagada de anglicismos sintácticos,
lo que hace que haya que leer algunas frases dos veces para poder entenderlas.
A medida que se avanza en la lectura del texto, esta situación
se agrava como si el celo del traductor hubiera ido menguando según
avanzaba en su trabajo. Uno de los errores que repite a lo largo de todo
el texto es traducir «tulip» en el original, por «tulipa»
en lugar de «tulipán». Lawrence bromeaba acerca de las
cargas de explosivos que enterraba, haciendo un símil con los tulipanes,
que, a partir de un bulbo enterrado, eclosionan hacia el cielo creando
una bella flor. Una corrección de estilo hubiera bastado para eliminar
el problema.
A pesar de todo, se trata de un texto interesante y se
lee como una novela de aventuras, pese a las reiteraciones en que incurre
repetidas veces el autor en su afán de dar a conocer la sobresaliente
personalidad de Lawrence, «Emir Dynamit», como fue conocido
por sus seguidores.
