Lo que puedo haber sidoPor Ismael Bermúdez
El pasado siglo
XX será señalado en el devenir histórico por múltiples razones;
algunas de ellas tristemente célebres (guerras mundiales, revoluciones sangrientas, etc.),
y otras, sin duda, esperanzadoras (avance de la ciencia y la medicina). En cuanto al arte se refiere,
el siglo XX si no el más «productivo», sí ha sido, al menos, uno de los
más
complejos y exagerados: comenzando por las vanguardias y terminando en la posmodernidad (o hiper-posmodernidad,
como ha llegado a postular algún teórico).
La novela Todo , aunque publicada ya en el siglo XXI, tiene mucho que ver con el arte del
siglo pasado. Ya desde el título se plantea una de las aspiraciones que han movido a las
expresiones artísticas de siempre, la explicación totalizadora o completa del mundo.
Sin embargo, como producto heredero de la modernidad inaugurada en las vanguardias, esta novela
arriesga en la forma. La obra consta de 124 páginas, de las cuales 111 se completan con
la repetición
de la palabra «adiós», tras el inicio «Grüs Gott; hola y adiós…»,
que según
el autor, en alemán austríaco significa lo mismo que nuestro hola y adiós (de
connotaciones cristiano-genesíacas: el inicio de la creación y el final que vuelve
a su Creador, a Dios). Es decir, como el propio título indica, el Todo : aquello que
está incluido entre el Inicio (hola) y el Fin (adiós). Un Todo que no se especifica,
que es una mera sucesión de despedidas, por lo que se transforma en infinitas posibilidades
en función del contexto de cada posible lector.
Ante esta «novela», la pregunta que cabe realizarse es ¿verdaderamente, esta obra
puede ser llamada novela o incluso arte? El propio autor se explica al final, con un epílogo
que pretende convertirse en glosa, ya que de otro modo sería muy difícil no sentir
cierta tomadura de pelo. Por un lado, afirma que la novela no es gratuita ya que se rige por una
simbología
de carácter mágico-religioso: la obra consta de 31113 palabras (número capicúa),
7 vocablos (siete son los días empleados para crear el mundo) y 111 páginas (múltiplo
de tres y a la vez tres unidades, número que resume la unidad y la pluralidad) , y a ello
se une el sentido de principio y fin de los términos básicos. Luego nos hallamos ante
la palabra creadora en el sentido bíblico y ancestral, aquella palabra que persigue la poesía
y las grandes obras de Arte. Por otro, Ilia Galán, investigador sobre Estética, sabe
muy bien lo que se está jugando, por eso también sostiene que: «Este libro es pues
la antítesis de uno de los prejuicios más extendidos que ahora se mantienen en la
estética contemporánea, y es que todo da igual».
Sin embargo, y a pesar del esfuerzo por dotar de sentido a este experimento y de la clara intención
perseguida por el profesor Ilia Galán, el resultado parece el mismo que consiguen aquellos
otros productos que pretende censurar. Su novela necesita apoyarse en un comentario o explicación
porque de otro modo difícilmente es legible; aspecto este que suele ser necesario también
con esas creaciones que a menudo se nos presentan como «arte», sólo por el mero
hecho de ser canonizadas por un museo o una firma autorizada. En todo caso, el certero epílogo
del autor, que llama la atención sobre uno de los males del arte de finales del XX y de lo
que llevamos del XXI, no justifica en sí mismo la novela; y viceversa, la sucesión
repetitiva de un término que se
une a otro con el que conforma una unidad de sentido, por muy simbólicos que estos sean,
no garantiza la simbiosis necesaria entre forma y contenido que funda una Obra de Arte.
Nº 1 – Mayo de 2005
