Kimuru, naves que dan vueltas a un balónPor Xavier Valiño
¿Qué tal fue la acogida de tu primer
disco, Todas las naves espaciales son de plástico?
– Buena, allá donde se pudo escuchar fue valorada
su intuición y las canciones que integraban ese cuento electroacústico.
¿Cómo fue aquello de la segunda edición?
– Eso fue un año más tarde de haber salido
autoeditado y financiado en 2005. Había ido bien eso del boca a
boca y sonado en diferentes ámbitos. Falcatruada propuso reeditarlo
y yo acepté. Piedras y confetis vuelve a la autoedición.
¿Te sorprendió escuchar tu música incluso
en espacios musicales que llegan a todo el Estado?
– Un poco, y fue muy bueno, pero eso no propició
demasiadas ventas. Si facilitó la aceptación por parte de
escépticos -yo soy un escéptico, pero no por dudar de las
canciones- y de gente que no conocía a Kimuru de nada. Eso lleva
a poder hacer un segundo disco, grabar de nuevo y hacer un nuevo viaje,
o el viaje de vuelta. Y poder hacer un disco que se desmarca intencionadamente
del primero, pues la búsqueda sigue.
¿Hubiera sido distinta tu respuesta si esto te hubiera
pillado años atrás con cualquiera de tus aventuras, como
Los Osos Montañosos, Los Fantomas o Los Comestibles?
– No. Los Osos y Los Comestibles eran
bandas de versiones; entre las dos hicimos los 60, 70, 80 y 90. La selección
de temas y bandas era buena, y yo estaba satisfecho tocando eso. Ahora
hago canciones solo, o con Xavier Pérez -en este disco van tres
con él y es un gustazo-, y antes con Arturo Vaquero. Creo que tengo
un espacio mucho más definido y que hago mejores canciones ahora
que hace diez años, ya que toco con gente de la que puedo aprender
a mi manera, que es muy particular. No hay miradas atrás ni reproches
al tiempo perdido en otro tipo de asuntos. ¡Claro que hacía
canciones hace 15 años! Pero no estaba centrado para dedicarles
tiempo y esas cosas. Ahora me organizo mejor y tengo la suerte de estar
muy bien rodeado. Y encuentro una firme convicción en ello.
¿Qué
pretendías con este segundo álbum?
– Un disco de canciones con presencia propia, hacer
música en la que el estilo propio esté bastante por encima
de cualquier estilo. No cortarse, ni perder el traje a la hora de hacer
y deshacer las canciones. Un desmarque y un cambio sin hacerme trampas
a mi mismo. No intentar cambiar el código de barras ni las huellas
dactilares. Currar los textos en contexto presente. Tocar con la gente
adecuada que permitiese un cambio en el sonido sin perder la esencia,
pues rechazaba repetir fórmula. Quería batería y
la posibilidad de sonar menos fríos, y así seguir un poco
el ‘tum tum’ de las letras. Es el disco pretendido. Pudiera
parecer que me saltara dos o tres discos por medio y cayéramos
en Piedras y confetis, pero no queda tiempo. ¿Es evolución
o involución? A mi juicio, es un álbum más Kimuru
que el primero, y define más y mejor los disparos.
¿Dónde ves tú la evolución o las diferencias
respecto a tu anterior disco?
– Tiene que ver más con el sonido que con las
canciones: sólo hay programación en dos temas. Los textos
son menos ingenuos y más maliciosos. Hay una mayor libertad a la
hora de abordar temas y músicas. Tira de un clasicismo inusual
y poco pretencioso. Y por orden y elección de los temas, es un
trabajo más cosido, con más chicha y más escuchas
para descubrir. Resulta más teatral y profundo a la vez, por eso
son piedras y confetis, un homenaje a la carne y a los sentimientos que
ésta genera; por eso la piedra y el confeti. La estatua y los papeles
que le dan vida a esa celebración del ser y el estar, de haber
sido o haber estado. Es el rastro que deja la fiesta finalizada para que
pueda comenzar otra.
Cómo has tenido siempre muchas canciones, ¿Son las
de éste disco nuevas o recuperas alguna de las antiguas?
– Todas nuevas: tres con Xavier Pérez y el resto
mías. Posiblemente debería revisar o pasarme más
tiempo con cosas anteriores, pero si vas al estudio, metes canciones recientes.
Es una putada para las otras canciones, pero hay orden de lista. Incluso
se quedaron fuera dos que ya estaban empaquetadas para salir en Piedras
y confetis, pero la intención, o tal vez obsesión, de darle
un sentido integral al álbum las dejó fuera.
¿De cuál has quedado más contento?
– De Piedras y confetis, aunque eso no supone
poner pega alguna o renuncia a un disco que tiene un potente encanto primerizo
y momentos fantásticos. Pero este último lleva un punto
emocional y un apego superior, tal vez por aspectos personales y por entender
y pretender los cambios sin perder. La posibilidad de haberme juntado
con cuatro músicos estupendos y complementarios contribuye mucho
a esta elección.
Aún
no aparece nada en gallego. ¿Para cuándo?
– Faltan tres canciones para encontrar ese hilo conductor
que permita cambiar de registro. En realidad esas canciones ya están
construidas, otra cosa es perfilarlas más y editarlas. Es un asunto
pendiente y se hará realidad.
¿Qué me dices del autor de los preciosos dibujos
que acompañan el disco?
– Más que acompañarlo, ilustra y retrata
el alma de las canciones una por una. El autor es Leandro Barea, para
mí uno de los mejores dibujantes de mi planeta favorito. Somos
amigos, le puse la maqueta y él hizo esos pedazos de dibujos y
muñecos. Diseccionó las canciones, le dio un sentido conceptual
agrupándolas, y se salió. ¡Joder, sólo por
eso merece la pena el CD! ¡Y encima lleva música!
¿Por qué la autoedición?
– Asegura autonomía, libertad creativa e instinto
de supervivencia. A veces es mejor que estar pillado por las pelotas.
¡Qué se lo digan a John Fogerty que se pasó un montón
de años sin poder tocar sus canciones en directo por firmar en
mal sitio! En mi caso, nadie vino con un buen trato, ni yo fui a nadie,
así que por lo menos Piedras y confeti es un disco en el que tengo
el derecho y el control sobre él. No renuncio a que Kimuru obtenga
una compañía y a ser distribuido en condiciones propicias,
pero no es lo prioritario; lo importante es hacer canciones y ser ambicioso
y exigente con ello y con los procesos que le siguen cuando existe un
boceto o un proyecto. Es un buen modo de supervivencia en una selva saqueada
por una industria sedienta de madera: hacer canciones intentando que sean
buenas. Lo demás vendrá, si es el caso.
Supongo que siempre has compuesto como te da la gana, pero eso
es algo de que otros no pueden presumir, ¿no?
– Compongo a mi modo, como sé, no hay mucho ritual
en ello. Resulta fácil después de haber roto mil hojas.
Es igual qué va primero, si la música o la letra, o si todo
junto. Intento no autocensurame aunque no siempre lo consigo. Me gusta
compartir la composición con gente, así se abren balcones
nuevos, lugares a los cuales no llegaría solo. Ahora sé
parar y decir: ‘¿A dónde coño vas con tantas
canciones si no la vas a tocar o maquetar?’ Pero sigo siendo algo
compulsivo a la hora del no parar. Es vicio.
¿Crees que una buena forma de salvaguardar esta libertad
creativa es tener otro trabajo y tomarte esto como tu principal hobby
o no te importa llegar a vivir de esto?
– La libertad creativa no sale necesariamente del estómago,
ni de la necesidad imperiosa, puede salir de las relaciones personales
y de la impresión que nos da el mundo que nos rodea, y de mil cosas
más, una cuestión de observación y ojo musical. ¿El
trabajo? No me redime ni creo que me dignifique como ser humano, forma
parte de un asunto necesario que es la pasta. Y no considero un hobby
hacer música, aunque de ella exclusivamente resulte difícil
vivir. ¡Es un modo de vida! Escucharla, hacerla y tocarla. Y no,
no me importaría vivir de esto, pero eso no es un fin en sí
mismo, y es bueno saber el precio a pagar.
Hace tres años me dijiste que tu inspiración venía
de las cosas que te interesan, del amor y sus múltiples reversos,
del tiempo y del viaje, de la vida y la muerte, del fascinante espacio
exterior y el inescrutable espacio interior, de dependencias emocionales
y físicas, de imágenes…¿Algo más que
incorporar?
– Con esto tengo suficientes temas para cien vidas ¡Esos
campos dan para la hostia de canciones! Si acaso, incorporemos el deseo
y la sed -en el sentido más general de la palabra- como fuentes
de inspiración.
Después de tantos años en la música, aunque
ahora hayas dado el salto a la edición de discos, ¿crees
que ha cambiado lo que quieres decir o más bien la forma en lo
que lo dices?
– Admiro a Waits, Cohen y toda esa gente que demuestra
que la música o la pintura no es un deporte ni un fenómeno
fans, sino que lo convierten en un don artesanal que evoluciona y nunca
se olvida. Así que independientemente de soñar lo imposible,
procuro pensar que soy un poco mejor cada vez que lo intento, aprendo
de la gente con la que comparto. Y no me planteo mucho el motivo por el
cual una canción sale y se le da vida como proceso mágico.
¿Quién o qué parte de uno escribe una canción?
¿Es el corazón, la cabeza, son los ojos, el sentido común,
el sexo? ¡Espero que no sea el culo! No tengo ni idea qué
víscera del alma se encarga de ello. A veces parece que ni uno
mismo la haga: igual es el perro de al lado o el televisor apagado.
Supongo que Kimuru viene de tu nombre ¿O hay algo más?
– Sí, abrevia Kique Muruáis. Y sí
hay algo más, o mucho más, que es la gente que toca, arregla
y parte y comparte conmigo una idea: César López, Xavier
Pérez, Xosé Luis Saqués y Carlos Díaz. Kimuru
es también, y de un modo más inconcreto, la utopía
de hacer canciones libres de ataduras.
¿Cuál es tu mejor anécdota de todo este tiempo
en la música?
– Las mejores anécdotas son aquellas que la memoria
no acierta recordar, o no quiere, o no se atreve. Al día siguiente
de haber ocurrido forman parte de tu propia leyenda urbana o rural, y
no sabes si fueron ciertas o las has soñado. La música es
la gran anécdota, la mejor. Una anécdota muy divertida.
Los otros son asuntos privados de los cuales la música es la autentica
culpable y por eso merece las gracias. No, no voy a contar encuentros
en el tercer desfase, no vaya a ser que lo haya soñado y me lo
invente.
