Julio Valdeón Baruque:La Reconquista. El concepto
de España: unidad y diversidad.Por Iván Gallardo
Por Iván Gallardo
En
septiembre del año pasado el otrora flamante jefe de los Servicios
Informativos de TVE durante el gobierno franquista de Carlos Arias Navarro,
ex director del diario El País y actual consejero delegado de PRISA
consideró que la «insidiosa Reconquista» había
impedido una especie de Alianza de Civilizaciones avant la lettre en España.
Estupefacto ante semejante adjetivo calificativo me precipité sobre
la mesa de novedades de mi librería más cercana y, provisto
de «La Reconquista. El concepto de España: unidad y diversidad»
(Ed. Espasa, 2006), regresé a casa para adentrarme en los arcanos
de la insidia.
Resultó que según el historiador Julio
Valdeón el término «Reconquista» se refería
a la actividad militar desarrollada por los combatientes cristianos desde
el siglo VIII hasta el XV con la finalidad de recuperar los territorios
perdidos a manos de los invasores musulmanes. Por lo tanto, «Reconquista»
venía a significar algo así como «recuperación».
El maestro Valdeón también deslizaba en
su libro, sin duda de manera muy insidiosa, que esa idea de «recuperación»
estaba íntimamente vinculada a la idea de «España».
Es más, se atrevía a decir que no se podía entender
la una sin la otra. Porque esa palabreja, «España», evocaba
un pasado de unidad, o una expectativa de proyecto de futuro, quién
sabe, en las cabecitas de aquellos cristianos, tan carpetovetónicos
y refractarios a los deleites de la multiculturalidad mahometana como
eran ellos. Una unidad que primero fue una geografía, un territorio,
una serie de costumbres similares en quienes lo habitaban, después
una provincia romana (Hispania) y más tarde un reino visigodo cuyos
reyes tuvieron la ocurrencia de denominarse a sí mismos reges Hispaniae.
Y todo esto me lo explicaba, porque se le entendía,
ese insidioso medievalista con una prosa maravillosa y transparente, mientras
por mis ojos desfilaban escipiones y viriatos, latines y derechos romanos,
herejías arrianas y concilios de Toledo, san
isidoros y fueros juzgos, guadaletes y abulcasíes, almanzores y
vellosos, taifas y parias, tasufines y berengueres, nazaríes y
trastamaras… Y poco a poco la insidia me iba ganando, sobre todo cuando
leí que la primera versión en idioma romance del término
«España» apareció en una crónica redactada
en lengua catalana, es decir, «Espanya».
Y entonces recordé aquellas palabras de Nebrija
en su Gramática de la lengua castellana que decían «Los
miembros e pedazos de España, que estavan por muchas partes derramados,
se reduxeron e aiuntaron en un cuerpo e unidad de Reino, la forma e travazón
del cual assí está ordenada que muchos siglos, injuria e
tiempos no lo podrán romper ni desatar.» Y al final pensé
que no fallaba, que casi todos los memos que había conocido le
hacían asquitos a la Reconquista y que de propina repudiaban a
los Reyes Católicos, insidiosamente.
En
septiembre del año pasado el otrora flamante jefe de los Servicios
Informativos de TVE durante el gobierno franquista de Carlos Arias Navarro,
ex director del diario El País y actual consejero delegado de PRISA
consideró que la «insidiosa Reconquista» había
impedido una especie de Alianza de Civilizaciones avant la lettre en España.
Estupefacto ante semejante adjetivo calificativo me precipité sobre
la mesa de novedades de mi librería más cercana y, provisto
de «La Reconquista. El concepto de España: unidad y diversidad»
(Ed. Espasa, 2006), regresé a casa para adentrarme en los arcanos
de la insidia.
Resultó que según el historiador Julio
Valdeón el término «Reconquista» se refería
a la actividad militar desarrollada por los combatientes cristianos desde
el siglo VIII hasta el XV con la finalidad de recuperar los territorios
perdidos a manos de los invasores musulmanes. Por lo tanto, «Reconquista»
venía a significar algo así como «recuperación».
El maestro Valdeón también deslizaba en
su libro, sin duda de manera muy insidiosa, que esa idea de «recuperación»
estaba íntimamente vinculada a la idea de «España».
Es más, se atrevía a decir que no se podía entender
la una sin la otra. Porque esa palabreja, «España», evocaba
un pasado de unidad, o una expectativa de proyecto de futuro, quién
sabe, en las cabecitas de aquellos cristianos, tan carpetovetónicos
y refractarios a los deleites de la multiculturalidad mahometana como
eran ellos. Una unidad que primero fue una geografía, un territorio,
una serie de costumbres similares en quienes lo habitaban, después
una provincia romana (Hispania) y más tarde un reino visigodo cuyos
reyes tuvieron la ocurrencia de denominarse a sí mismos reges Hispaniae.
Y todo esto me lo explicaba, porque se le entendía,
ese insidioso medievalista con una prosa maravillosa y transparente, mientras
por mis ojos desfilaban escipiones y viriatos, latines y derechos romanos,
herejías arrianas y concilios de Toledo, san
isidoros y fueros juzgos, guadaletes y abulcasíes, almanzores y
vellosos, taifas y parias, tasufines y berengueres, nazaríes y
trastamaras… Y poco a poco la insidia me iba ganando, sobre todo cuando
leí que la primera versión en idioma romance del término
«España» apareció en una crónica redactada
en lengua catalana, es decir, «Espanya».
Y entonces recordé aquellas palabras de Nebrija
en su Gramática de la lengua castellana que decían «Los
miembros e pedazos de España, que estavan por muchas partes derramados,
se reduxeron e aiuntaron en un cuerpo e unidad de Reino, la forma e travazón
del cual assí está ordenada que muchos siglos, injuria e
tiempos no lo podrán romper ni desatar.» Y al final pensé
que no fallaba, que casi todos los memos que había conocido le
hacían asquitos a la Reconquista y que de propina repudiaban a
los Reyes Católicos, insidiosamente.
