Julián Ríos:Quijote e hijos
Es posible advertir, en todos los autores ensayados,
la ecuación literatura-relectura, perdón por la rima consonante.
No se relee el periódico; no se releen, tampoco, las novelas de
ocasión ni la literatura escrita con buenos sentimientos. En Quijote
e hijos numerosas son las obras que no disimulan su filiación
cervantina. El recorrido comprende textos o, mejor, texturas de, por ejemplo,
Thomas Mann, Arno Shmidt, Nabokov, Machado de Assis, James Joyce, Julio
Cortázar, entre otros.
El
ensayo que prueba la admiración de Mann por el Quijote
se lleva a cabo a través de una singladura o, en la simetría
en cruz, singlando una travesía: Mann viaja hacia América
y lleva la novela del hidalgo en ristre. La relee y la comenta. La prosa
de Ríos, erizada de anagramas, contrapiés, palíndromos,
paráfrasis, esto es, juegos de variaciones semánticas y
sonoras, funge como espejo para mirar lo que ocurre en ese barco: los
encuentros y desencuentros de Mann, su nostálgica estancia en la
nave y, además, la incisiva indagación psicológica
del novelista sobre los personajes/personas que habitan el Volendam.
Es un ensayo que muestra la cara del mar y sus afluentes: los trazos y
retales de la literatura en sus márgenes: «El libro de los
libros de Cervantes pasa y se repasa en la órbita del orbilibro
sin fin de Finnegan. El sueño eterno por los ciclos de los ciclos
de la historia le hace eco al eterno sueño despierto de don Quijote,
de claro en claro y de turbio en turbio, reducido demasiado alegremente
en alguna fase y frase turbia del libro de Joyce a Donkey shot,
coz de asno o de Alonso Quijasno» (p. 31). Este solo pasaje
muestra las irisaciones de los calambures a la orden del día y
de la noche. Destaca, por supuesto, el hermoso palíndromo orbilibro.
Una de las obsesiones temáticas ?e incluso ma-temáticas?
de Ríos es la obra de James Joyce (en Quijote e hijos
la apoda joyceánica): ese incesante juego de enigmas que
despierta a cada lectura. Las perspectivas multiplicándose. La
cascada de interpretaciones que no agotan un libro (me refiero al Ulises)
polifónico y polimorfo, tan sugestivo como estimulante. Basta detenerse,
por ejemplo, en el significado hermético del número 13.
Los entrecruzamientos de la vida y la literatura. Recordemos que Ríos
inventó el neologismo escrivivir, una conjunción
de palabras como paradigma y destino. «Joyce y la tía Josephine»
y «Joyce, por ejemplo» alientan una complementariedad insoslayable.
El ensayo intitulado «El dominio de Arno»
se lee con cerebro y corazón aliados. Las vicisitudes experimentadas
por Claude Rielh, quien consagró/dedicó sus días
a la traducción de la obra de Arno Shmidt, el desencantado e irónico
autor alemán nacido en Hamburgo. Ríos enlaza vida y literatura,
anécdotas y libros, encuentros y lecturas, y admite que se decanta
por los libros de la primera etapa de Shmidt «de prosa tan bien tallada
como exacta, calculada al milímetro, que detallan sin concesiones
la ignominia nazi, los desastres de la guerra, las estrecheces de los
primeros años de la posguerra, el borrón y cuenta vieja
de las dos Alemanias cada vez más conformistas, el resurgir de
la intolerancia política y religiosa» (p. 104).
«Rayuela a saltos» es un entrañable
retrato de recuerdos y proyectos: conversaciones con Octavio Paz y con
Julio Cortázar. El antes y después del gran Cronopio. La
reminiscencia del escritor argentino desde la soledad de su muerte y las
sucesivas resurrecciones a través de sus libros y de sus palabras.
La presencia decisiva de la literatura de Cortázar en escritores
de nuevas generaciones (como Eloy Fernández Porta).
Uno
se acerca de modo distinto al discurrir narrativo de Joaquim María
Machado de Assis tras haber leído el abordaje sereno de Julián
Ríos en Quijote e hijos. Mi relectura, por ejemplo, de
«Misa de gallo» aportó vislumbres distintas: el diálogo
del joven de 17 años con una treintañera malcasada evidencia
una acumulación insinuativa a caballo entre la ternura y el deseo.
Es un magnífico botón que demuestra. Y nada diré
aquí de mi relectura (la literatura es re-re-re-lectura) de «El
alienista»: una perla con varios niveles o escalones de sentidos.
Grados de la lectura, le llamará Ríos en uno de los dos
ensayos dedicados a Nabokov. Las visiones y revisiones de Lolita (sus
precursos y poscursos) y la aproximación de Pálido fuego,
hazaña literaria con ambición de orbilibro: lectura y translectura:
«Un texto también tiene una realidad gradual, que aumenta
con nuestra capacidad de lectura. Y Nabokov aspira a que los lectores
de sus libros conozcan verdadera y lo más exactamente posible su
realidad, lleguen a verla y apreciarla como el autor. Por eso se equivocan
los que pretenden que Nabokov quiere demostrar a toda costa que es más
listo que sus lectores. Al contrario, quiere que el lector sea, como diría
Baudelaire, su semejante, su hermano» (p. 177).
Cierra el paseo/pasadizo de autores y obras inscritos
en la tradición de La Mancha un cuestionario (apólogo/epílogo)
para desentrañar los pivotes del humor en sus varias faces y facetas.
El equívoco final es delicioso. Quijote e hijos logra
su principal y único objetivo: posibilitar una relectura que abra
puertas y ventanas al mar sin fin de la mejor literatura.
