Iris Lázaro. Colección y pintura de textiles
Iris Lázaro (Trévago. Soria,1952) estudió
en el instituto Antonio Machado de de Soria y en 1971 se traslada a Zaragoza
donde estudió en la Escuela de Artes Aplicadas y conoció
a su marido, el pintor Eduardo Laborda. Ambos practican una pintura figurativa
realista de gran maestría en el dibujo, aunque con campos y acentos
diferentes.
El
mundo de las antigüedades y su conservación ha sido una pasión
de Iris Lázaro que ha adquirido piezas relevantes en los anticuarios
que van desde juguetes del pasado, carteles y objetos de la vieja publicidad
a cuadros bellísimos de la gran pintura del XIX que tanto admira,
hasta el punto de sacar a la luz el trabajo de algunos autores olvidados.
«Me interesa la arqueología y la egiptología»,
confiesa.
Su céntrica casa zaragozana es un museo de muñecas,
sifones, rótulos publicitarios, preciosos maniquíes de los
50, lámparas, botellas singulares, azulejos folletos, libros, fósiles…
y sobre todo textiles que van desde tapices y dechados de labores, a sábanas
y manteles bordados, hasta viejos trajes familiares de los años
40. Todo en una casa luminosa y ordenada, donde las vitrinas, arcones
o armarios conservan las piezas bajo la inteligencia rectora de Iris Lázaro.
No lleva a cabo una colección articulada y única sino que
sostiene varias líneas de colección con piezas dignas de
figurar en exposiciones del género.
Rastrear anticuarios, brocantes o vejeros es un gozo
para ella y su marido. «A veces nos beneficiamos de la ignorancia
del anticuario y adquirimos piezas estupendas a buen precio», cuenta
con gozo la pintora. El pasado le interesa por su poder creador y evocador,
un pasado que trata de conservar y proteger por encima de los desmanes
o desidia de los políticos, a través de APUDEPA (Asociación
Pública para la Defensa del Patrimonio Aragonés), una tarea
que trata de evitar algunas demoliciones bárbaras o actuaciones
brutalistas de los arquitectos en la ciudad de Zaragoza, como la ampliación
del Museo de Bellas Artes que rompe la fisonomía histórica
del lugar. «No estamos contra la arquitectura actual sino que pedimos
que elija otro lugar para no contaminar o minar la del pasado», declara.
«Esta lucha contra la barbarie arquitectónica
o urbanística nos causa una enorme trabajera y muchos disgustos.
No es grato protestar o manifestarse para evitar los desaguisados, además
a uno lo acaban señalando con el dedo, pero alguien tiene que hacer
esta tarea ingrata. Eduardo y yo somos, junto a otros inquietos, fundadores
de APUDEPA, una institución que entrega cada año sus particulares
galardones «naranja» y «limón». Los de este
año recayeron, el «naranja», sobre unos ingleses que
han reconstruido fielmente el castillo de un pueblo aragonés y
el «ladrillo» para el gobierno de turno.
En sus cuadros de textiles de Iris Lázaro -algunos
de los cuales se exhibirán en Soria- se crea una extraña
atmósfera surrealista onírica, como si se hubiera producido
una ausencia súbita de los personajes que vestían los trajes,
en medio de una floresta o naturaleza particularmente intensa. «Dama
del Bethnal Greem Museum» (10 x 81 cm.) es una pieza espléndida
con un traje rojo que lleva un enorme lazo en el polisón.
Los títulos de los cuadros son sugerentes, poéticos
y hasta humorísticos: «Crisálida», «Metamorfosis»,
«Jardín encantado», «Barranco azul», «Signos
de vida», «El guardián del desierto», «Satén
blanco», «Greensleeves»… Todo un pretexto para apresar
la textura de los textiles en la pintura, para hacer un homenaje a la
bella indumentaria fundamentalmente femenina que resulta elocuente para
hablar de la mujer. Los corpiños, jubones, polisones y maniquíes
pasan por arte de los pinceles a la plenitud realista de la ilusión
en la pintura de Lázaro. Un testimonio de realidad que se torna
en fantasía y arte, como si la autora pretendiera concitar a los
dioses lares que una vez habitaron las vestiduras.
Capítulo aparte merecen sus cuadros hechos de
frisos o zócalos con cerámica de Teruel, Muel, Talavera
u otras procedencias. «Elegía andaluza» plasma el almagre
de unos muros pintados junto a un suelo ajedrezado en rojos y blancos.
«Cerámica de Talavera» representa un rótulo publicitario
de cereales con roleos sobre una pared de azulejos. «Cabello de ángel»
(115 x 200 cm) de 1991 es un gran cuadro en el que se acoge la representación
de un viejo mural cerámico desportillado y un traje antiguo de
gran empaque. A veces las figuras representadas se rompen y crean cierta
inquietud y zozobra, como en «La tormenta», «Pastel de
chocolate» o «Jardín encantado».
Por último cabe destacar los paisajes frondosos
de la naturaleza, con ausencia de la mano del hombre, en una suerte de
luces vespertinas que no llegan al nocturno o luces escondidas en la espesura
del bosque. El espíritu romántico de Friedrich parece evocarse
en cuadros como «Camino de la Virgen», «Rosada», «Árboles
de Trévago» o «Jardín de Trévago».
Iris Lázaro goza igualmente con el mundo vegetal y lo representa
con la potencia lustrosa que les otorga una naturaleza feraz. Este mundo
lo ha trasvasado a sus grabados al aguafuerte o punta seca.
Iris Lázaro es una pintora singular con una iconografía
que la caracteriza, con un dibujo de precisión naturalista clásica
que la honra por su maestría. Es una creadora de mundos, de atmósferas,
de secuencias particulares de su mirada. Su arte transmite, convoca, una
emoción y eso explica que algunos coleccionistas, como el sueco
Christian Tornakull apueste por sus cuadros. Su exposición retrospectiva
en Soria es una ocasión especial para contemplar su obra que se
encuentra dispersa en diversos museos y colecciones particulares.
Nº 12 – Junio / Julio de 2006
