GEORGE MACDONALD :LA PRINCESA Y CURDIE
George MacDonald es y ha sido considerado junto a Lewis Carroll, uno de los mejores escritores
de la época victoriana en literatura infantil y juvenil. Este libro, continuación
de La princesa y los trasgos, es capaz de trascender a todas las edades en la medida
que éstas confíen en el poder de la fantasía, como creación y representación
de la existencia. Su obra ha influido en autores como J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis.
Dos claves lingüísticas armónicamente orquestadas, una común y otra
cifrada a través de imágenes arquetípicas que desafían la racionalidad,
ayudan al autor a componer una prosa fabulística que enlaza realidad y fantasía,
en un crisol de símbolos, colores, dualismos y contrarios.
El argumento, unidad imaginativa y dinámica, se desarrolla sin sentimentalismos exagerados,
atrapándonos entre el bien y el mal, lo humano y lo animal; dualidad de voces que se
alternan jerárquicamente, en una fantasía polifónica con adornos simbólicos
y trinos morales. Sutiles y agudas ironías sobre un individualismo egoísta, un
desconcertante progreso social y algunas falsas virtudes, acompañan la seriedad imaginativa
de diálogos y juicios.
MacDonald juega en serio, presentándonos un mundo jerárquico y fantástico
de personajes descritos en cuerpo y espíritu: algunos dotados con la cualidad de la
bondad y la prudente facultad de su lógica, otros poseídos por la maldad y la
osada avaricia. Bajo un espíritu descubridor y a ritmo de novela de aventuras, los dirige
a través de un viaje en el que se suceden diferentes escenarios: desde la montaña
a la ciudad, mediante formas, colores y símbolos de regeneración y caos.
La historia comienza en la opulenta y mística montaña, donde se presenta la gran más que abuela,
personaje femenino que adopta ambivalencias formales y cromáticas en una única
esencia espiritual. Encarna el leitmotif del bien y la sabiduría ; se identifica
con la luna, la verdad de la plata y la lógica hebra de la rueca. Su luminosidad y resonancia
se expande hasta las concavidades internas donde trabaja Curdie, quien representa la elevación
del juicio hacia el bien, la credulidad, la honestidad y la valentía; sus sentidos no
se conforman con armónicos lejanos y sus manos, manifestación corporal del espíritu
de los personajes, son purificadas y regeneradas como visionarias de la verdadera identidad.
Entre símbolos áureos y plateados, con férrea voluntad, rememorando melodías
interiores y acompañado de una fiel criatura con cuerpo animal y sensible alma humana,
llegó Curdie a la ciudad; lugar donde la decadencia del pasado es prueba de prosperidad,
donde intereses económicos, vanidades y egolatrías identifican a algunos personajes
con forma humana e identidad de bestia que, además de haber olvidado la historia, tropiezan
hasta tres veces con la misma piedra.
Enigmas, intuiciones, augurios y presagios personificados en espíritus humanos y también
animales bajo la apariencia de personas, interpretan melodías de destrucción
y regeneración a través de síntesis simbólicas, en un reino donde
la mentira no deja ver la verdad, la justicia no se reconoce entre la maldad, , un individualismo
egoísta se ahoga en la confusión y, una religión utilitarista concluye
en soluciones exorcistas.
Una transición deductiva y racional dentro de la lógica de la narración,
susceptible de matices desde otras perspectivas, conduce a Curdie y a los suyos, a la conclusión
de que, el orden final justifica su lógica restauradora.
Una justicia que actúa sobre la base de un cierto pesimismo antropológico en determinadas
naturalezas, dicta su sentencia. La regeneración y la metamorfosis cumplen sus ciclos
y donde hubo roca ahora hay un río.
¿Hacia la misma esencia con otros adornos?
Las invitaciones al espíritu crítico y la reflexión están servidas
en bandejas de oro y plata.
Nº 7 – Enero de 2006
