La pintura que se teje: Federico Miró y el arte de detener el tiempo en la Casa de VelázquezPor Alejandro Sedano
«Hablamos con Federico Miró al final de la beca que obtuvo en la Casa de Velázquez sobre procesos lentos, la herencia de la artesanía textil y la necesidad de desacelerar la mirada ante el lienzo.»
Dicen que existe un síndrome post – Casa de Velázquez en los artistas que han tenido el privilegio de mudarse al oasis de paz y quietud que proporciona la institución. Sólo unos pocos han tenido la suerte de pasar unos meses allí y Federico Miró es uno de ellos.
Se entiende al llegar, el entorno es todo lo que uno se imagina cuando piensa en retirarse para cumplir con sus exigencias artísticas o creativas. La beca, fruto del programa de residencias de la Académie de France à Madrid, es un privilegio no solo por el espacio físico sino por ofrecer algo inusual en el panorama contemporáneo: tiempo y pausa.
El espacio respira la concentración y la intensidad de un año fructífero, repleto de proyectos, exposiciones y diálogo con creadores de diversas disciplinas. Rodeado de algunas de sus piezas (la mayoría han volado a otras exposiciones), conversamos sobre el valor de los procesos lentos, la influencia de la artesanía textil y el oficio de pintar en pleno siglo XXI.
La lentitud como resistencia
La pintura de Miró engaña al ojo en un primer instante. Lo que a distancia parece un tapiz o una trama textil de factura compleja, revela de cerca el rastro metódico del óleo y el pincel. Esta búsqueda de una técnica pausada y casi obsesiva es una decisión plenamente consciente.
«Al final busco técnicas artesanales que se alejen de esa inmediatez o instantaneidad en la que estamos rodeados», explica el artista malagueño. «Busco que el espectador se detenga en la obra y se olvide un poco del ruido. Me preparo concienzudamente el boceto previo, la primera capa y el tipo de ornamento, aunque luego el propio proceso traiga imprevistos que hay que resolver. En ese método diario me veo reflejado; soy metódico, pero también me dejo fluir».
Ese juego visual obliga a quien mira a moverse ante el lienzo, a cambiar la distancia y el ángulo, retando la observación efímera del mundo contemporáneo. «Es imposible ver una obra en tres segundos. Ese engaño de que parezca una cosa pero sea otra obliga al espectador a caminar sobre la pintura y a mirarla con más tiempo y paciencia».
De la imaginería malagueña a los telares del mundo
El origen de este fascinante universo textil se hunde en las raíces de su infancia en Málaga. Rodeado de los ornamentos, las túnicas y los mantos procesionales de la Semana Santa, Miró absorbió desde muy joven el valor de los oficios tradicionales.
«En Málaga he vivido desde pequeño toda esa tradición de orfebres, tejedores e imagineros. Son oficios superantiguos que me interesaba reinterpretar desde la pintura contemporánea», comenta. Sin embargo, esa inquietud inicial no tardó en expandirse hacia otras latitudes.
A lo largo de su trayectoria, el artista ha investigado las tradiciones textiles de múltiples culturas. Durante una residencia en México, profundizó en los tejidos tradicionales de Oaxaca, Chiapas y Puebla; en su serie de biombos recurrió a la técnica india del block print (estampación mediante bloques de madera); y el estudio de las estampas y kimonos japoneses ha impregnado de forma determinante su sensibilidad gráfica.
Un refugio creativo en la Casa de Velázquez
Hacer balance de este año en la Casa de Velázquez dibuja una sonrisa en el pintor. El centro no solo le ha proporcionado un espacio amplio para abordar una producción ambiciosa en un año de altísima carga de trabajo, sino que ha servido como catalizador de ideas.
«El sitio ya de por sí es motivante. Coincidir con un grupo de artistas tan diferentes, hablar a la hora de comer sobre cómo va cada proyecto e ir retroalimentándonos ha sido maravilloso», concluye.
Tras la muestra final en la residencia, donde se exhiben fragmentos del trabajo desarrollado durante estos meses, las obras de Federico Miró emprenderán su camino hacia nuevos proyectos. Piezas nacidas del tiempo y la calma que nos recuerdan que, para comprender el presente, a veces solo hace falta aprender a mirar más despacio.
