Enrique Falcón (coord.):Once poetas críticos en la poesía española reciente
Se trata de: Jorge Riechmann (Madrid, 1962), Daniel Bellón
(Cádiz, 1963), Isabel Pérez Montalbán (Córdoba,
1964), David González (Asturias, 1964), Antonio Orihuela (Huelva,
1965), Antonio Méndez Rubio (Badajoz, 1967), Miguel Ángel
García Argüez (Cádiz, 1969), David Franco Monthiel
(Cádiz, 1976), David Eloy Rodríguez (Cáceres, 1976),
José Mª Gómez Valero (Sevilla, 1976) y el mismo Enrique
Falcón (Valencia, 1968) Apenas se haya reparado en esta nómina
surge la pregunta: ¿Otra antología de género? No:
¡hay una poeta!
Sí,
hay un nombre de mujer. Sin embargo, no parece suficiente para impedir
la sospecha de que las antologías de poesía estén
condenadas a hacerse por género. (No todas, por supuesto: ahí
está la de Rafael Morales, Última poesía española
1990-2005, Marenostrum, 2007, que incluye seis mujeres entre los
18 antologados) Pero esta docena del fraile que se ha trabajado Enrique
Falcón, una representación tan escasa, parece puesta para
evitar los mordiscos de la vergüenza. En una reciente antología,
de las de género sin tapujos, María Rosal (Con voz propia,
Renacimiento, 2006) argumenta cómo siguen siendo necesarias las
antologías de poesía escrita por mujeres. Y lo creemos.
Pero entre lo que unos antólogos y unas antólogas
entregan hay rotundas diferencias. En el caso de estas últimas
–la de género sin tapujos- suelen llegarnos acompañadas
de un estudio previo que explica porqué sigue siendo necesario
visibilizar el quehacer de las poetas y con frecuencia nos encontramos
con palmarias demostraciones que contradicen el tópico de la igualdad
de oportunidades. Es lo que tuvo que hacer Noni Benegas con su magnífico
estudio en Ellas tienen la palabra (Hiperion, 1997) y es lo que
ha tenido que hacer María Rosal diez años más tarde:
demostrar con paciente rigor la insignificativa presencia de los poemas
de mujeres en los textos escolares. Demostración tras demostración
la supuesta igualdad de oportunidades se revela falsa y sólo entonces,
tras la presentación de pruebas, puede presentar a sus seleccionadas.
Es decir, una antología de género tiene que explicar por
qué no incluye a los poetas antes de ponerse a la tarea. En el
resto de las antologías, las que no se dicen de género pero
que apenas incluyen nombres femeninos, quien la coordine no siente la
necesidad de explicar porqué no incluye a las mujeres.
Enrique
Falcón es conocedor de numerosas poetas en la franja de edad fijada
como límite y que comparten con los seleccionados la poética
que conlleva la crítica al mundo: Luisa Castro (1966), Inmaculada
Luna (1966), Julieta Valero (1971), María Eloy García (1972)
Begoña Pozo (1974), Eva Vaz, (1972), Belén Reyes(1964),
Miriam Reyes(1974), Ariadna García (1977), Julia López Briñas,
Elena Castillo…y otras más que también muestran una
escritura susceptible de ser enclavada al menos bajo más de uno
de los siguientes rótulos: «poesía de la conciencia
crítica», «escritura del conflicto», «nueva
poesía social», «literatura activista» o «poesía
en resistencia». Sorprende por tanto que se haya eliminado a la mitad
de los que están mirando críticamente el mundo.
Dicho esto, los poemas que componen la antología
dan sobradas razones para que el aludido reproche sobre la obsesión
de los y las poetas con su propio ombligo ya no tenga razón de
ser. Y produce alegría encontrarse con poemas que remiten a algo
más que las cuatro paredes de una alcoba. En la era del despido
libre, las precarias e injustas relaciones laborales minan algo más
que el bolsillo de cada uno y convierten el proyecto vital de cada cual
en calderilla. Alegra pues comprobar que este conflicto esté tan
generosamente expresado, que el sarcasmo, la burla, la rabia, el dolor…
alcancen a los poetas y nos alcance por su palabra; alegra que una de
las reivindicaciones más injustamente ninguneadas, como es la de
la Renta Básica, sea titular de uno de estos poetas. Y alegra sobre
todo, la recuperación de confianza en un lenguaje (deslenguado)
que es acto, grito capaz de desenterrar verdades, de pasar la voz sobre
la desnudez del rey y con ello el entusiasmo movilizador, la alegría
creadora. Frente al inducido fatalismo que nos paraliza, ¿puede
esperarse más de un poema?
No en todos está presente el principio de que
para nombrar un mundo en crisis es preciso hacerlo con un lenguaje en
crisis. Pero las trampas con las que el lenguaje del imperio oculta la
realidad quedan aquí desveladas. Se trata de poetas cultivadores
de grieta (Roberto Juarroz) que desvelan el simulacro de realidad y que
evitan la escisión entre lo público y lo privado.
Es
lo que hace implacablemente la poeta Isabel Pérez Montalbán
que nos da la infancia con un lenguaje tan ácido, tan a bocajarro
que pasa a no ser la suya, sino la de todos los de ese tiempo y ese lugar;
su escritura parece empeñada en recordarnos el fango de la pobreza
real y sentimental que nos precede para remitirnos sin piedad a la del
presente. No basta la abundancia para arropar el frío/ que
se hereda en los genes y nace del escombro./ No hay leña que derrita
tanta nieve embrionaria. Ni idealismos ni esencias ni celestiales.
Isabel Pérez Montalbán nos habla de su padre y emite un
poderoso discurso sobre las clases sociales; habla de su barrio y son
las condiciones de vida de la periferia urbana las protagonistas de su
poema. Esta poeta sabe llevarnos enérgicamente a un tiempo hecho
de planos simultáneos, donde el presente revela su pasado como
el amor su dolor.
No es el único gran nombre de la antología
que además tiene como epílogo un valioso texto informativo,
«No doblar las rodillas 1991-2006» sobre lo que en estos últimos
años se ha ido produciendo en poesía desde el punto de vista
de la conciencia crítica.
