El arte de saber marcharse: Marisol y el dibujo como espacio de resistenciaPor Redacción
La Fundación Botín despliega la primera gran retrospectiva de los dibujos de Marisol Escobar. Un viaje de más de seis décadas que revela el papel del papel como el hilo más constante, íntimo y político de una creadora que prefirió el silencio al ruido del mercado neoyorquino.
A finales de los años cincuenta, tras una presentación de éxito arrollador en su mítica galería de Nueva York, Leo Castelli vio cómo una de las estrellas más rutilantes de la vanguardia recogía sus bártulos para abandonar Estados Unidos. Atónito, el galerista le espetó una frase que hoy da título a la muestra de Santander: «¿Cómo puedes marcharte ahora, cuando todo está por comenzar?».
Esa huida no fue un arrebato aislado; fue un manifiesto de intenciones. Marisol Escobar (1930-2016) poseía el raro superpoder de saber retirarse del centro del mapa artístico en los momentos clave de su carrera. En lugar de dejarse devorar por la maquinaria del Pop Art, una etiqueta en la que la crítica insistía en encasillarla pero que ella jamás abrazó del todo, Marisol optaba por el repliegue. Se apartaba del foco, se transformaba en el silencio y reemergía con una obra profundamente mutada.
La exposición Marisol: Cuando todo está por comenzar. Dibujos de 1949 a 2015, comisariada por la Dra. Laura Vallés Vílchez y coproducida junto al Buffalo AKG Art Museum y el MAC/CCB de Lisboa, explora precisamente lo que ocurría en la trastienda de esos retiros. Y lo hace a través del hilo más constante, privado y obsesivo de su trayectoria: el dibujo.
El papel como sismógrafo de la incomodidad
Frente a la monumentalidad de sus célebres y satíricos retratos escultóricos en madera y técnicas mixtas —de los cuales la Fundación Botín incluye una magnífica selección para entender cómo el trazo saltaba hacia las tres dimensiones—, los más de cien dibujos reunidos en la sala funcionan como un diario íntimo.
Allí donde la escultura servía para lanzar una incisiva crítica social hacia los roles de género, la estructura familiar burguesa o la vacuidad de la cultura de la fama, el dibujo era el laboratorio de sus preocupaciones globales y sus incomodidades privadas. El papel no exigía el esfuerzo logístico del taller; era inmediato, portátil y secreto. En sus tramas a lápiz y tinta, Marisol entretejió ficciones imaginativas y matices marcadamente feministas y políticos con una libertad que el mercado de las grandes galerías difícilmente alcanzaba a digerir.
Más allá de la constelación Warhol
Es innegable que Marisol formó parte del epicentro de la vibrante escena neoyorquina de los sesenta. Se movía entre tótems como Willem de Kooning o Robert Rauschenberg, y su magnetismo la llevó a protagonizar varias de las películas experimentales de Andy Warhol, cuyos screen tests se proyectan en la sala de forma sutil, envolviendo el espacio expositivo.
Sin embargo, reducir a Marisol a ser la «musa» o el «reverso femenino» del Pop es incurrir en uno de los grandes malentendidos de la historiografía moderna. Su inclusión en citas históricas como la Documenta IV de 1968 —donde fue una de las escasas cuatro mujeres seleccionadas en un elenco de 149 artistas— o su papel como representante de Venezuela en la Bienal de Venecia de ese mismo año, demuestran que su reconocimiento internacional no dependía de la corte de la Factory. Su voz era autónoma, satírica y profundamente incómoda.
La apuesta de la Fundación Botín por investigar el dibujo —continuando una estela académica impecable que ya ha dedicado a figuras como Goya, Millares o Juan Muñoz— nos devuelve a una Marisol liberada del corsé de las modas. Una artista que entendió que, a veces, la única forma de que la obra empiece de verdad es teniendo el valor de dar un paso atrás.
