El amor de las tres naranjas
El
amor de las tres naranjas es una ópera con una trama bastante
endeble. En realidad, podría considerarse un sencillo juego de
fantasía, una sucesión de escenas curiosas o divertidas
que no acaban por entroncar con ninguna moraleja o enseñanza
de interés. Las apariciones, al inicio y luego en determinados
momentos de la obra, de coros que representan a «los excéntricos»,
«los trágicos», «los cómicos», «los
líricos», «los cabezas vacías», etc. o
los intentos por contextualizarla a partir de determinadas claves dramatúrgicas
son añadidos que no logran darle entidad a la página.
En cambio, la genial música de Prokofiev la reviste de un enorme
interés.
El compositor ruso supo aprovechar magistralmente las situaciones
que se suceden en la fábula de Gozzi. Con una imaginación
musical desbordante, que parece no tener fin a lo largo de toda la obra,
pinta colores, perfila melodías, crea efectos rítmicos
de una variedad admirable. Cada instante tiene su música singularizada,
cada línea vocal es reconocible. Y toda la partitura vuela sin
desaliento desde la primera escena hasta la última, con una l
ógica
pasmosa, con una naturalidad extraordinaria. Es, al fin, una genial
mezcla entre inspiración y conocimiento o esfuerzo técnico.
La dirección escénica de Philippe Calvario acierta al
mantener el ritmo vivo implícito en la música de Prokofiev.
No es especialmente graciosa —aunque la trama ofrece muchas posibilidades
en este sentido— pero tampoco cae nunca en el aburrimiento. Algunos
toques iconoclastas como el uso de drag-queens o falsos desnudos,
así como la estética sado-maso, están introducidos
sin afectar al buen gusto. Además, el vestuario, los figurines
y la iluminación se acomodan bien a la realización.
Igualmente, son buenas las transiciones, resueltas con agilidad y
sin gran aparato, en especial en la última parte de la obra,
a partir del enamoramiento del príncipe y la aparición
de las princesas en el interior de las naranjas.
El joven director musical Tugan Sokhiev ha
entendido
que el éxito en la traducción de la página estriba
en mantener siempre atenta a la orquesta para conducirla sin desmayos
durante toda la representación. Su batuta logró evocar
los distintos colores de la partitura, y contrastó bien los momentos
líricos con los semi-trágicos (enfrentamiento de los magos,
castigos a los malvados) y los cómicos (partes de Truffaldino).
El reparto, compuesto enteramente por cantantes rusos, mantuvo un
admirable equilibrio y nivel artístico. Funcionaron sobre todo
las voces graves (Alexi Tanovitski, Eduard Tsanga, Pavel Shmulevich),
pero también las agudas, como las de la soprano Julia Smorodina.
Por su parte, Andrey Ilyushnikov defendió con pujanza y valentía
el papel más comprometido de la obra, el del príncipe,
aunque su timbre, de naturaleza absolutamente eslava, no resultó
tan bello como cabría desear.
Bien los coros, en particular por saber acomodarse a las exigencias
escénicas de desplazamiento y movilidad. Con mucha gracia los
figurantes, que tienen una participación tan extensa que acaban
por suponer una parte fundamental del espectáculo. En suma un
buen trabajo en equipo para poder asistir con la máxima calidad
a una de las óperas más importantes de Prokofiev.
