«Domestic Incident».Por Rut Martín
La
sala de turbinas de la Tate Modern de Londres ha acogido durante el periodo
estival la exposición colectiva «Domestic Incident» comisariada
por Helen Sainsbury. La muestra, compuesta por una serie de esculturas
de la Colección Tate, evoca situaciones domésticas o incorpora
objetos cotidianos que normalmente se relacionan con este ámbito.
Los artistas Ricardo Basbaum, Louise Bourgeois, Miroslaw Balka, Richard
Wentworth, Jorge Pardo, Absalon, Rachel Whiteread, Bill Woodrow, Mona
Haotum y Tony Cragg nos presentan su propia visión de lo doméstico
y nos proponen una reflexión sobre las connotaciones e interrelaciones
que se establecen en dicho ámbito en la época contemporánea.
La relación entre espacio público y privado
ha sido desde principios del s. XVII un campo de investigación
para los artistas que, a través de sus obras, han planteado las
estrategias específicas de poder que rigen las relaciones dentro
del espacio doméstico y, cómo estas, conforman un espacio
psíquico de complejo entramado que va más allá del
espacio físico donde acontecen. Según Foucault «no
hay un poder sino que, dentro de una sociedad, existen relaciones de poder
extraordinariamente numerosas y múltiples, colocadas en diferentes
niveles, apoyándose unas sobre las otras y cuestionándose
mutuamente»(1). Tanto los pintores «Still Live» como los
movimientos de principios del siglo XX han trabajado en el potencial simbólico
de este ámbito. Los collages cubistas y el «ready made»
pusieron énfasis en lo familiar y lo cotidiano, el dadá
y el surrealismo, el pop y el arte conceptual nos presentaron una forma
diferente de contemplar los objetos domésticos como muebles, comida
o utensilios de cocina y, a partir de los años 60, muchos artistas
han incorporado sus propios objetos a su obra, vinculando de una manera
directa su vida, su experiencia y su arte.
Las reflexiones que nos proponen los artistas que componen
esta muestra podrían dividirse en tres aspectos fundamentales.
No son determinantes cerrados ya que la complejidad conceptual de muchas
de las obras hace que participen de varios de estos aspectos a la vez.
Lo que sí es cierto es que esta división, entendida siempre
desde su carácter relativo, puede ayudarnos a analizar de una manera
más clara las aportaciones de cada una de ellas. En primer lugar,
se encontrarían las obras que tratan de incidir en la búsqueda
de la propia identidad y de cómo ésta se articula directamente
con las vivencias y relaciones que tienen lugar en el espacio doméstico
– privado (Louise Bourgeois y Mona Hatoum). En segundo lugar, los
artistas que investigan sobre el concepto de casa y de espacio habitable
(Absalon, Richard Bausman y Miroslaw Balka) y por último, aquellos
que articulan su obra a partir de objetos de uso cotidiano (Richard Wentworth,
Jorge Pardo, Rachel Whiteread, Tony Cragg y Bill Woodrow).
Gaston Bachelard plantea en su texto «La poética
del espacio» que cuando alguien crece, crea lugares que se conforman
en un
tiempo contenido, que se revisitan desde el recuerdo y que están
directamente ligados al descubrimiento de la propia identidad. Éste
es un concepto que está relacionado con el espacio doméstico
ya que la identidad, entendida más como un proceso que como un
producto, se construye con las relaciones familiares y es inseparable
de las relaciones paterno – materno – filiares. El poder es producto
de las relaciones que establecemos. La identidad se construye a través
de la función que cumplimos en la sociedad y de las relaciones
e influencias que recibimos. El ámbito doméstico está
lleno de contradicciones, protege y agrede a la vez, se conforma desde
la intimidad pero también, en ocasiones, la anula. «La desviación,
la inclinación y, en suma, la intimidad, es la referencia primera
con respecto a la cual se determina la identidad (relativa) del sujeto»
(2)
Estos lugares de la memoria asociados directamente a
la construcción de la propia identidad se encuentran muy presentes
en las obras de Mona Hatoum o Louise Bourgeois, dos de las propuestas
más interesantes de esta exposición. Ambas creadoras reflexionan,
no desde la mirada masculina hegemónica, sino desde la mirada femenina
que construye un mundo simbólico muy diferente y que trata de cuestionar
la idea de cuerpo femenino y su funcionalidad. A través de «Incommunicado»,
«Divan Bed» y «Untitled (Wheelchair)» la artista de
origen libanés Mona Hatoum pone de manifiesto, de una manera abstracta
y aséptica, las tensiones que surgen entre lo público y
lo privado. La obra de Hatoum es inseparable de su propia biografía,
de una infancia en el exilio que fragmentó su identidad y que convirtió
su idea de hogar en algo amenazante, inestable y provisional. Los objetos
familiares,
lejos de representar un apoyo, una seguridad, se transforman en objetos
realizados en materiales fríos, como el acero inoxidable y el caucho,
que rechazan toda confortabilidad en base a una hostilidad que remite
al abuso infantil, al sufrimiento de sentirse prisionero y a la incapacidad
de ser escuchado, «el ser que se esconde, el ser que se centra en
su concha, prepara una salida…las evasiones más dinámicas
se efectúan a partir del ser comprimido» (3). Las piezas presentes
en esta muestra transpiran la vulnerabilidad e inestabilidad característica
de la obra de Hatoum, y caen como un hachazo en nuestra conciencia dividiéndonos
entre la necesidad de encontrar un lugar en el que sentirnos a salvo y
la certeza de saber que ese lugar no existe.
Por su parte, Louise Bourgeois presenta una de sus celdas,
la espléndida «Cell (Eyes and Mirrors)», en la que se
dan cita la mayoría de sus constantes conceptuales e iconográficas.
En el centro de la celda una gran escultura de mármol, que nos
recuerda a unos grandes ojos, nos remite a esa mirada que construye nuestra
identidad a través del «otro», base del pensamiento de
G. Hebert Mead y del interaccionismo simbólico. «Lo más
esencial es que cada uno de nosotros como entidad social, sólo
nos hacemos tangibles en el contacto con los otros, más concretamente
en cómo los otros nos tratan: necesitamos nuestro reflejo
en otros seres humanos para generar y conocer nuestros atributos como
personas» (4). Multiplicado este efecto por el reflejo de esos «ojos»
en los espejos lacanianos que la rodean, Bourgeois reflexiona sobre cómo
la mirada a través del espejo se convierte en una mirada condicionada,
una mirada que muestra distintas proyecciones, distintas realidades y
que tiene impuestos unos límites concretos cuyo elemento formal
son las paredes de la celda. El espectador se encuentra así enfrentado
a su imagen, a su proyección, a algo que no es él pero que,
en cambio, le representa. Esos «ojos» tienen reminiscencias
voyeurísticas claras y ahondan en un sentimiento de vigilancia
muy relacionado con el modelo panóptico del que hablaba Foucault.
Éste implica
un control espacial, temporal y corporal que consiste en una sucesión
de espacios cerrados (la familia, la escuela, etc…), cada uno de ellos
con unas leyes de poder específicas que constituyen un modo particular
de existencia a través del encierro y la disciplina. «La disciplina
ejercida sobre la persona, con el fin de producir cuerpos dóciles…,
se deriva de las prácticas reducidas o micro-tecnologías.
Están en la organización del espacio y del tiempo siguiendo
líneas ordenadas, de manera que faciliten formas constantes de
vigilancia y puesta en acción de la evaluación y el juicio»
(5). La obra de Bourgeois, al igual que la de Hatoum, es inseparable de
sus recuerdos, de sus experiencias vitales y de la vinculación
obsesiva del padre como origen de aquello que nos modela, «ojala
pudiera hacer mi espacio privado público para olvidarme de él».
Esta “caja de memoria” transmite la sensación de espacio
claustrofóbico, psicológicamente traumático y absorbente
que nos remite a su casa de la infancia y a la relación que estableció
con su padre en dicho periodo y que tanto la ha influenciado a nivel vital
y artístico. La casa es, para Bourgueois, una guarida pero también
es su cuerpo. Así mismo, hay referencias concretas a esa casa =
mente, ese espacio metafísico en el que no hay salida más
allá de los límites de nuestra «psique». A través
de un particular lenguaje cargado de símbolos y metáforas,
esta obra nos pone en contacto, no sólo con las obsesiones de su
autora sino también, con las zonas más oscuras de nuestra
memoria. Los aspectos más traumáticos de nuestra existencia
salen a la superficie para dejar constancia de su indudable influencia
como formadores de nuestra propia identidad, nuestra forma de relacionarnos
con los demás y de comprender lo que nos rodea.
Otro aspecto de interés en torno a lo domestico
es la asociación inmediata que se hace de éste con la casa,
con la estructura habitada, con la idea de hogar. El espacio físico
donde tienen lugar los acontecimientos y relaciones privadas se convierte
en un campo de reflexión para cuestionar el papel de esta estructura
en los espacios urbanos contemporáneos y su relación directa
con el «modus vivendi» de las personas que los ocupan. Las obras
de Absalon, Richard Bausman y Miroslaw Balka estarían relacionadas
con esa concepción del tema. «Cell nº1» de Absalon
es la primera de la serie de 6 células que desarrolló en
1992, un año antes de su muerte a causa del Sida. Se trata de una
vivienda hecha bajo las necesidades y la escala del artista. Nos ofrece
una nueva manera de habitar los espacios que tiene que ver con un carácter
nómada y con la posibilidad de reajustar el modo de vida, cambiando
los objetos cotidianos y las estructuras construidas para llevarlas a
un plano principalmente estético. Fiel a las formas de Le Corbousier,
la arquitectura doméstica se convierte así en un vehículo
del condicionamiento mental y físico. Para Absalon, la forma pura
es equivalente a la vida pura e incorpora la idea de «deseo de un
universo perfecto» en el sentido de habitar un espacio en el que
encontrarse protegido en su soledad.
Ricardo
Bausman también reflexiona en su obra «Capsules (NBP x me-you)»
sobre el espacio mínimo habitable y las relaciones que se establecen
entre las personas que lo ocupan. Éstas capsulas forman parte de
una instalación que presenta distintos elementos. En primer lugar,
un conjunto de cápsulas de metal, cada una de ellas con colchón
y almohadas, que tienen que ser ocupadas por dos personas al mismo tiempo.
Cada cápsula es ligeramente diferente para dar lugar a distintas
posibilidades de contacto psicológico entre sus usuarios. En segundo
lugar, dos diagramas bidimensionales crean un mapa de las posibles interacciones
psicológicas y físicas que pueden establecerse entre las
personas que las ocupan. A su vez, el espectador puede escuchar una composición
de sonido en la que se leen tres textos en portugués e inglés
que también están impresos en un pequeño catálogo
que se encuentra dentro de las celdas. Las siglas del título NBP
hacen referencia a lo que Bausman denomina «Nuevas Bases para la
Personalidad» a través de las cuales pretende subvertir los
rituales cotidianos.
Miroslaw Balka presenta «250x120x194, 250x120x194»
y «250x120x5, 250x120x5». Siguiendo la línea de investigación
en torno a las estructuras habitables Balka construye una serie de esculturas
que forman parte de la serie Draw. Éstas remiten directamente a
estructuras domésticas como habitaciones o camas y sus medidas
están relacionadas siempre con las dimensiones de su propio cuerpo,
por ejemplo 250 es la altura que puede alcanzar con los
brazos estirados. Utiliza materiales como ceniza, sal o jabón que
aluden a los residuos del cuerpo y cuya función dentro de su obra
tiene mucho que ver con la memoria y la dimensión antropomórfica
del mundo, pero siempre desde la ausencia, la pérdida y un fuerte
componente poético. A pesar de que sus obras parecen cargadas de
un cierto minimalismo hay que entenderlas más allá de sus
reducidas formas para poder captar el drama y la emoción que trasmiten.
En otro ámbito de reflexión sobre lo doméstico
se encuentran los artistas Richard Wentworth, Jorge Pardo, Rachel Whiteread,
Tony Cragg y Bill Woodrow cuyas obras se centran en la utilización
de objetos de uso cotidiano. Los objetos son elementos de un ritual que
ordena nuestros actos y que constituye parte de la vida diaria del ser
humano. Para Goffman estos rituales son las manifestaciones de la cultura
encarnada, incorporada e interiorizada. Algo parecido a lo P. Bourdieu
denomina «habitus» que define como «un sistema de disposiciones
durables y transferibles que integran todas las experiencias pasadas y
funciona en cada momento como matriz estructurante de las percepciones,
las apreciaciones y las acciones» (6). Algunos de estos artistas
tratan de cuestionar su funcionalidad y de analizar su papel en un mundo
en que la sobreabundancia de objetos y su acumulación están
desvirtuando y transformando, de una manera clara, el concepto de «objeto
de uso» hacia el «objeto en desuso». De esta manera, los
objetos están perdiendo la cualidad principal que les daba sentido
para convertirlos en el símbolo de lo inútil y en el resultado
del desaforado consumismo acumulativo que caracteriza el mundo contemporáneo
occidental. En las obras «Twin Tub with Guitar», «Car Door,
Ironing Borrad and Twin – Tub with North American Indian Head –
Dress», Bill Woodrow, no sin cierta ironía, convierte objetos
domésticos tales como una lavadora en una guitarra eléctrica
o un tocado indio. Le interesa la idea de una cultura nativa americana
y la contrapone a la sociedad del consumismo. En «Well Done!»
la silueta de África está cortada dentro de una sartén,
con partes pintadas que sugieren las fronteras políticas y que
nos recuerda a un trozo de bacon. Así, Woodrow trata de cuestionar
y criticar las consecuencias que está teniendo la aplicación
de una política global en este continente.
Los objetos de Richard Wentworth están yuxtapuestos
y ligeramente alterados para cambiar su funcionalidad y hacernos reflexionar
sobre la manera de percibir lo que nos rodea todos los días: cubos
que parece que tienen agua pero que, en realidad, es un espejo, dos sillas
apiladas que no pueden separarse, una mesa cuyo plano esta inclinado.
Todos estos objetos han perdido las cualidades que los hacían utilizables
y nosotros, desde nuestro papel de espectadores, no podemos dejar de pensar
cómo estos «objetos discapacitados» forman parte de nuestros
rituales domésticos sin ni siquiera ser conscientes de ello.
Otros
artistas, en cambio, centran su investigación hacia las cualidades
más metafísicas de estos objetos, convirtiéndolos
en metáforas de la memoria y en alegorías de las experiencias
vividas. Rachel Whiteread escoge cuidadosamente objetos en los que están
patentes las marcas del uso humano y después los vacía y
crea esculturas con los positivos resultantes. El proceso implícito
en esta manera de trabajar nos remarca la idea de residuo, de memoria.
La obra presente en la muestra, «Nine Tables», es un conjunto
de 9 esculturas que son el positivo del espacio que queda debajo de una
mesa. Ese vacío concretado, hecho tangible, se relaciona con los
lugares que ocupa el cuerpo humano en su relación con los objetos
que utiliza, en este caso es el hueco en donde estarían nuestras
piernas debajo de una mesa. De una manera muy coherente Whiteread reafirma
la presencia a través de la ausencia, cómo dijo Samuel Beckett
en Waiting for Godoy «nada es más real que nada».
En «Axehead» Tony Cragg realiza una composición
con 49 objetos manufacturados de madera. Con un origen conceptual, Cragg
establece la diferente relación que tenemos con los objetos desde
su fabricación industrial en serie y cómo ésta carece
de toda profundidad. Desde el sistema de producción comercial,
incluso los objetos realizados en materiales tradicionales como la madera
han dejado de tener ese carácter espiritual que los hacía
contenedores de las experiencias de las personas que los utilizaban y
que les otorgaban una especia de «vida» que le hacía
traspasar el plano de lo real para ocupar un plano marcadamente simbólico.
Por su parte, la obra de Jorge Pardo se encuentra en
el límite entre la escultura, la arquitectura y el diseño.
Las nueve lámparas expuestas en esta exposición parecen
un conjunto de líneas gestuales que recuerdan a un dibujo suspendido
en el aire. Para Pardo la naturaleza funcional de los objetos no está
reñida con las cualidades estéticas de la escultura y esta
obra es un buen ejemplo de ello. Desde el punto de vista conceptual, esta
pieza resulta menos interesante que el resto de las propuestas y, de alguna
manera, le resta cierta coherencia a la unidad expositiva que se resiente
de una obra que aporta menos al conjunto de reflexiones sobre el tema
que las citadas anteriormente.
El recorrido por esta exposición pone de manifiesto
la diversidad y la calidad de la mayoría de las obras que la componen.
En un momento en que lo privado cada vez adquiere un matiz más
público y en el que el ámbito doméstico se está
convirtiendo en un escaparate en el que mostrar las actitudes y comportamientos
relacionados con la imagen que se quiere trasmitir en otros entornos socialmente
más amplios, es importante que surjan propuestas que nos permitan
reflexionar y cuestionar, con suficiente profundidad, sobre los mecanismos
y estrategias que rigen nuestros comportamientos más íntimos.
(1) Foucault, Michel, «La Verdad y Las Formas
Jurídicas», Ed. Geisa, Barcelona,1980, pág. 169.
(2) Pardo, José Luis, «La Intimidad», Ed. Pre
– Textos, Valencia, 1996, pag. 51.
(3) Bachelard, Gaston, «La poética del
espacio«, Ed. Fondo de Cultura Económica de España
S.L, Madrid, 1993, pág. 146
(4) Mead, G.H., «Espíritu, persona y
sociedad: desde el punto de vista del conductismo social», Ed.
Paidos, Barcelona, 1999
(5) Hoskin, Keith, «Foucault a examen. El criptoteórico
de la educación desenmascarado», Ed. Morata, España,
1993, pag. 35.
(6) Bourdieu, Pierre, «Esquisse d’une
theorie de la practique», Ed. Senil, Paris, 2000, pag. 178
