Discos para no perderse este agostoPor Xavier Valiño
SÍLVIA PÉREZ CRUZ: Oral_Abisal(Sony)
La primera impresión que deja Oral_Abisal es la de una obra que se despliega como un territorio doble: lo que se dice y lo que se hunde. Sílvia Pérez Cruz lleva años explorando esa frontera entre la voz íntima y la voz colectiva, pero aquí parece empujarla hacia un lugar más arriesgado, casi ritual. El origen del proyecto está en una investigación sobre la transmisión oral: cómo las historias familiares, los cantos populares y las memorias fragmentadas pueden convivir con una producción contemporánea sin perder su raíz. De ahí el título, que une la palabra pronunciada con lo que permanece sumergido.
Parte del disco se grabó en espacios no convencionales -una casa antigua en el Empordà, un teatro vacío, un estudio improvisado en Lisboa- para capturar resonancias específicas. Pérez Cruz quería que cada canción tuviera un aire propio, como si el lugar donde fue registrada se filtrara en la melodía. Ese detalle explica la sensación de movimiento que atraviesa el álbum, donde las piezas parecen respirar de forma distinta.
La curiosidad más llamativa del álbum es Chundwa (Chacarera), que arranca con un recitado en wayuunaiki -la lengua del pueblo Wayuu, de la península de La Guajira, en Colombia- a cargo del artista indígena Seyki, antes de desplegarse en el ritmo santiagueño de la chacarera. Pérez Cruz canta con inflexión catalana y gitana encima de una cadencia que tiene algo de andaluz, algo de andino y algo totalmente inclasificable.
Entre sus quince cortes sobresalen temas como “Abissal” o “Líquido”. Este último se convierte en un tesoro sonoro donde la voz araña desde el flamenco y muta en agua colectiva. En “Mar muerto”, las voces de los senegaleses Soly Malamine y Mouhammad construyen una atmósfera desgarradora. Por su parte, “Moreno” muestra una cara más rítmica y “É triste viver sem seu amor” borda el dolor con una elegancia impecable.
Hay una dimensión política en este álbum, aunque no en un sentido explícito: la reivindicación de la voz como espacio de resistencia, la recuperación de lenguas y acentos, la mezcla de tradición y experimentación. Pérez Cruz no plantea un manifiesto, pero sí una forma de estar en el mundo que se mueve entre lo íntimo y lo coral, entre lo que se escucha y lo que se intuye, como si cada pieza fuera un fragmento de una historia que aún está escribiéndose.

SCRITTI POLITTI: Cupid & Phsyche 85 (Deluxe Edition) (Rough Trade-Popstock!)
Green Gartside tiene una teoría sobre su propio disco. Cuando Cupid & Psyche 85 salió en junio de aquel año, él ya sabía que el vinilo era el formato equivocado: demasiado corto para contener todo lo que habían construido. El CD nuevo le permitía cuatro temas más, versiones extendidas pensadas con la misma lógica de doce pulgadas que el hip hop y el dance de Nueva York estaban poniendo de moda. Cuarenta y un años después, esos trece temas que hasta ahora solo existían en CD llegan por primera vez al vinilo, y esa es la razón principal de esta edición Deluxe recientemente publicada.
La historia de cómo llegaron hasta ese sonido es la del grupo que menos se parecía a sí mismo. Scritti Politti empezó como colectivo post-punk con más teoría marxista que canciones y luego Gartside desapareció años con problemas de salud. Cuando volvió lo hizo con una obsesión nueva: el r&b americano más pulido del momento. Se mudó a Nueva York, entró en estudio con el arreglista Arif Mardin -el mismo que había trabajado con Aretha Franklin y los Bee Gees-, con el batería Steve Ferrone y con la vocalista Tawatha Agee para los coros. El resultado fue un disco que sonaba como si de repente hubieran decidido infiltrarse en las ondas radiofónicas.
Las canciones del original siguen siendo su mejor argumento. “Wood Beez (Pray Like Aretha Franklin)” construye un juego de palabras entre el evangelio y la filosofía del lenguaje sobre una base sintética imparable. “Absolute” es quizás el single más brillante y extraño que entró en las listas aquel año. “The Word Girl” tiene un aire de dancehall ralentizado de hipnótico. Las novedades son tres temas de archivo inéditos en cualquier formato: “Perfect Way (Version)”, “Lover to Fall (12” Dance Mix)” y “Perfect Way (Perfect Way Mix)”, que documentan cómo funcionaba la cabeza de Gartside en el estudio, empujando cada canción hacia variantes que no terminaban de agotarse.
La remasterización corre a cargo de Chris Athens, que también ha trabajado para Drake y los Beastie Boys, y tanto Gartside como Gamson han escrito las notas del libreto. El disco coincide, además, con el regreso al directo de Scritti Politti, la primera actuación en años de una banda que siempre ha tenido más influencia que oyentes.

EBBB: Shallow Hits (Ninja Tune-PIAS)
Cuentan que hace tres años en Londres se vendía al trío de recién llegados Ebbb con una frase que sonaba a titular: el ruido digital de Death Grips chocando contra el pop coral de Brian Wilson. Con ese contraste construyeron su leyenda en directo, entre sintetizadores que se desbocaban y baterías que alternaban ritmos electrónicos bailables con arrebatos casi hardcore, mientras la voz de Will Rowland flotaba encima como una luz tranquila en medio de la tormenta. Esa mezcla los distinguió enseguida de coetáneos como Black Midi, Squid o Black Country New Road porque a Ebbb nunca le dio miedo componer también canciones asequibles.
Shallow Hits es su debut, y llega después de un EP (All at Once, 2024) todavía aferrado a ese caos primigenio. Mientras tanto, el productor y teclista Lev Ceylan se ha venido curtiendo como productor de sesión para otros artistas, y de ahí ha sacado una lección que se nota en cada tema: ya no se trata de colar un ritmo brutal debajo de cualquier estrofa. El título, de hecho, funciona como broma y como declaración de intenciones: Golpes superficiales ya no es un insulto para ellos, sino una forma de decir que han cambiado la complejidad por canciones afiladas y directas.
El disco arranca con “Come Alive”, un calipso electrónico ensoñador que en segundos se dispara hacia un estribillo coreable en un gran estadio. “Home Ground” coquetea con el autotune y podría colarse sin fisuras en la banda sonora de Drive, la película de Nicolas Winding Refn de 2011. El single “Now You Know” los acerca al afrobeat, mientras que “Side On”, el mejor momento del disco, arranca con armonías corales muy trabajadas sobre una base de drum’n’bass que imprime carácter, mientras la letra anima a no tirar la toalla justo cuando todos los sueños empiezan a desvanecerse. Se nota que el vocalista Will Rowland se formó en un coro.
Lo que han perdido en densidad lo han ganado en emoción, aunque quien todavía echa de menos el ruido original tendrá que conformarse con el estallido final de “I’m Not Enough”, el único momento en que el caos de sus inicios se cuela por los últimos segundos del disco antes de que un violín vuelva a poner orden. Y, sí, deberían haber incluido “Himmel”, su mejor canción hasta ahora, aunque ellos han preferido que este debut tuviera una identidad completamente nueva. Así de seguros están.

JENS LEKMAN: Other People, Other Wedding Songs (Secretly Canadian)
Hace poco menos de un año, concretamente el pasado septiembre, mencionábamos ya el curioso trabajo extracurricular del sueco Jens Lekman. Tiene que ver con sus larga experiencia como cantante de bodas que surge de la canción “If You Ever Need a Stranger (To Sing at a Wedding)” (“Si alguna vez necesitas un extraño (que cante en una boda)”) de su álbum de debut de 2004, When I Wanted to Be Your Dog. Algunos seguidores le tomaron la palabra y, desde entonces, ha actuado en más de un centenar de bodas
Parte de esas experiencias las recopiló entonces en Songs for Other People’s Weddings (Canciones para bodas de otros). En aquel momento se editó, al mismo tiempo, una novela con el mismo título, escrita por él con la colaboración de David Levithan, en el que daban cuenta de la relación entre un cantante de bodas ficticio llamado J y su novia V, y en el que incluyeron códigos QR para enriquecer la lectura con canciones extra.
Bien podría parecer una segunda parte, una ampliación de lo allí expuesto o un hermano menor del anterior disco. De todo eso hay un poco aunque este nuevo álbum tiene entidad por sí mismo y, de hecho, no es necesario haber escuchado aquel para poder apreciarlo y disfrutarlo. Varias de las canciones aparecieron con arreglos más completos entonces, otras son inéditas.
A diferencia del anterior trabajo, aquí Lekman opta por una instrumentación acústica y mínima, sumamente elegante, dominada por guitarras de rasgueo sutil, algunos arreglos de violín que erizan la piel, pianos cristalinos y su voz aterciopelada entre el barítono y el tenor, que lo siguen situando como el Sinatra andrógino de Suecia al destilar calidez en cada interpretación.
En el corazón del metraje sobresale “Still in Love with You”, un emotivo monumento a la resistencia de las relaciones a largo plazo, mientras que las tensiones cotidianas y las pequeñas reconciliaciones se diseccionan con lucidez en “Working on a Script”. El equilibrio se rompe levemente en “Advice for the Young”, una pieza de corte casi religioso que reflexiona con amargura sobre el colapso de una relación. Puede que el exceso de dulzura melódica en el tramo central llegue a saturar al oyente si se escucha del tirón, pero su lirismo absurdo y el humor tierno salvan al disco de caer en el sentimentalismo barato. Seguro que no es el fin de Lekman como cantante de bodas aunque da la impresión de que con este ha puesto fin a los posibles discos de esta serie.

TRIÁNGULO DE AMOR BIZARRO: Mi catedral (Sonido Muchacho)
Primero se fue el teclista Zippo, en 2024, y lo que parecía una pérdida resultó ser un punto de partida. Isa Cea, Rodrigo Caamaño y Rafa Mallo volvieron a ser tres, como al principio, y desde esa desnudez de power trío empezaron a escribir canciones nuevas, esta vez al piano, que fue el instrumento desde el que construyeron casi todo el esqueleto de Mi catedral. El cambio de sello también importa: fuera Mushroom Pillow, dentro Sonido Muchacho, y con ello un pequeño gesto de reinicio formal que acompaña al musical. La banda explica que el título no tiene lectura religiosa; la catedral es ese espacio que uno se construye con sus propias reglas cuando todo lo de fuera está diseñado por otros. Esa declaración de principios recorre el disco de punta a punta.
Un cambio de método que salta a los oídos nada más arrancar el disco: la apertura de “SMT en el Palacio Real” comienza con ese mismo piano, tirando a flamenco oscuro, antes de que la electricidad entre como un muro y deshaga cualquier comodidad que el oyente pudiera haberse hecho. La letra, mientras tanto, habla de dioses digitales que bloquean el pensamiento y hacen olvidar la propia naturaleza. Bienvenidos al disco más político de Triángulo de Amor Bizarro, si es que los anteriores no lo fueron.
“Matar a un rey” es la canción más radicalmente política que hayan firmado nunca: arranca como rock directo con Rodrigo proclamando que el mundo se cae a trozos, pasa por un tramo de cuerdas y termina en electrónica kraut fría, todo en el mismo tema. “BBBMV a.r.m.a.s.” sigue en esa vena motorik y añade un verso sobre la muerte diaria de Dios en Palestina que no suena a pose sino a cabreo auténtico. En el otro extremo, “Sacrificio” son exactamente The Cure en modo luminoso, y “Odio a mi generación” tiene ese estribillo tan rabioso que solo pide corearlo a gritos. “Pat a trenca”, que cierra el álbum, arranca tan lenta y oscura que podría recordar a “Something in the Way” de Nirvana, antes de abrirse en una épica de cuerdas que los arrastra lejos de cualquier punto de partida reconocible.
El viaje se ensombrece con acierto en “En la corte de E”, un laberinto lúgubre que culmina en un inesperado oleaje de sintetizadores. El grupo esquiva la decadencia institucionalizando un manifiesto rústico, sucio y bellísimo, demostrando que se puede edificar un templo inexpugnable sin necesidad de arrodillarse ante ningún dios digital. Veinte años de carrera y siguen siendo el grupo que menos se parece a cualquier otro en la música española.

NAOMI SHARON: No Sleep in Paradise (OVO/Santa Anna)
La oscuridad nunca termina de desaparecer en estas canciones, incluso cuando hablan de amor. Ese es uno de los mayores aciertos de No Sleep in Paradise, un álbum que renuncia al neo soul de impacto inmediato para moverse en una zona mucho más sugestiva, donde el deseo, la vulnerabilidad y la contradicción conviven sin necesidad de resolverse. Naomi Sharon confirma aquí que su crecimiento artístico va mucho más allá de la etiqueta de “la más clara heredera de Sade” o “la protegida de Drake” con la que muchos la conocieron.
El origen del disco parte de una idea muy concreta: cuestionar esa imagen idealizada del paraíso emocional. El título resume perfectamente esa intención. Incluso cuando todo parece estar en su sitio, la mente sigue despierta, las dudas persisten y las emociones continúan desordenándolo todo. Sharon convierte esa inquietud permanente en el hilo conductor de un trabajo que habla de relaciones complejas, autoestima, dependencia afectiva y reconstrucción personal sin caer en confesiones excesivamente explícitas.
Musicalmente, el álbum profundiza en la línea que ya apuntaba en su debut, aunque con una producción más rica y cinematográfica. Las bases electrónicas aparecen envueltas en sintetizadores vaporosos, percusiones discretas y arreglos que priorizan la atmósfera antes que el impacto. Todo parece diseñado para que la voz ocupe el centro. Y ahí reside buena parte de la personalidad del disco. Naomi Sharon canta con una serenidad engañosa, capaz de transmitir tensión emocional sin necesidad de elevar el volumen ni recurrir a grandes exhibiciones vocales.
Entre los momentos más destacados sobresale “Bittersweet”, donde la atracción y el resentimiento conviven en un equilibrio inestable. “I Know” abre con un ritmo lento que establece el tono: una pareja consciente de sus grietas pero todavía en pie. “Weak” convierte esa misma tensión en algo casi amenazante, con un bajo grueso que le da a la fragilidad el peso de una declaración de intenciones. La alianza rítmica con Kaytranada en “Try” aporta un dinamismo contenido, mientras que “Leaving” y “Celebration” ofrecen la esperada luz de la reconciliación.
No todo tiene la misma tensión: el tramo final pierde algo de filo en favor de una producción más pulida. Pero cuando Sharon escribe desde adentro y no busca el estribillo inmediato ni el golpe de efecto sino construir un clima del que resulta difícil salir, es difícil encontrar a alguien que haga lo mismo en el soul contemporáneo.
