Dioses y profetasPor Ricardo Pernas
Maruja sobre la roca, Oliver bajo el sol

Sobre una roca, en una playa muy lejana, una mujer ataviada con un vestido tejido con algas frescas y con una seca a modo de corona, comienza su homilía para los peces, las conchas y un poeta:
“El trigo vegetal universal, símbolo de la lucha, mito terrenal. Manifestación de creencia que surge de la serenidad y gracias de las dos Castillas, de mi fe materialista, en el triunfo de los peces, en el reinado de la espiga”
Un grupo de harapientos y mutilados levanta una empalizada con altavoces sobre la arena ardiente del desierto. Impacientes ultiman los detalles para la celebración del ritual que tendrá lugar a la llegada del hombre bello.
Maruja Mallo como reina o diosa de los mares, Oliver Laxe como sacerdote en el desierto. Unas u otras circunstancias propician el encuentro entre ambos bajo la gran cubierta roja del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.
En su cuadro “Sorpresa del trigo”, Maruja Mallo retrata a una mujer con la mano levantada y de la que de tres de sus dedos nacen tres espigas de trigo. Según la propia artista esta obra se trata de una alegoría de la manifestación del primero de mayo de 1936, donde entre la multitud ve un brazo elevado sosteniendo una barra de pan, un gesto que le lleva a considerarlo “como una consagración eucarística del trabajo”.
Se trata de un cuadro tan misterioso que escapa a la explicación que de él dio su propia autora. Esas espigas brotando de los dedos, le confieren un aura mítica y lo vinculan con el mito más antiguo de todos -seres brotando de otros seres- el mito de la creación.
El origen del todo está presente en gran parte de su trabajo. No busca tanto el cómo se originó, sino situarse en ese punto previo a la existencia para entender los parámetros que rigen su diseño. Sus retratos están más cercanos a la representación arquitectónica que a la pictórica. No buscan desvelar una personalidad, ni siquiera una identidad, buscan reflejar las leyes que conciben esos rostros. La matriz de la creación. Pinta esos rostros como pinta sus conchas, para que podamos seguir los trazos de su construcción. Un acercamiento a lo humano desde la distancia de un dios creador. Un ingeniero que nos descubre el entramado que subyace a nuestra realidad. Maruja interioriza las formas esenciales para poder jugar con ellas, amplificando el mundo conocido, diversificando el catálogo de las especies, imaginando cual debería ser su evolución. Su obra “Mujer rubia (el campeón)” sintetiza muy bien esa sensibilidad y sus intenciones. Un retrato que perfila el rostro de una mujer con una geometría muy precisa. Una mujer de cabellos rubios, ojos azules, pero piel oscura. Su subtitulo (el campeón) indica el triunfo de esa mujer que no es ninguna, pues Maruja Mallo no está retratando, está creando el arquetipo del ser humano universal.
“Mujer rubia (el campeón)” es una obra de 1951, veinticuatro años después de la llegada de Hitler al poder (6 años después de su derrota) y pintada en Argentina, donde Maruja vivía exiliada desde el 1937 debido al estallido de la guerra civil española. Una mujer que quiso vivir en una libertad no propia de su época, que sufrió el machismo y el fascismo en sus propias carnes y que quiso manifestar con su pintura la esperanza de un mundo mejor.

La instalación “HU/هُوَ. Bailad como si nadie os viera” de Oliver Laxe resuena a escasos metros de la exposición dedicada a Maruja Mallo. Un trabajo que también hace referencia, de una manera más literal, al mito de la creación. La hoja de sala describe:“HU/ هُوَ es la manifestación sonora primigenia de la deidad: el hálito divino y primera palabra que inauguran la creación”. El proyecto se divide en dos salas, en la primera sumidos en la oscuridad, escuchamos una vibración sostenida proveniente de unos enormes altavoces dispuestos unos sobre otros en forma de pirámide. En la segunda sala se muestra una proyección de imágenes del desierto.
Es difícil una vez vista la película de Oliver Laxe “Sirāt”, desprenderse de su visionado a la hora de enfrentarse a este proyecto. De hecho “HU/هُوَ. Bailad como si nadie os viera” se articula a través de imágenes de archivo de la misma película.
Ka es un libro de Roberto Calasso que funciona como una especie de guía de la mitología hindú. Uno de sus capítulos lo dedica al sacrificio del caballo, y sobre ello escribe: “Antes del sacrifico del caballo hay un espacio vacío. Después del sacrificio del caballo hay un espacio vacío, con algún residuo de cenizas y muchas huellas superpuestas (…) Se diría que la preocupación principal de los oficiantes era la de partir de cero y retornar a cero. (…) Construir todo (…) Después, destruirlo todo, no dejar rastro, como si aquello elaborado durante el sacrificio tuviese la misma naturaleza del tiempo, que se impone sobre todo y no se deja herir por nada”
El proceder que describe Calasso es el mismo que se lleva a cabo en las raves en “Sirāt”. La película se inicia con imágenes del desierto vacío, que pronto es invadido por unas pocas personas que construyen una arquitectura efímera a partir de tremendos altavoces. La música atrae a la muchedumbre que, durante días, celebran la gran fiesta. Poco después, debido a una serie de circunstancias, el grupo es obligado a disolverse, desmontan todo lo construido y volvemos al espacio vacío.

El desierto en el que se localiza la película enfatiza esa sensación de vacío inabarcable a través de un paisaje que sólo es horizonte. Es el desierto el elemento central de la película, no es simplemente el espacio donde suceden cosas, suceden una serie de cosas porque los personajes están en ese espacio. John Berger escribió una bellísima frase sobre el desierto “El desierto no promete nada y en esta negación se pueden dar milagros”. Es una geografía tan ajena al ser humano que promueve un acercamiento a él casi místico. La instalación de Oliver Laxe enfatiza esa cualidad del desierto, imágenes de sol y arena de un territorio que nos parece vetado, que no podemos colonizar y que tampoco llegaremos a comprender nunca del todo. Al mismo tiempo es una alegoría del vacío, quizá la representación más acertada del mismo. La adversidad que el desierto supone para nosotros va más allá de una dificultad para la supervivencia: aún habiendo estado en él, el desierto se encargará de borrar hasta nuestro rastro.
Oliver Laxe comentó en una entrevista “la vida es ese espacio en el que el pececito sale del agua, está fuera del agua y luego vuelve casa”. La vida como los escasos segundos que dura el pez saltando fuera del agua frente al tiempo que pasa dentro de ella. La duración de nuestra existencia es tan ínfima frente a la vastedad del tiempo que nuestro legado inevitablemente será caduco. La ceremonia del sacrificio que describe Calasso parece entenderlo y por ello ponen tanto esfuerzo en que tras ella allí no quede nada, o dicho de otra manera, no se esfuerzan en hacer algo que permanezca, pues se trata de un esfuerzo en vano. Un ritual que se acota a vivir ese momento, sin pretender que nada de lo sucedido entonces sobreviva a esa experiencia. El sonido, sustancia en torno a la que gira toda rave, comparte esa misma cualidad, en el sonido lo efímero es inherente.
Oliver Laxe se sirve del desierto para representar nuestra insignificancia. El enorme vacío rodea a los personajes por todos los costados. Tanto en las raves como en el sacrifico del caballo parecen querer llenarlo a través de la multitud. La aglomeración acota nuestro espacio. Vivir en compañía para evitar percibir el vacío.
El espacio en la pintura de Maruja Mallo no siempre aparece representado -en muchas ocasiones se tratan de figuras sobre un fondo vacío- pero hay en dos series en las que el espacio tiene una importancia vital: en sus cuadros dedicados a las verbenas y en Cloacas y campanarios. Un espacio colmatado por la vida y sus gentes (verbenas) y un espacio de vacío y muerte (Cloacas y campanarios); los dos estados del espacio representados también en “Sirāt”. Los cuadros de la serie Cloacas y campanarios parecen haber salido del fondo de otro cuadro pintado casi cuatrocientos años antes: El triunfo de la muerte de Peter Brueghel el Viejo, otro artista con el que comparten un cierto tono profético. Su pintura consigue representar las dos situaciones simultáneamente: la multitud y el vacío. Esto se debe a su posición frente a la escena a una distancia tal que le permite ver el todo, un punto de vista divino.
Las voces de Maruja Mallo y Oliver Laxe se confunden ahora que están bajo un mismo techo y ambas se erigen como reveladoras de una verdad oculta al resto. Sus obras cargan con el peso de aquel que tiene la misión de abrirnos los ojos. Mensajes distintos pero que se transmiten con un mismo tono revelador. La voz de los elegidos. Las voces del profeta.
