Cuando lo amargo sabe mejor sin azúcar
Fin de semana intenso para el cine. El mismo día que llorábamos la pérdida de Gemma Cuervo, en Málaga Marta Matute se coronaba con su ópera prima, Yo no moriré de amor (Biznaga de Oro española), junto con el mexicano Joaquín del Paso (mejor dirección y Biznaga de Oro iberoamericana por El jardín que soñamos). Mientras, el denostado cine de Santiago Segura volvía a hacer un corte de mangas a la crítica reventando récords para alegría de las salas y de la industria con su nueva entrega de Torrente. Y por encima de todo, éste ha sido el fin de semana de los Oscars.
La gala llegaba marcada por el duelo entre Los pecadores y Una batalla tras otra (al final reparto de estatuillas con seis para la cinta de Paul Thomas Anderson —incluida mejor película y mejor dirección— y cuatro para la de Ryan Coogler —entre ellas mejor guion original—. También por la incógnita que rodeaba al premio de mejor actor protagonista, esperemos que los académicos votaran a Michael B. Jordan por su sensacional doble papel en Sinners y no por la polémica que ha ensombrecido el magnífico trabajo de Timothée Chalamet en Marty Supreme (que como en los BAFTA se fue de vacío pese a sus nueve nominaciones). Y por la amenaza de sorpresa por parte de Hamnet, que no fue tal y sólo se llevó el galardón ya cantado para Jessie Buckley en actriz principal.
Todo ello dejó a otra maravillosa película un tanto bajo el radar, a pesar de sus cuatro nominaciones, entre ellas mejor película y mejor guion adaptado. Con todo y sin estatuillas, Sueños de trenes ha sido uno de las cintas más bellas que han competido en esta 98ª edición de los Premios de la Academia de Hollywood. Una triste balada western sobre raíles, la película de Clint Bentley, que a pesar de su regusto amargo, sabe mejor sin azúcar, y sin pólvora.
SUEÑOS DE TRENES, UN OESTE TARDÍO Y TRISTE
La definía el pasado diciembre en El País Carlos Boyero —nos atreveremos a citarlo— como “un precioso western sin tiros”. Aquí John Wayne lo pasaría mal, sin poder usar los puños, sin tirar de revólver o de Winchester a las primeras de cambio, teniendo tiempo de sobra, a lomos de aquellos trenes que comenzaban a vertebrar la ya domesticada frontera, para mirar en su interior y tener que lidiar con sus sentimientos. Si muchos de los cowboys a los que daba vida el duque parecían carecer de ellos, los leñadores de esta sonata melancólica no tienen tanto miedo a llorar. Y sin embargo, nadie puede decir que Robert Grainier, a quien encarna un profundo Joel Edgerton nominado al Globo de Oro por esta interpretación, no sea un tipo duro. Un cortador de troncos triste y solitario que afronta con estoicismo el trabajo duro y las privaciones en los bosques, pero que se rompe cuando la desgracia lo golpea de la manera más cruel.
Este filme, adaptación del relato homónimo de Denis Johnson (1949-2017) que cosechó tres galardones en los Premios Spirit del Cine Independiente y que afortunadamente no cae en la tentación tan común en Hollywood de edulcorar la literatura que transforma, dibuja con delicadeza un oeste tardío, en los comienzos del siglo XX, en una zona del país (Idaho) sin grandes praderas repletas de ganado, cubierta por frondosos bosques tan sugerentes como peligrosos, una mina que esforzados leñadores esquilan verano tras verano, soportando duras condiciones a la intemperie, a cambio de un insuficiente jornal, abriendo camino a los raíles de hierro que imponen la modernidad con estrépito. Leñadores como Grainier, pero también como el entrañable Arn Peeples (un siempre afinado William H. Macy) que ayudaron a construir el Estados Unidos de hoy, aunque sin tanto predicamento como vaqueros, buscadores de oro o forajidos.
Junto a Edgerton y Macy, brillan en este reparto Felicity Jones (La teoría del todo, James Marsh, 2014; El brutalista, Brady Corbet, 2014) como la amorosa esposa Gladys y Kerry Condon —presente en recordados títulos de Martin McDonagh como Tres anuncios en las afueras (2017)y Almas en pena de Inisherin (2022)— en el papel de la intrépida guarda forestal Claire. Reseñable es también la voz en off, como narrador, de Will Patton, conocido por sus papeles en 60 Segundos (Dominic Sena, 2000) y Armageddon (Michael Bay, 1998) o, más recientemente, en la serie de SkyShowtime Yellowstone (Taylor Sheridan y John Linson, 2018).
INCENDIOS, RACISMO… Y MUCHA SOLEDAD
Un retrato del pasado en el que podemos mirarnos hoy, desde el racismo más violento contra los migrantes chinos, que se pinta sin estridencias, con pinceladas precisas que no embotan, hasta el drama de los incendios forestales, que tan bien conoce el rural español, pasando por la incertidumbre laboral que marca el avance de las tecnologías en un mundo cambiante cuyo ritmo cuesta seguir al protagonista. En aquel tiempo el desarrollo de las sierras mecánicas y hoy la depredadora inteligencia artificial.
Pero por encima de todo, Sueños de trenes representa el drama personal de un hombre condenado a la soledad, una historia que no por triste deja de ser bella, gracias al descarnado relato original de Johnson —publicada en España por Random House con traducción de Javier Calvo—, que encuentra su expresión perfecta para el formato audiovisual en la poética fotografía del brasileño Adolpho Veloso, naturalista y alejada de cualquier estudio, y la música evocadora de Bryce Dessner. Una joya de poco más de hora y media que inició su recorrido en el prestigioso festival de Sundance y que unos pocos privilegiados pudieron ver en pantalla grande en Estados Unidos, pues allí Netflix permitió su proyección en un número limitado de salas antes de su gran estreno en la plataforma el pasado noviembre.
Veloso (se quedó sin el Oscar al que aspiraba ante el empuje de Los Pecadores) ya trabajó con Bentley en su anterior película, Jockey (2021), donde también exploraba el dolor en su crepúsculo de un hombre con un perfil muy masculino, en esta ocasión un jinete profesional. Por Sueños de trenes sí ha sumado el Spirit del cine independiente y el Premio de la Crítica norteamericana y el de la Asociación de Críticos de Los Ángeles (LAFCA).
Por su parte, Dessner —quien logró la cuarta nominación al Oscar para la cinta por el tema principal compuesto junto a Nick Cave—, es un habitual al frente de la banda sonora de películas de González Iñárritu como Bardo o El Renacido (junto al fallecido Ryūichi Sakamoto y al alemán Alva Noto). También ha firmado el acompañamiento musical de Los dos Papas (Fernando Meirelles, 2019) o Las vidas de Sing Sing (2023), en cuyo equipo de guion trabajó Clint Bentley con su director, Greg Kwedar, con quien también ha coescrito esta Sueños de trenes, una delicia amarga (como el mejor café o el caco puro) para disfrutar sin prisa y a bajas revoluciones.
