Cristina Peri Rossi:Poesía reunida
Por Gilberto Prado Galán
Poesía reunida de la poeta uruguaya Cristina
Peri Rossi inicia con el poemario Evohé (1971) y culmina
con Estrategias del deseo (2004): ambos libros
poseen
una complementariedad evidente: comparten una similar actitud transgresora,
aunque en el primer poemario advertimos el espejeo insistente de la mujer
como texto y viceversa: las palabras son cuerpos húmedos, vivos,
ardientes: «Las mujeres, son palabras de una lengua antigua/ y olvidada./
Las palabras, son mujeres disolutas» (p. 56). Y apreciamos el juego
cimentado en la hipálage: «la mujer pronunciada y la palabra
poseída». Y no «La palabra pronunciada y la mujer poseída»,
porque aquí no habría poesía. Peri Rossi lo sabe
y asimismo troquela textos breves, relámpagos sentenciosos, que
son lo mejor de la primera franja de su corpus reunido: «La palabra
y tú, húmedas de mí». Destacan aun poemas que
invierten el sentido de las voces emparentadas con el ritual y con el
oficio religiosos: «Silencio./ Cuando ella abre sus piernas/ que
todo el mundo se calle» («Oración», p. 95).
En el segundo poemario es puesta en práctica
la prolongación del empeño experimental, incluso en la disposición
caligramática del bloque XXVIII ?las letras conforman la figura
de un barco?, la notable unidad interior, y la diversidad de registros
y alcances: los poemas oscilan entre una línea y varias páginas.
En este libro sobresale, por su exuberancia retórica e intensidad
lírica, el poema «Escoriación»: «Herida que
queda, luego del amor, al costado del cuerpo./ Tajo profundo, lleno de
peces y bocas rojas,/ donde la sal duele y arde el iodo/ que corre todo
a lo largo del buque…» (p. 156). Un defecto palmario, cuya
reincidencia es perceptible en «Babel bárbara», es la
obsesiva mención de una misma palabra: «mar» en «Descripción
del naufragio» y «Babel» en «Babel bárbara».
Es raro el poema donde la voz «mar» haya sido evitada o sólo
sugerida.
«Diáspora» es el tercer libro alojado
en Poesía reunida: revaloración del escenario de
la naturaleza («La plural sabiduría de las hormigas/ La consorte
mortal/ La araña asesina/ La larva de la mariposa/ El celo de los
rinocerontes» (p. 220)), reformulación de la oda de Anacreonte
(«Le:/ dio de comer y de vestir/ Le:/ mostró ciudades y países/
Le:/ sacó de la jaula,/ y una vez afuera/ ella lo devoró./
Sigue masticando» (p. 238)), la desolación como telón
de fondo en varias piezas y, sobre todo, el cálido y entrañable
homenaje a la poeta argentina Alejandra Pizarnik: «Alejandra entre
las lilas». Y también humor cimentado en el doble sentido,
en la dilogía: «Cuando te digo: «Me siento sola»/
es preferible que pienses/ que se trata de la silla» (p. 241). La
cursiva es mía.
En Estado de exilio el rodrigón temático
gira sobre el gozne de la nostalgia-añoranza del país atisbado
o entrevisto en la lejanía. Las formas de enfrentar la soledad
son múltiples, mas al final, como avisa de manera dramática
uno de los mejores poemas d
el
volumen ?»El arte de la pérdida»?, el desasimiento es
inevitable: «El exilio y sus innumerables pérdidas/ me hicieron
muy liviana con los objetos/ poco posesiva/ Ya no me interesa conservar
una biblioteca numerosa/ (vanidad de vanidades)» (p. 326).
En este libro la autora afirma que «la literatura tiene sentido,
desliza frases de tangos como leve homenaje a los demonios intertextuales
(«Gotan»), se distingue la luminosidad de «Montevideo»
(«Nací en una ciudad triste/ de barcos y emigrantes/ una ciudad
fuera del espacio/ suspendida de un malentendido:/ un río grande
como mar/ una llanura desierta como pampa/ una pampa gris como cielo»)
(p. 337) y cierra con el largo poema narrativo «Correspondencia (s)
con Ana María Moix» (349-361 pp.). Diré, por último,
que «Barnanit» es un poema-bisagra: escrito treinta años
después que «Estado de exilio», ha sido incluido como
puente respecto de «Estrategias del deseo», como avisa la autora
en nota al pie de página.
En Lingüística general (1979) nos
retiene un pasaje en el que la poeta afirma que emprende un «combate
personal/ contra la fugacidad» (p. 398). Esa batalla está
cifrada en organismos como «Escoriaciones», «El arte de
la pérdida», «Montevideo» o «Alejandra entre
las lilas». Hay, debo decirlo, en esta Poesía reunida
altibajos, irregularidades, poemas aquejados por el facilismo o por la
gratuidad de la enumeración caótica: «Mujer de principios»,
entre otros. En Lingüística general sobresalen el
guiño culturalista («Última estación»)
y la alusión exenta de avisos tipográficos, como el verso
gorostiano «En las tenues holandas de la nube», que inaugura
«Pavesiana» (p. 412).
El movimiento de Europa después de la lluvia
(1987) es centrífugo primero, y centrípeto después:
va del centro a la periferia, del latido íntimo a la descripción
externa, objetiva, desapasionada, para retornar al yo: «Todo jardín
es interior:/ no me muevo más que para recoger sus olores./ Puedo
decir, así, que recorrí varias geografías» (p.
519). Y llama la atención la inteligencia del acto de traducir
como trasgresión (p. 487), afirmación que se conecta con
el «Amar es traducir/ ¿traicionar? de «Babel bárbara»
(1991).
En
«Babel bárbara» hay juegos verbales (acrósticos),
definición de poética como operación que no «habla
de seres/ sino de símbolos» (p. 555) o «Te nombro, luego
existes» (p. 581) y el poemario culmina con el agitado y hermoso
«El parto»: «Desde el fondo del vientre,/ como una montaña,/
la oscura fuerza del deseo./ El deseo, oscuro como una semilla./ La semilla
cerrada y muda/ como una ostra./ Los labios de la ostra/ lentamente abriéndose,/
como la vulva» (590-591 pp.). El poema defiende una aventura fisiológica
que es una aventura verbal: «Y de pronto, súbitamente, el
grito./ Descendiendo por las piernas abiertas, el grito» (p.591).
Otra vez Eros (1994) es un osciloscopio sentimental
donde la poeta rememora, evoca, lamenta, amores añorados o perdidos:
hay una exclamación entusiasta acerca de la libertad de preferencia
sexual y sorprende la enconada y punzante apología del erotismo,
frente a las añagazas de la razón y los paraísos
prometidos por las oxidadas utopías, en el poema «Filosofía»:
Ante la caída internacional del comunismo/ el desmoramiento de
tu falda/ Ante el proclamado Fin de la Historia/ el nacimiento de un nuevo
lunar en tu hombro» (p. 608).
Respira en Aquella noche (1996) el tono irónico,
la reversión de los tópicos y la trascendencia histórica
del amor («Para que yo pudiera amarte/ Marx tuvo que escribir El
Capital/ Y Neruda, la Oda a Leningrado» (p. 681)) y
la escritora esgrime una crítica descarnada contra la falocracia
machista (perdón por el pleonasmo).
En Inmovilidad de los barcos (p. 747) terquea
la enumeración, exasperante en el poema «Megalópolis»:
«Un helicóptero/ una batidora/ una nevera/ jeringuillas desechables/
peluquines/ uñas postizas/ latas de Pilsener/ alka-seltzer/ muñecas
hinchables». Hay, sin embargo, breves empeños memorables:
«Líbranos, Señor,/ de encontrarnos,/ años después,/
con nuestros grandes amores» (p. 747).
Estrategias del deseo (2004) narra (el verbo
no es impreciso) los desencuentros amorosos, la emergencia atroz del deseo,
la desazón tras la pérdida de la persona evocada, la erizada
relación sexual, la angustia que precede y sucede a la trasgresión
y, en fin, el lugar del deseo ?el momento más alto del libro es,
precisamente, «El deseo»? en un mundo asediado por la muerte:
«Once de septiembre»: «El once de septiembre de dos mil
uno/ mientras las Torres Gemelas caían,/ yo estaba haciendo el
amor» (p. 845).
Poesía reunida de la poeta uruguaya Cristina
Peri Rossi inicia con el poemario Evohé (1971) y culmina
con Estrategias del deseo (2004): ambos libros
poseen
una complementariedad evidente: comparten una similar actitud transgresora,
aunque en el primer poemario advertimos el espejeo insistente de la mujer
como texto y viceversa: las palabras son cuerpos húmedos, vivos,
ardientes: «Las mujeres, son palabras de una lengua antigua/ y olvidada./
Las palabras, son mujeres disolutas» (p. 56). Y apreciamos el juego
cimentado en la hipálage: «la mujer pronunciada y la palabra
poseída». Y no «La palabra pronunciada y la mujer poseída»,
porque aquí no habría poesía. Peri Rossi lo sabe
y asimismo troquela textos breves, relámpagos sentenciosos, que
son lo mejor de la primera franja de su corpus reunido: «La palabra
y tú, húmedas de mí». Destacan aun poemas que
invierten el sentido de las voces emparentadas con el ritual y con el
oficio religiosos: «Silencio./ Cuando ella abre sus piernas/ que
todo el mundo se calle» («Oración», p. 95).
En el segundo poemario es puesta en práctica
la prolongación del empeño experimental, incluso en la disposición
caligramática del bloque XXVIII ?las letras conforman la figura
de un barco?, la notable unidad interior, y la diversidad de registros
y alcances: los poemas oscilan entre una línea y varias páginas.
En este libro sobresale, por su exuberancia retórica e intensidad
lírica, el poema «Escoriación»: «Herida que
queda, luego del amor, al costado del cuerpo./ Tajo profundo, lleno de
peces y bocas rojas,/ donde la sal duele y arde el iodo/ que corre todo
a lo largo del buque…» (p. 156). Un defecto palmario, cuya
reincidencia es perceptible en «Babel bárbara», es la
obsesiva mención de una misma palabra: «mar» en «Descripción
del naufragio» y «Babel» en «Babel bárbara».
Es raro el poema donde la voz «mar» haya sido evitada o sólo
sugerida.
«Diáspora» es el tercer libro alojado
en Poesía reunida: revaloración del escenario de
la naturaleza («La plural sabiduría de las hormigas/ La consorte
mortal/ La araña asesina/ La larva de la mariposa/ El celo de los
rinocerontes» (p. 220)), reformulación de la oda de Anacreonte
(«Le:/ dio de comer y de vestir/ Le:/ mostró ciudades y países/
Le:/ sacó de la jaula,/ y una vez afuera/ ella lo devoró./
Sigue masticando» (p. 238)), la desolación como telón
de fondo en varias piezas y, sobre todo, el cálido y entrañable
homenaje a la poeta argentina Alejandra Pizarnik: «Alejandra entre
las lilas». Y también humor cimentado en el doble sentido,
en la dilogía: «Cuando te digo: «Me siento sola»/
es preferible que pienses/ que se trata de la silla» (p. 241). La
cursiva es mía.
En Estado de exilio el rodrigón temático
gira sobre el gozne de la nostalgia-añoranza del país atisbado
o entrevisto en la lejanía. Las formas de enfrentar la soledad
son múltiples, mas al final, como avisa de manera dramática
uno de los mejores poemas d
el
volumen ?»El arte de la pérdida»?, el desasimiento es
inevitable: «El exilio y sus innumerables pérdidas/ me hicieron
muy liviana con los objetos/ poco posesiva/ Ya no me interesa conservar
una biblioteca numerosa/ (vanidad de vanidades)» (p. 326).
En este libro la autora afirma que «la literatura tiene sentido,
desliza frases de tangos como leve homenaje a los demonios intertextuales
(«Gotan»), se distingue la luminosidad de «Montevideo»
(«Nací en una ciudad triste/ de barcos y emigrantes/ una ciudad
fuera del espacio/ suspendida de un malentendido:/ un río grande
como mar/ una llanura desierta como pampa/ una pampa gris como cielo»)
(p. 337) y cierra con el largo poema narrativo «Correspondencia (s)
con Ana María Moix» (349-361 pp.). Diré, por último,
que «Barnanit» es un poema-bisagra: escrito treinta años
después que «Estado de exilio», ha sido incluido como
puente respecto de «Estrategias del deseo», como avisa la autora
en nota al pie de página.
En Lingüística general (1979) nos
retiene un pasaje en el que la poeta afirma que emprende un «combate
personal/ contra la fugacidad» (p. 398). Esa batalla está
cifrada en organismos como «Escoriaciones», «El arte de
la pérdida», «Montevideo» o «Alejandra entre
las lilas». Hay, debo decirlo, en esta Poesía reunida
altibajos, irregularidades, poemas aquejados por el facilismo o por la
gratuidad de la enumeración caótica: «Mujer de principios»,
entre otros. En Lingüística general sobresalen el
guiño culturalista («Última estación»)
y la alusión exenta de avisos tipográficos, como el verso
gorostiano «En las tenues holandas de la nube», que inaugura
«Pavesiana» (p. 412).
El movimiento de Europa después de la lluvia
(1987) es centrífugo primero, y centrípeto después:
va del centro a la periferia, del latido íntimo a la descripción
externa, objetiva, desapasionada, para retornar al yo: «Todo jardín
es interior:/ no me muevo más que para recoger sus olores./ Puedo
decir, así, que recorrí varias geografías» (p.
519). Y llama la atención la inteligencia del acto de traducir
como trasgresión (p. 487), afirmación que se conecta con
el «Amar es traducir/ ¿traicionar? de «Babel bárbara»
(1991).
En
«Babel bárbara» hay juegos verbales (acrósticos),
definición de poética como operación que no «habla
de seres/ sino de símbolos» (p. 555) o «Te nombro, luego
existes» (p. 581) y el poemario culmina con el agitado y hermoso
«El parto»: «Desde el fondo del vientre,/ como una montaña,/
la oscura fuerza del deseo./ El deseo, oscuro como una semilla./ La semilla
cerrada y muda/ como una ostra./ Los labios de la ostra/ lentamente abriéndose,/
como la vulva» (590-591 pp.). El poema defiende una aventura fisiológica
que es una aventura verbal: «Y de pronto, súbitamente, el
grito./ Descendiendo por las piernas abiertas, el grito» (p.591).
Otra vez Eros (1994) es un osciloscopio sentimental
donde la poeta rememora, evoca, lamenta, amores añorados o perdidos:
hay una exclamación entusiasta acerca de la libertad de preferencia
sexual y sorprende la enconada y punzante apología del erotismo,
frente a las añagazas de la razón y los paraísos
prometidos por las oxidadas utopías, en el poema «Filosofía»:
Ante la caída internacional del comunismo/ el desmoramiento de
tu falda/ Ante el proclamado Fin de la Historia/ el nacimiento de un nuevo
lunar en tu hombro» (p. 608).
Respira en Aquella noche (1996) el tono irónico,
la reversión de los tópicos y la trascendencia histórica
del amor («Para que yo pudiera amarte/ Marx tuvo que escribir El
Capital/ Y Neruda, la Oda a Leningrado» (p. 681)) y
la escritora esgrime una crítica descarnada contra la falocracia
machista (perdón por el pleonasmo).
En Inmovilidad de los barcos (p. 747) terquea
la enumeración, exasperante en el poema «Megalópolis»:
«Un helicóptero/ una batidora/ una nevera/ jeringuillas desechables/
peluquines/ uñas postizas/ latas de Pilsener/ alka-seltzer/ muñecas
hinchables». Hay, sin embargo, breves empeños memorables:
«Líbranos, Señor,/ de encontrarnos,/ años después,/
con nuestros grandes amores» (p. 747).
Estrategias del deseo (2004) narra (el verbo
no es impreciso) los desencuentros amorosos, la emergencia atroz del deseo,
la desazón tras la pérdida de la persona evocada, la erizada
relación sexual, la angustia que precede y sucede a la trasgresión
y, en fin, el lugar del deseo ?el momento más alto del libro es,
precisamente, «El deseo»? en un mundo asediado por la muerte:
«Once de septiembre»: «El once de septiembre de dos mil
uno/ mientras las Torres Gemelas caían,/ yo estaba haciendo el
amor» (p. 845).
