Concierto en memoria deJosé Antonio Jáuregui
Con el patrocinio de la Fundación Mapfre, el pasado noviembre se celebró en Madrid un
concierto homenaje a la figura del intelectual, antropólogo y escritor José Antonio
Jáuregui, fallecido el pasado mes de junio. Enamorado del arte de los sonidos, intérprete
de órgano e impulsor de múltiples actividades musicales, Jáuregui mantuvo siempre
una profunda amistad con personalidades vinculadas a la crítica, a la interpretación
y a la promoción musical.
Por todo ello, era lógico que este concierto, organizado en principio para la presentación
artística de dos de sus hijos, que también desarrollan una brillante carrera concertística,
se convirtiese en un homenaje a su figura y se recreasen en él algunas de las obras que más
se identifican con la figura del pensador.
El concierto se inició con el Mozart temprano y vital, pero ya plenamente desarrollado, del Divertimento
nº1 en Re menor, K. 136. La Schola Camerata, dirigida por José María
Mañero, tradujo la obra con un acomodo ideal al estilo, con un notable equilibrio instrumental,
con fluidez, sin ningún encorsetamiento y con unas dinámicas vivas y bien contrastadas.
El arranque y el desarrollo del Allegro fue lo más logrado, por encima del Andante y
el Presto donde, no obstante, nunca aparecieron desmayos.
La perfección técnica que, pese a su juventud, ha alcanzado Elena Jáuregui resulta
sorprendente, pero menos que su madurez como intérprete. Su recreación del Concierto
para violín en Mi menor, Op. 64 de Mendelssohn fue espléndida. Dueña ya
de un sonido rico y personal, siempre valiente en los ataques, limpia en las agilidades y saltos,
tocó en todo momento con una excelente concentración y musicalidad. Pese a que desde
el Allegretto non troppo hasta el final el sonido de la orquesta se desequilibró un tanto
a favor de los vientos y en detrimento de la cuerda, que debería haber tenido más
presencia, la violinista siguió su interpretación segura, pese a las exigencias técnicas
que cierran la obra. Sin embargo, fue aún mejor el legato del que hizo gala en el
Andante, donde produjo un sonido aterciopelado y pudo profundizar en el sentido emocional de la
obra.
En la segunda parte, Francisco Javier Jáuregui, brindó también una gran lectura
del Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo. De nuevo la Schola Camerata sufrió algunos
desajustes y pérdidas de equilibrio entre familias. Se envolvió en exceso al solista,
sobre todo en los dos tiempos extremos. No obstante, la interpretación del celebérrimo
Adagio fue extraordinaria. Realmente, se consiguió ese clima evocador, salpicado de detalles
impresionistas, pero también populares, y la guitarra de Francisco Javier ahondó en
el misterio de esa noche que sugiere la música.
Por último, la mezo Gudrún Ólafsdóttir subió a escena para regalarnos
una interesante versión de las Siete Canciones Populares Españolas de Manuel
de Falla (orquestación de L. Berio). La cantante islandesa mostró una dicción
excepcionalmente clara, pese a las lógicas dificultades idiomáticas, y encontró una
manera de recitar genuina, ajena a todo el exceso impostado en el que, tan a menudo, caen las intérpretes
extranjeras de esta obra. Es la suya una voz de limitado volumen, pero de timbre muy hermoso, lo
cual la convierte en una intérprete ideal para la música de cámara y liderística.
En cualquier caso, la orquesta debería haberla tapado menos en instantes como la Seguidilla
o el Polo. Al mismo tiempo, mostró una gran musicalidad y un enorme gusto. La Nana tuvo unos
acentos muy especiales, lo mismo que la Canción. Los fraseos resultaron siempre limpios y
las exigencias vocales se salvaron con naturalidad, muestra de una técnica bien trabajada
y una excelente escuela.
El concierto se cerró con una propina de La Pasión según San Mateo (Erbarme
dich, mein Gott) de J. S. Bach. Juntos, los tres solistas de la velada ofrecieron una interpretación
equilibrada y sentida de una de las músicas más bellas del Kantor de Santo Tomás,
aquél para quien José Antonio Jáuregui reservó el calificativo de «Himalaya
de la música occidental».
Nº 6 – Diciembre de 2005
