Carlos Giménez:Todo ParacuellosPor Iván Gallardo
Por Iván Gallardo
A ti, Gema, que existes palpitando en mis venas.
Los políticos españoles sin duda próceres
con una aquilatada formación intelectual y con una indubitable
vocación de servicio al público- han decidido que «el
pueblo» no se preocupa lo suficiente por conocer la historia más
reciente de su país y que prefiere oootra de gambas al
tostón de leer un libro sobre su pasado, y, por lo tanto, van a
aprobar una ley para decirnos qué debemos saber y pensar sobre
la cosa. Es decir, nos vuelven a tratar, por enésima vez, como
a menores de edad, incapaces de informarse de manera independiente. ¡Pero
qué manía le tienen estos políticos paternalistas
a la libertad del individuo para conocer sobre lo que soberanamente le
dé la gana! Y como legislar sobre la memoria individual o sobre
la historia es odiar la libertad, qué mejor rebeldía contra
la desmemoria general de los españoles y contra las imposiciones
de su casta política que leer narraciones gráficas como
las de Carlos Giménez, que lleva treinta años haciendo memoria
histórica sin coacciones desde el terreno del arte, y no desde
el escaño. Precisamente, para celebrar los treinta años
de la primera edición de la obra Paracuellos la editorial
De Bolsillo ha lanzado al mercado la serie completa, compuesta por seis
libros, en un solo volumen muy bien editado a un precio mucho más
que razonable una bicoca, vamos- y con un extraordinario prólogo
de Juan Marsé, cuyo mundo literario tantos rasgos comparte con
el cómic de Carlos Giménez.
Paracuellos.
Quizá esta sola palabra evoque, resuma lo peor de la historia de
España y el fracaso de la convivencia entre los españoles.
¡Cuánto horror y fanatismo contiene esa palabra! De ahí
que Carlos Giménez la haya escogido como título para toda
su obra, como símbolo aglutinador, aunque la mayoría de
sus historias no sucedan en esa población. Paracuellos
es el testimonio de las experiencias de los niños internos en los
Hogares del Auxilio Social de Falange (el Batalla del Jarama, el Joaquín
García Morato, el General Mola, etc.) durante la posguerra. Esos
terribles sitios en donde iban a parar los hijos de los vencidos y los
niños más pobres, aquellos cuyas familias no los podían
mantener. Más de cincuenta historias veraces que recogen las vivencias
del propio autor, que permaneció ocho años en cinco de aquellos
hogares, pero también basadas en documentos (cartas, fotos…)
y recuerdos de otros niños que pasaron por aquellos colegios, testimoniando
una existencia miserable, de pedernal, en unos internados que no eran
otra cosa sino el reflejo quintaesenciado de lo que sucedía al
otro lado de sus tapias, en el país entero.
En primer lugar, en esos hogares a los niños
les esperaba el hambre. Omnipresente. Un hambre que apretaba a todas horas
en aquellos cuerpecillos famélicos. A veces había que aguantar
con un cuscurro de pan duro todo el día, y cuando ni siquiera se
disponía de esto, o cuando les castigaban sin comer, no quedaba
otra que masticar papel, cocinar un trozo madera o buscarse la vida de
cualquier forma. Pero la apoteosis aparecía los días de
visita (primer y tercer domingo de cada mes), momento en el que los que
tenían suerte se atiborraban, por si acaso, «no sea que lo
quiten, dentro de la barriga está seguro» con el paquete de
los familiares, y los que no, los huérfanos o abandonados, los
más parias, siempre pedigüeños, zascandileaban alrededor
de los primeros: «si me das un higo te dejo que me des un puñetazo
con todas tus fuerzas» o «si te comes este gargajo que hay en
el suelo te doy una onza de chocolate» o los que juraban ser su esclavo
(los «domados» les llamaban) al que tenía una manzana
si le cedía la parte pocha o el que hurgaba en los devueltos para
reciclar lo aprovechable, aunque claro, los tropezones siempre tenían
un gusto algo acidillo…
Pero
junto con el hambre, en aquellos recintos habitaba algo peor: el miedo.
El miedo a las continuas palizas de Antonio, el instructor de Falange,
que en todos los hogares está dibujado con la misma cara, en todos
dice palabras similares, se comporta de igual manera y tiene el mismo
nombre, porque en el fondo, el horror no tiene rostro y sólo es
igual a sí mismo, sobre todo desde la mirada de un niño.
Palizas que a veces dolían más en el alma porque si no desaparecían
las marcas de los hematomas a tiempo al chavalillo no le dejarían
ver a su madre el día de visita… También les tenían
pavor a todas las maestras, que con golpes brutales, palabras inhumanas
sin ningún atisbo de cariño, y castigos salvajes aplicados
con saña, arrancaban de cuajo, bestialmente, la inocencia y la
ingenuidad de aquellos ojos. Nadie debería perder la infancia de
esa manera.
Aquellos niños, cuya peripecia no aparece en
los libros de historia porque su biografía es humilde, ellos, que
han sido nuestros padres o abuelos, ¡hay que recordarlo!, deberían
ser un referente moral para cada uno de nosotros, porque su vida es una
lección de humanidad que hoy ya no se aprende. Sus cuerpos enclenques
a punto de quebrarse, las cabezas pelonas y tiñosas, las orejas
de soplillo doloridas por los sopapos, las caras hostiadas, los enormes
ojos arrasados por el miedo y la humillación, siempre asustados,
los sempiternos pantalones cortos, astrosos, las rodillas con raspones
y costras, las canillas huesudas, los enormes zapatones… inspiran una
infinita ternura y compasión.
En aquellos implacables patios de Monipodio, cloacas
del terror, infectos de repugnante adoctrinamiento, en medio de la desolación,
esos niños crearon una flor extraña y delicada: la supervivencia.
Establecían entre ellos una ambigua relación: inocencia
y crueldad, solidaridad y violencia a partes iguales. A veces se ensañaban
con el compañero más débil, otras lo protegían
de manera casi irracional. Con el meón, con el cagapoco, con el
tullido, con el beato… al fin y al cabo, con cualquiera que no fuese
nadie. Extorsión, venganza, mezquindad, pero también profundo
compañerismo y bondad; la bondad de los que se saben iguales en
la desgracia y el oprobio. Así son las historias, las mil anécdotas
que conforman este cómic de Carlos Jiménez, que mueven por
igual a la compasión y a la indignación por lo que allí
se cuenta. Porque es capaz de «decir» algo profundamente humano,
este tebeo es una herida de luz conmovedora.
Y
aunque todo eso está ahí, en las alforjas de la intrahistoria
de los Años Triunfales, hay que saber contarlo. Por eso se debe
reconocer la enorme maestría de Carlos Giménez en el manejo
de los recursos expresivos de la narración con imágenes,
la perfecta arquitectura de sus historias, dibujadas con la tinta de la
vida, como aquellos tebeos sobados y aprendidos de memoria – El Cachorro,
Juan Centella, Roberto Alcázar y Pedrín, El Coyote… que
una vez salvaron, con la imaginación y el talento, a unos chiquillos
abandonados por la felicidad. Por eso, entre tanto dolor, me quedo con
los chispazos líricos del cómic, con las grietas de la esperanza,
como esa viñeta en la que después de que un chico se ha
desprendido de todo su dinero, una peseta, para que le den su primer beso,
unas palomas blancas se posan, liberadoras, sobre el cartel de Paracuellos
del Jarama.
Y uno siempre se pregunta, ¿qué habrá
sido, después de la terrible experiencia de los Hogares, con cada
uno de ellos? Y, a veces, la respuesta parece tan sencilla, y la lección
que encierra tan compleja…
