CANTATA DE LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ
Zafra
folk es un grupo veterano que ya tiene otros cinco trabajos en el
mercado, a lo largo de veinte años ha ido presentando una magnífica
forma de vivificar la cultura musical castellana fusionándola con
la de otros territorios. Si en todos sus discos anteriores está
presente la marca de trabajo de la casa: investigación, adaptación
e innovación, en esta ocasión el énfasis está
en la novedad. Ahora no se trata de poner en marcha una música
olvidada, sino de crearla. Este es un trabajo de auténtica creación
que no dejará indiferente a quien le preste atención.
«Bienvenidos a la cantata» les dijo Luis Martín
de Nuevo Mester de Juglaría, tras la presentación en la
Sociedad General de Autores. Y es que no son tantas las obras de este
género con las que contamos. Al igual que Los Comuneros,
del grupo segoviano; La Cantata del Mencey loco, de los sabandeños
o la de Santa María de Iquique, de Quiliapayún,
esta Tierra de Alvargonzález sigue la estructura de las
cantatas populares, sustituyendo el tema religioso por un tema social
de alto contenido dramático.
Si
bien en los casos mencionados el texto se había compuesto expresamente
para ser cantado, nada sabemos de que Machado imaginara su leyenda musicada.
Lo que sí nos atrevemos a aventurar es que se sentiría orgulloso
del trabajo de Manuel Madrid, compositor de la música, que ha respetado
sus versos en su totalidad.
Los recitados, a cargo del propio Manuel, armonizan perfectamente
con los fragmentos cantados por la soberbia y limpia voz de Carmen Jiménez
que se levanta como una antorcha sobre el texto machadiano. Tras ella,
los voces del grupo que la siguen coralmente entre sonidos de guitarra,
laúd, flautas, gaitas o dulzainas, formando jotas, mazurcas o milongas
según la tensión emotiva del texto.
Las lecciones de los hombres del 98: su defensa de la
intrahistoria, de la tierra-padre-juez como forma del alma humana; la
necesidad de amarla, no sólo para sobrevivir, sino para vivir feliz
con ella, etc pasan a segundo término. Por encima de la dimensión
doctrinaria y hasta de la presión simbólica y telúrica
que en el romance escrito dirige la lectura, está el gozo sensorial,
la alegría y la fuerza conmovedora de la belleza.
Musicalmente, Zafra folk, que tanto sabe de
fusión, ha dado en el centro de lo que se supone que es una cantata
popular: esa artística simbiosis de ritmos tradicionales y de orquestación
culta.
Sortear los riesgos de una interpretación didáctica
o patética, con una historia de cantar de ciegos como ésta,
no debe de haber sido fácil. Manuel Madrid ha encontrado tan bien
el fiel de la balanza que fuera de las páginas de Campos de Castilla,
la leyenda machadiana obtiene su justo sitio.
