Balenciaga en el Museo de Artes Decorativas de ParísPor Gemma Piñana
Cristóbal
Balenciaga nació en 1895 en Guetaria (Guipúzcoa) y consagró
toda su vida a explorar las técnicas de la costura, a la que supo
llevar hasta lo más alto a través de una simplificación
intransigente de un corte que se hizo legendario. A la edad de 23 años
abrió su primera casa de costura en San Sebastián, seguida
de otras dos en Madrid y Barcelona. Viaja con frecuencia a París,
compra modelos en los grandes modistos como Elsa Schiaparelli y Madelaine
Vionnet para estudiar su construcción. Reconstruye las piezas para
encontrar sus secretos. Autodidacta, se impregna así de los métodos
de actuación de los grandes nombres de la costura parisina, que
constituye la base de su conocimiento, más allá de lo que
aprendió de su madre, modista de la madre de la reina Fabiola de
Bélgica, entre otras clientas de altura.
En 1937 Balenciaga se instala en París, huyendo
de la guerra civil española. Conserva sus tres casas en Madrid,
Barcelona y París –calle Georges V- pero va a ser en la capital
de Francia donde se le corona como “Rey de la Alta Costura de París”.
Desde sus primeros desfiles se impone por la perfección su corte
y su fascinación por el negro profundo. Crea una silueta en la
que hace intervenir un juego renovado entre el cuerpo y el vestido, donde
la suavidad reina sobre una base clásica para mejor sublimar a
la mujer Balenciaga.
Influido
por la cultura española, el modisto toma de ella su inspiración:
capas de torero, trajes de infantas, gamas de colores sorprendentes, mantillas
de encaje negro o drapeados de tonalidades ácidas.
Balenciaga privilegia la suavidad y el espíritu
de pureza sin dejarse llevar nunca por las insinuaciones del cuerpo. Acentúa
las formas al tiempo que evita la sensualidad anatómica y desplaza
la mirada hacia el busto o el cuello. La cintura desaparece, Dominando
las técnicas, utiliza gran variedad de materiales. Drapeados de
lana espesa, encordados y otros materiales irregulares o singulares le
permiten una interacción entre los mismos así como una particular
presencia de la luz.
Después de presentar su colección en 1968,
Balenciaga se retira a Jávea (Alicante) y cierra su casa parisina.
Al diseñador le gustaba decir: “un buen modista debe ser:
arquitecto para los planos, escultor para la forma; pintor para el color,
músico para la armonía y filósofo para la medida”.
Todo un programa para sus seguidores.
Nicholás Ghesquière tomó la dirección
artística de la Casa Balenciaga en 1997. Desde sus
comienzos
firmó con determinación sus colecciones sobrias cristalizando
una visión muy personal que llamó la atención internacional
entre los directores artísticos que han sabido restaurar y perpetuar
la imagen y la legitimidad de las grandes casas de moda. Él ha
sido capaz de reunir a la vez la memoria del hombre, Cristóbal,
y su marca, Balenciaga, que, treinta y cuatro años después
de su muerte, se inscribe no sólo en el patrimonio colectivo sino
que tiene su lugar en la escena internacional.
