arde para volver, de Maya Pita-Romero
Hay plantas que sobreviven al fuego precisamente porque han aprendido a convivir con él. La jara pringosa (Cistus ladanifer), característica de los suelos secos y silíceos de la Sierra de Madrid, florece durante un periodo breve y transforma el paisaje con sus flores blancas. Es también una planta resinosa e inflamable, capaz de arder con facilidad, mientras que el calor favorece la germinación de sus semillas. Maya Pita-Romero parte de esta particularidad para construir arde para volver, su exposición individual en El Chico, con texto curatorial de Cristina Anglada. Puede visitarse hasta el 17 de octubre de 2026 en Ronda de Toledo 16, local 9, Madrid.
De la jara se obtiene el ládano, una resina aromática utilizada históricamente en perfumes y preparados medicinales. Para recogerlo se empleaban herramientas que atravesaban la maraña del jaral, aunque también podía quedar adherido al pelaje de ovejas y cabras que pastaban entre las plantas. El antiguo peine utilizado para recogerlo resulta significativo por la sencillez de su mecanismo, una herramienta que funciona mediante el contacto repetido con la planta y con los animales. En esa cadena de trabajo aparece una forma de conocimiento ligada a las manos, a la repetición de un gesto y a la observación de aquello que sucede cuando un cuerpo entra en contacto con otro. Es una cuestión que atraviesa el trabajo de Maya, donde la materia se modifica mediante acciones concretas y donde tocar, intervenir y transformar forman parte de un mismo proceso.
Esta atención al contacto está presente desde sus primeras exposiciones individuales. En lamer un tallo cortado (2023), en Casa Antillón, y desde dentro, parece que brota algo (2024), en El Chico, ya aparecían algunas de las cuestiones que continúan desarrollándose en arde para volver. Sus títulos apuntaban hacia acciones físicas concretas y hacia una práctica interesada en producir conocimiento desde ellas. Una de las formas de construir característica del trabajo de Maya Pita-Romero, juntar elementos reconocibles hasta producir entre ellos una relación que antes no estaba dada. También por eso sus esculturas pueden parecer cuerpos sin ser representaciones anatómicas. El látex introduce cualidades de piel y de membrana, los textiles recuerdan a tejidos corporales, los tubos y perfiles construyen estructuras que pueden parecer internas o externas y el cobre y el plástico incorporan una dimensión industrial. Las piezas permanecen en esa mixtura e incertidumbre, y su ambigüedad tiene además una consecuencia temporal: están hechas de materias que reaccionan a la tensión, al plegado, a la temperatura, al contacto o a su propia combinación, de modo que parecen susceptibles de seguir cambiando. La metamorfosis que atraviesa el trabajo de Maya no necesita representarse como una transformación espectacular, está contenida en la propia capacidad de los materiales para dejar de ser exactamente aquello que eran.

La boca ocupa un lugar particular dentro de esta investigación y permite conectar arde para volver con trabajos anteriores sin convertir la exposición en una retrospectiva. La artista vuelve a ella en distintos momentos de su producción y en títulos como desde dentro, parece que brota algo, sin nunca llegar a la boca o solo para no morder. La boca es un órgano, pero también una abertura que sirve para alimentar, hablar, respirar o morder y que puede ser examinada, forzada, cerrada o utilizada como lugar de entrada. En una de las imágenes del proceso de arde para volver, una boca abierta contiene una flor, un brote de hierbas y unas tijeras, reuniendo en un mismo lugar aquello que habitualmente mantenemos separado: cuerpo y planta, alimentación y corte, cuidado y posible daño.
Su trabajo reciente sin nunca llegar a la boca, presentado en Generaciones 2026 en La Casa Encendida, llevaba estas preocupaciones hacia una instalación concebida casi como un espacio corporal. Mantas, visillos, estructuras metálicas, cables y membranas construían un interior ambiguo, entre refugio y cavidad, mientras la boca y la garganta funcionaban como lugares de entrada y de encierro. La presencia de textiles heredados y de estructuras industriales producía una tensión entre intimidad y exposición que ahora vuelve a aparecer en arde para volver desde otra configuración. La exposición de El Chico recoge esta línea de investigación y la desplaza hacia los objetos, los haceres y los materiales de un entorno reconocible: la casa. Aparecen textiles de ajuar, cortinas, pesos ornamentales, mesas y elementos relacionados con la comida y la reunión, objetos asociados a una vida cotidiana en la que los cuerpos aprenden determinados gestos. Sentarse, servir, cubrirse, esconderse, reunirse o preparar una comida son acciones aparentemente menores, pero organizan la vida común y distribuyen posiciones. La cortina continúa ocultando, la mesa sigue remitiendo a la reunión y el textil mantiene algo de su función de abrigo o de ornamento. Al incorporarlos a sus esculturas, Romero modifica esas relaciones sin borrar completamente su procedencia.

Por eso el cuidado aparece en la exposición junto a acciones que pueden resultar violentas. Coser una herida exige atravesar la piel, cubrir un cuerpo implica también ocultarlo y sujetar puede servir para sostener o para impedir el movimiento. En las imágenes del proceso aparecen una boca abierta mediante ganchos, un cuerpo animal parcialmente rasurado para poder intervenir sobre una herida y unas manos envueltas en material blanco y atravesadas por flechas y anotaciones. Son acciones precisas, casi quirúrgicas, que permiten entender la herida como algo que se hace visible mediante una intervención. El cuidado y la herida aparecen ligados a una misma serie de gestos: abrir, raspar, coser, cubrir, extraer, sujetar. Su interés aquí no está tanto en la idea de curación como en la coexistencia de ambas condiciones, el cuerpo que sabe curar porque también ha sido herido. La jara condensa finalmente esta lógica: arde y vuelve a crecer, su resina puede convertirse en una sustancia medicinal y, al mismo tiempo, la planta es altamente inflamable. El fuego modifica las condiciones del suelo y favorece la germinación de sus semillas.
De ahí que el antiguo peine para recoger el ládano resulte una imagen tan sencilla y a la vez tan precisa para acercarse a arde para volver. No por lo que representa, sino por el gesto que contiene. Hay algo de esa forma de mirar en el trabajo de Maya Pita-Romero, detenerse en una planta, seguir el rastro de una sustancia, observar cómo queda pegada al cuerpo de un animal o preguntarse qué ocurre dentro de una boca abierta. De una cosa lleva a otra y, entre unas y otras, aparecen las piezas de esta exposición.
Fotos de Diego Beyró
