Andy Goldsworthy. En las entrañas del árbol.Por Mariano de Blas
Dentro
del bosque, sensación atávica perdida. Europa antes estaba
cubierta de bosques, el penetrar dentro del espacio creado por Andy Goldsworthy
(Cheshire, Inglaterra, 1956) es una experiencia inquietante e intensa.
Hay una mezcla de recuerdos fetales, de hogar orgánico, de habitáculo
cálido desprovisto de las señas de identidad propias de
la sociedad del consumo y del bienestar.
Una construcción artística, dentro de
la liviana arquitectura del Palacio de Cristal, inmerso en el jardín
del Retiro, espacio natural manipulado por el hombre, rodeado por una
inmensa metrópoli afincada sobre los restos de un bosque de encinas,
madroños…Un viaje al revés, de la destrucción
de la naturaleza a la deconstrucción de un espacio natural construido
por el hombre. Goldsworthy se manifiesta interesado en la conexión
entre «diferentes capas».
Ramas y troncos apilados cuidadosamente creando una
casi opaca pared envolvente lo que produce una oscuridad que por un momento
nos hace sentirnos vulnerables. Goldsworthy es un maestro de las construcciones
efímeras (nadie debería perderse su documental Tides and
Rivers «Ríos y Mareas» que el programa de la Dos, Metrópolis,
ha emitido dos veces, aunque reducido y traducido). En «Ríos
y Mareas», se ve al artista trabajando bajo una fría intemperie
construyendo sus delicadas obras. En ese proceso él parece un elemento
más de la naturaleza, como el viento, o una araña que fuera
recogiendo las partes ofrecidas por el entorno, unas hojas, unas ramas,
unas piedras, para construir algo bello que luego será engullido
de nuevo por esa misma naturaleza.
Goldsworthy
ha empleado elementos vegetales como madera, hojas, pétalos; animales
como lana de oveja; o inorgánicos como arcilla, barro, nieve y
hielo. Incluso piedras, cuya solidez, en forma de estructuras ovoidales,
era cuestionada por ser engullidas por ríos y mareas. Sus trabajos
aparecen tanto en entornos solitarios y campestres como en los museos
y, a menudo, son efímeros.
Las cúpulas del Palacio de Cristal, al presentarse
en ese entorno intervenido del Palacio, transformado tanto en lo físico
como en lo conceptual, hacen parecer diferente el entorno que las acoge,
ya que debido a su fuerza, la construcción pasa a transformar en
vez de ser transformada. No es que «Las entrañas del árbol»
parezca naturaleza reciclada en obra de arte-construcción-humana,
sino que el espacio parece tener una nueva oportunidad. El parque del
Retiro es más bosque, las calles adyacentes ríos tumultuosos,
las casas, lomas y cuevas. Esto es debido a la inversión de la
ética, de pronto, la manipulación del espacio realizada
por el hombre parece poder tener una mayor cooperación con esa
especie de moral que, en el arte, es la estética. La obra buena
sería la capacidad estética de llevar a cabo la moral que,
en este caso, sería la belleza.
La obra de Goldsworthy cuando se aprecia en las fotos
de sus exposiciones, relato documentado de sus trabajos es, a menudo,
inhóspitos y solitarios lugares, cuando se disfrutan las obras
publicadas de sus trabajos, o incluso cuando se le ve en el documental,
guarda una distancia con el espectador, pero ahora se tiene la oportunidad
de vivir uno de sus trabajos en los que no sólo la belleza se encuentra,
sino también una suerte de bondad.
Olor suave, solidez en la efímera vivienda diseñada para
acoger al visitante del museo, un trabajo que participa de una escuela,
la del Land Art que, artistas británicos como Richard Long (piedras),
Hamish Fulton (caminatas), Hamilton Finlay (recientemente fallecido, poeta
de su jardín Little Esparta), tienen una relación de coexistencia
con la naturaleza usando como herramienta su trabajo. En un mundo atribulado
por el cambio climático producido por la industrialización
y el consumismo fruto de las degeneraciones comunista y capitalista, las
obras de estos artistas aparecen con una nueva luz y relevancia.
La
relación con la cúpula en Goldworthy no es nueva. La primera,
de grandes dimensiones la realizó hace dos años, anteriormente
las construía desde dentro y alrededor de algo, a piedras por ejemplo.
El resultado era un espacio estrecho y angosto, esto, unido a otros trabajos
que han tenido que ver con la excavación en lugares orgánicos,
como en sicomoro de 1983, explica el título de la exposición,
«En las entrañas del árbol», que ahora presenta
en Madrid, en forma de tres espacios abovedados similares a los que ya
había realizado en Londres y Yorshire.
Tardó seis semanas trabajando por la noche para
evitar el calor de Madrid, desde luego al artista le gusta mucho el frío
En esta ocasión ha utilizado pino silvestre de la sierra norte
madrileña. La madera no ha sido talada especialmente para el trabajo
sino que se ha tomado prestada de una tala cuyo final sería meramente
comercial. Goldsworthy intenta con este proceso establecer una suerte
de conciencia por las consecuencias de nuestros actos en tanto que: «lo
que me interesa es presentar un material en su estado natural (…) se
produce un impacto y una sensación de incomodidad… Lo que se
usa en la ciudad también es naturaleza, y espero, al hacer una
obra en un edificio, conseguir esa asociación». El artista
pretende «entender de dónde vienen los materiales que empleamos
a diario y adónde van», en este caso, todos los troncos empleados
serán convertidos en paneles aglomerados tras la exposición.
Es
la primera exposición que realiza Goldsworthy en España.
Está cuidadosamente diseñada repleta de intencionalidad.
Se trata de integrar en la arquitectura del Palacio de Cristal considerando
la altura de cada pieza como la mitad de los techos de la sala. Los troncos
de las cúpulas están sólo encajados, sin sujeción
(sólo en las puertas). Goldsworthy pretende con ello construir
algo «semejante a como crecen las cosas en la naturaleza», hermanando
al hombre con ella, compartiendo, para el artista, “la energía”
de su naturaleza.
Hay una corriente paisajista que va de lo sublime como
sentimiento vinculado a la naturaleza al minimalismo del vacío.
Pero hay otra corriente paisajista coetánea que tiene su origen
en el Empirismo inglés. Se trataba de encontrar en la naturaleza
el conocimiento, aquí se encuentran Turner, Constable, el pictoricismo,
los motivos «triviales» en la naturaleza para un estudio plástico.
En donde se encuentra la belleza «trivial» de aspectos menudos
de la naturaleza. Es decir, una nueva estética de lo bello a través,
no de un discurso grandilocuente de la naturaleza en cuanto que portadora
de grandes mensajes, sino sumergirse en, primero, escenas no grandilocuentes,
y segundo, acceder a una naturaleza entendida como un fenómeno
maravilloso en sí que no necesita ni del sentimentalismo ni del
discurso grandilocuente.
Ese discurso, que ahora nos parece grandilocuente, es
el del romanticismo alemán. Llo sublime como una gran epopeya a
menudo trágica. La naturaleza como una gran fuerza que engulle
al hombre, el hombre inmerso en esa fuerza que le hace primero, sentirse
inmerso en una energía no «divina» superior a él,
pero que, segundo, puede recibirla hasta hacerse el «superhombre»
de Nietzsche, lo que le llevaría a exclamar que «Dios ha muerto»,
en el sentido de que ya no se necesita la intervención de dios
para explicar el mundo. Esto convive en el tiempo con la más sosegada
postura empirista de búsqueda del conocimiento a través
de la «experiencia» basada en la práctica prescindiendo
de una «Idea» (acaso Revelada). El antiguo dilema entre aristotelismo
y platonismo, en donde surge de nuevo triunfante la percepción
sensorial en la formación de las ideas y no al contrario, como
cualquier reprimido podría argumentar.
(En
el campo científico y tecnológico estamos ya acostumbrados
a recurso y método de la experimentación, al método
científico de probar las hipótesis y las teorías
y cuestionamiento constante de cualquier idea preconcebida insuficientemente
sustentada en realidades, no en «verdades». Todo el mundo entiende,
por ejemplo, que un medicamento funciona mediante la experimentación
y el protocolo científico y no mediante el ritual y las jaculatorias).
La grandilocuencia del romanticismo alemán podría
haber desembocado en el minimalismo abstracto de un Barnett Newman y de
un Marc Rothko. Una reacción de lo sublime como tragedia ilustrada
con imaginería retórica, desde un punto de vista formal,
a lo sublime como «vacío», formalmente contenido en el
color y en una casi ausencia de formas, más allá incluso
que de la mera abstracción. Para ello, se puede uno remitir a la
Fundación Juan March, «Del paisaje romántico a la abstracción».
El refinamiento, desde un punto de vista estético,
de la experiencia sensorial, es lo que primero se encuentra en Andy Goldsworthy.
Él no sólo forma conceptos partiendo del mundo sensible,
sino que crea belleza partiendo de una experiencia sensible con la naturaleza.
La manera de tratar ese “lo que uno ha experimentado, lo ha experimentado”
(que exclamaría Whitehead). Pero este sutil y elegante proceso
comienza precisamente con el tratamiento de lo «trivial», de
esos elementos que encuentra en la naturaleza, él y sus compañeros
de la tendencia Land Art.
Finalmente comentar que en este momento, Goldsworthy,
tiene otra exposición, la mayor de su carrera, en el Yorkshire
Sculpture Park, en Inglaterra, que celebra su treinta aniversario. Goldsworthy
ya trabajó como artista residente allí, al principio de
su carrera en 1987, ya que incluso pasó su niñez en una
granja en Yorkshire, aunque ahora vive un poco más al norte, en
Escocia. En ella hay muchas intervenciones y hermosas obras por descubrir.
