La función que sale mal: todo lo que no se ve cuando el teatro sale bien
Hasta el próximo 20 de diciembre, La función que sale mal, la comedia que convirtió el desastre escénico en éxito mundial, ofrece en el Teatro Amaya una lección sobre todo lo que el público no ve cuando una función sale bien
Desde su estreno en Londres en 2012, la comedia ha recorrido medio mundo con una premisa tan sencilla como su título: una compañía de aficionados presenta una obra típica de asesinato en una mansión inglesa, y todo lo que puede fallar, falla. La versión española, adaptada por Zenón Recalde y dirigida por Sean Turner, con David Ottone como director asociado, se representa ahora en el Teatro Amaya. Bajo la farsa late mucho más que una sucesión de errores divertidos: una reivindicación de los numerosos oficios invisibles o inadvertidos que intervienen en un montaje teatral por lo que al escenario respecta (regidores, director y ayudante, escenógrafo, figurinista, gerente, jefe técnico, utilero, maquinista, técnicos de sonido y de iluminación), y de la pulcra organización que exigen tanto el espacio como el tempo y el ritmo escénico.
Al exhibir cuanto se tuerce, la obra pone de relieve, por contraste, el esfuerzo de cada intérprete y de cada técnico en las funciones a las que asistimos habitualmente, aquellas en las que nada sale mal, así como la coordinación del conjunto que las sostiene.
La elección, por parte de los autores, de una compañía de aficionados como personajes subraya la distancia entre la profesionalidad de los equipos del teatro comercial y la buena voluntad de quienes carecen de formación específica. Uno o dos miembros con buena voz, capaces de modularla o dotados de cierto talento o cierta soltura, no bastan para alcanzar un resultado mínimo: hace falta la formación que proporciona los recursos necesarios para reaccionar ante el imprevisto.
Nada de esto se enuncia, pero asoma desde el principio, cuando el satisfecho director de la compañía, la sociedad dramática de una supuesta Escuela Politécnica, celebra haber reunido por fin un elenco suficiente para no tener que suprimir personajes por falta de actores. Lo encarna Héctor Carballo, que asume también el papel del inspector encargado de resolver el crimen.
El trabajo que no se ve
El montaje comienza, de hecho, antes que la función interpretada. Mientras el público ocupa las butacas, se dejan ver los entresijos de última hora: herramientas que no funcionan o se rompen, una carpintería de decorado de alarmante fragilidad, accesorios y adminículos fuera de su sitio. Algunos parecen superfluos hasta que el desarrollo de la acción los reclama y se comprueba cómo su ausencia o su desajuste desencadena el caos y desequilibra el resto de los elementos. La desatención del técnico de luces y sonido, Trevor (Guillermo Sanjuán), provoca que la música incidental y los efectos lleguen a destiempo y malogren lo que debían subrayar.
El vestuario adolece, dentro de la ficción, de un convencionalismo propio de quien, sin documentarse convenientemente, se ha nutrido de imágenes cinematográficas y teatrales previas: un muestrario de figurines tópicos del misterio inglés de entreguerras que parece recién salido del cartel de una película de Agatha Christie, con curiosas estridencias, como los calcetines con la bandera inglesa. Se simula cumplir la vieja máxima de vestir a cada personaje según su condición o su oficio en la trama, pero sin personalizar su atuendo.
Actores que interpretan a malos actores
En lo que respecta a los intérpretes, cada miembro de la compañía ficticia se atiene a un modelo de actuación distinto, y todos quedan ridiculizados por algún defecto. Max, a quien da vida Rubén Casteiva, interpreta al hermano del difunto ilustrando cada réplica con las manos y, en ocasiones, con el cuerpo entero, según un modelo de declamación muy criticado durante siglos, particularmente en el siglo XVIII. Sandra (Mai Martín) presta a la prometida un falso aire de comedia. Robert (Víctor de las Heras), hermano de esta y amigo íntimo del muerto, cree dominar el arte del suspense y encarnar bien a un hombre orgulloso de su condición social a fuerza de voz engolada. El papel del mayordomo recae en Dennis (Alfredo Sánchez), que se ayuda de chuletas escritas en las palmas de las manos y, aun así, tropieza al acentuar determinadas palabras. A él y a Sandra los dominan, por añadidura, dos vicios tradicionales del gremio: tomar las risas del público por burlas personales y anteponer el ego a las necesidades de la función. Y Jonathan (Pablo Sevilla), a cargo del cadáver, es incapaz de hacerse el muerto cuando, por no haber medido al milímetro las distancias, se ve acometido por toda suerte de imprevistos.
Para los intérpretes reales, el trabajo se duplica. Han de encarnar al actor aficionado y, al mismo tiempo, al personaje que ese aficionado procura representar. Buena parte de la comicidad nace de ese doble plano: del contraste entre lo que les sucede y lo que el texto les obliga a decir o hacer, y de las coincidencias fortuitas entre sus réplicas y sus percances personales. Hace falta mucho oficio para fingir con exactitud que no se tiene.
La función que sale mal, un desorden calculado
Todos ellos parecen obedecer a una consigna de dirección según la cual la función debe continuar pase lo que pase. Lo que falta siempre se sustituye con lo que buenamente se encuentra, aunque se obligue al regidor o al técnico a servir de comodines para sostener decorados o relevar a actores en apuros: es la máxima del teatro aplicada sin la oportuna previsión, y de ahí que cada remiendo desemboque en un desastre nuevo.
Durante una hora y cuarenta minutos sin descanso, La función que sale mal sostiene ese desorden calculado. El espectador sale riendo, pero también con una mirada nueva sobre lo que ocurre entre bambalinas: se ha enterado de cuánto trabajo se precisa para que nada se note.
Ficha
La función que sale mal (The Play That Goes Wrong)
Texto: Henry Lewis, Jonathan Sayer y Henry Shields
Adaptación: Zenón Recalde
Dirección: Sean Turner (versión española), Mark Bell (versión original); dirección asociada, David Ottone; dirección residente, Víctor Conde
Reparto: Héctor Carballo, Víctor de las Heras, Mai Martín, Alfredo Sánchez, Aránzazu Zárate, Guillermo Sanjuán, Rubén Casteiva y Pablo Sevilla
Escenografía: Nigel Hook · Vestuario: Roberto Surace · Iluminación: Ric Mountjoy · Sonido: Andy Johnson
Duración: 1 h 40 min, sin descanso
Teatro Amaya, Madrid. Hasta el 20 de diciembre de 2026
Web oficial y entradas
