Juliana Serri: «Velos y desvelos»

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Art Madrid 2025: un escaparate de tendencias y reflexión artística

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Garaje Bonilla, un nuevo espacio para el arte

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Huguette Caland, una vida en pocas líneas

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Grada Kilomba: ”Opera to a black Venus”

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La  multidisciplinar artista portuguesa Grada Kilomba (Lisboa 1968, que habitualmente reside en Berlín) en un encuentro  a los medios acompañada del Comisario de la exposición el ex director del Museo Manuel Borja-Villel Más»

Gabriele Münter, la gran pintora expresionista

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El Museo Nacional Thyssen Bornemisza en cooperación con The Gabriele Münter and Johannes Eichner Foundation, la Städtische Galerie Im Lenbachaus und Kuntsbau München de Múnich, el Musée d´Art Moderne de Paris y Más»

 

Isabel Fernández Mira y Ángela y Ana Mejías: Jugar a no vivir

por Alberto López Echevarrieta

Editorial Chronica, 2010. 224 páginas

Desgraciadamente las crónicas de sucesos ofrecen a diario espeluznantes casos de malos tratos y de torturas psicológicas que se infringen unas personas a otras como si de seres salvajes se tratara. Es lamentable, que la frecuencia de las denuncias sólo sirva para hacernos recordar que a los humanos nos separa poco de las bestias. La reiteración de esas noticias hace que nos acomodemos a un tipo de noticias que jamás debieran producirse. Hay casos realmente espeluznantes que, por la brevedad de la información, omiten detalles del insoportable día a día de los sufridores.

Acabo de leer el libro Jugar a no vivir, escrito por la periodista Isabel Fernández Mira con la ayuda de las dos protagonistas de la historia, las mellizas Ángela y Ana Mejías. No salgo de mi asombro al imaginar cómo ha sido la infancia de estas muchachas tras seguir capítulo a capítulo las amarguras y soledades sufridas al estar sus vidas supeditadas a una madre alcohólica que les abandonó siendo niñas, a una abuela a la que tenían que cuidar siempre y al nada edificante espectáculo del trapicheo de drogas que llevaban a cabo sus tíos en la misma casa. Angie y Ana no son heroínas de novela. Son personajes de carne y hueso que, a fuerza de soportar las bofetadas de la vida, se hicieron mayores antes de tiempo. Comprendieron con pocos años que aquello no se lo merecían y, aún menores de edad, llegaron a acudir a la policía para denunciar la situación de abandono en la que estaban. Lejos de recibir el amparo que pensaban iban a conseguir, tuvieron una amonestación.

A partir de ese momento, las dos muchachas lucharon por salir adelante con sus propios recursos procurando ser normales en un mundo completamente anormal. Lo hicieron a fuerza de tesón consiguiendo salir a flote en un mar endiabladamente agitado. Hoy en día estudian y trabajan. Saben que han triunfado, no cómo muchos entienden la victoria, sino simplemente haciendo una vida normal, lejos del entorno en el que vivieron sus primeros años.

Son de Hospitalet de Llobregat y quienes las conocen saben del esfuerzo sobrehumano que han hecho para salir de aquel infierno. Ellas lo han conseguido, pero son conscientes de que hay otras como ellas, desgraciadamente muchas, que no saben cómo salir del pozo o carecen de su fuerza de voluntad para lograrlo.

“Me da pena haber pedido tanta ayuda y que nadie nos hiciera caso nunca”, señala uno de los testimonios llegados a oídos de Isabel Fernández Mira, licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona, y que decidió hacerlos públicos para que otras personas que viven en situaciones parecidas a las de estas gemelas, tomen ejemplo.

Hay veces en que el periodista se encuentra frente a casos como éste y queda sobrecogido, porque no siempre se presenta el infierno y el caos de forma tan evidente. Es duro escuchar de dos jóvenes de 25 años frases como ésta: “Estamos convencidas de que nuestra madre nos odiaba”. Y para colmo con un padre que pasa de todo y las deja a merced de la nada. Es particularmente sobrecogedora la narración en la que expresan con sencillez cómo fue su primera Navidad sin su madre, solas en la casa, valorando cómo había sido su relación con ella. Aquellas ganas de diversión, propias de la fecha, quedaron truncadas para convertirse en uno de los peores días de sus vidas. “En aquel momento fuimos conscientes de nuestro absoluto y tremendo abandono”, confiesan.

Angie y Ana celebraron que su madre se marchara de casa porque ello significaba que por fin se acababan las constantes peleas, las pastillas, el alcohol y las amenazas de suicidio. Pero la tristeza cubrió con su negra capa el ambiente ya viciado de aquella casa. El padre se divertía con su novia y el resto le daba igual. ¿Dónde estaban los consejos, la guía, que precisaban aquellas niñas?

Cuando cumplieron 18 años lograron una primera cota de felicidad porque dejaron de depender de la firma de su padre y podían administrar el dinero que habían ahorrado a base de muchos sacrificios, trabajando de sol a sol. Así empezaron una nueva vida. Ahora han dejado el relato de su peor experiencia en un libro directo y descarnado.

La narración es fluida, con frases cortas que describen todo el hondo dramatismo de situaciones límite en las que el odio y el maltrato constituían el pan nuestro de cada día. Algunas declaraciones –“Nuestra guía era no parecernos a nuestros padres”– dan mucho que pensar. Al final, el lector, conmovido por el relato, se pregunta si realmente puede haber un infierno peor.