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Art Madrid 2025: un escaparate de tendencias y reflexión artística

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Garaje Bonilla, un nuevo espacio para el arte

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Huguette Caland, una vida en pocas líneas

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Grada Kilomba: ”Opera to a black Venus”

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Gabriele Münter, la gran pintora expresionista

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Miranda Popkey: «Temas de conversación»

por Mercedes Martín

(Gatopardo ediciones, 2021)

Temas de conversación es la primera novela de Miranda Popkey y está escrita en su mayor parte en forma de conversaciones que van y vienen, pero siempre giran en torno al deseo femenino y su legitimación.

Es sabido que las mujeres no deben mostrar su deseo como hacen los hombres, porque socialmente se las condena llamándolas “chica fácil” o cosas peores, estos calificativos legitiman a algunos hombres para tomarse ciertas licencias desagradables, y para descartar a estas mujeres como pareja formal. Este es uno de los peligros de ser mujer y mostrar tu deseo, y esta discriminación por razón de sexo sucede todavía hoy, en sociedades “modernas” como las nuestras.Y no solo afecta a las relaciones sexuales y amorosas, el rechazo social puede marcarte en tu entorno de muchas maneras. Recuerdo haber leído Pura Pasión, de la escritora Annie Ernaux. En esta novela la autora cuenta en primera persona su deseo por un hombre, sin tapujos, y la crítica no se lo perdonó. Tuvo que soportar que se burlaran de ella, no porque escribiera mal, sino porque una mujer se había atrevido a hablar en primera persona de su deseo. Recuerdo también una entrevista, reciente, a Milena Busquets tras publicar su primera novela: la escritora confesaba que los hombres empezaron a insinuársele en los cafés… y todo por haber osado a desafiar esas convenciones de género.

Pues bien, la hipótesis que subyace a Temas de conversación es que las mujeres, que hemos aprendido que debemos ocultar o disimular nuestro deseo sexual, con frecuencia lo ocultamos delegándolo, es decir dejando que la iniciativa y la responsabilidad recaiga en la pareja o, incluso, en un desconocido al que le hemos “echado el ojo”, por ejemplo en una fiesta. Popkey nos cuenta anécdotas a través de las diferentes conversaciones que tejen el relato: la anécdota de la universitaria recatada que encuentra una forma bastante peligrosa de tener relaciones sexuales sin poner en peligro su reputación (emborrachándose), la anécdota de la mujer que abandona al marido porque no le parece fuerte, porque no se impone, la anécdota de la mujer que se viste como una “presa” porque sabe que los hombres “van de caza”.

Para qué le voy a engañar, querida lectora: no pocas veces quise lanzar el libro contra la pared porque la manera en que la autora habla de la ocultación del deseo sexual femenino, un deseo que busca someterse al deseo masculino para justificarse y evitar así el castigo social, esa culpa aprendida, pone los pelos de punta… La realidad es que las películas, los libros, el porno, etc., nos enseñan, tanto a hombres como a mujeres, a ver las relaciones sexuales ligadas a la dominación y a la sumisión, y lo normaliza: el sexo es así. El problema es que esta pasividad que se espera de las mujeres puede ponerlas en situaciones de peligro. La protagonista de la novela busca al “hombre de verdad”, ese tipo duro e incluso violento que sabe mandar, porque le parece sexy, le parece que así debe ser un hombre, y en su búsqueda solo obtiene desamor, peligro y soledad. Porque al igual que las mujeres aprenden en sociedad a cosificarse poniendo su deseo (y todo lo demás de hecho) por detrás del deseo masculino, los hombres aprenden a poner el suyo por delante. Una se pregunta hasta qué punto esta manera de ver las relaciones puede cambiarse y hasta qué punto está todo esto conectado con la violencia de género. Y parece evidente que sí lo está.

Hay quien piensa que el cine (la literatura, el arte en general) podría tener un papel importante para cambiar nuestra manera de ver el mundo y hay quien piensa que cambiar el mundo no es el papel del arte. Yo estoy de acuerdo con los primeros. Porque el arte es manipulación, de hecho no existe un arte no manipulado, un arte que no procede de una elaboración: no existe. El arte no es ni puede ser objetivo.

Lo que nos muestra el arte que busca vender y, por tanto, llegar a más gente, es solo la versión dominante. Un punto de vista que a fuerza de repetirse se ha convertido en “la realidad”. Es el pez que se muerde la cola: esa versión predomina porque es la que se repite y es la que se repite porque es la que se respalda económicamente, la que recibe más crédito, “el caballo ganador” en la taquilla.

Pero no es la única versión. Hay más puntos de vista y ver las cosas desde otros ángulos nos conviene porque nos hace pensar, aprendemos que la vida no es así y las cosas pueden ser de otra manera, que la violencia y el poder no son eróticos ni irresistibles. Y que el deseo de las mujeres no tiene por qué disimularse, reprimirse como algo vergonzoso, ni relegarse a una posición secundaria por detrás del deseo masculino. Empezaríamos a respetar ese deseo. Tal vez así no solo tendríamos una visión del mundo más compleja y profunda, sino que nos irían mejor las cosas.

Escribo esta reseña a principios de marzo, acercándose el día de la mujer y deseando un cambio hacia una sociedad menos violenta.