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Ángela Figuera: «Soria pura»

por Mª Angeles Maeso

(Ed. Lastura, 2020)

Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902 – Madrid, 1984) publica, con 46 años, su primer libro, Mujer de barro, (1948). En él recogía la antorcha encendida por Carmen Conde un año antes con Mujer sin Edén. Para una y otra se trataba de construir una expresión poética confrontada al lenguaje de la tradición masculina; se trataba de decirse como sujeto activo del deseo, de abismarse, a fin de cuentas, en la conciencia existencial. Verdad es que a la edad en que Ángela Figuera publica su primer libro otros ya lo han dicho todo; verdad es que otros, antes de esa edad, han podido conectarse a una tradición poética en la que reconocerse; verdad es que otros han podido vivir entregados a su decir. Pero ese no es el caso de las mujeres que abren libros y leen negando cuanto les nombra. Son “años de lentitud, años de aguja sobre un bastidor difícil” como los define Trina Mercader. Tras la muerte de Franco, en un contexto sociocultural vindicador de derechos y de tiempos perdidos, emergerá el modelo de la poeta precoz y procaz construyendo el decir de la mujer adolescente, pero cuando sale a la luz Ángela Figuera no hay movimiento emancipador alguno al que pueda conectar su lenguaje, fue larga su personal travesía por el desierto y no deja de sorprender que ese salir tardío le sirviera a la crítica franquista para encasillar su obra bajo el concepto de la maternidad: Cuando una mujer escribe versos con cierto retraso sobre la edad normal, un fuerte sentido materno catalizará su obra futura”… Eso y más hemos leído, entre la ira y el sonrojo, en una antología de poesía “femenina” de los cincuenta, como si antes de estas poetas de posguerra no hubieran sido silenciadas cuantas escritoras libres les habían precedido. Aunque nadie como ella haya desmitificado tanto la política materna como motivo poético complaciente para el itinerario existencial de la mujer, Ángela Figuera sería considerada por el franquismo como figura mantenedora de la Sagrada familia. La poesía de sus dos primeros libros será utilizada para refrendar el ideal de ángel del hogar que a la política cultural de la posguerra le importaba. Se trata de una mirada reduccionista que busca neutralizar la fuerza sensitiva y erótica, ya presente en los poemas de su primer libro, Mujer de barro, y en la personalísima percepción de la naturaleza cargada de hedonismo de Soria pura. Ambos libros siguen resistiendo abiertos, ambos sobrepasan con creces la limitada visión del ‘ángel del hogar’ y nos permiten disfrutar de una poesía intimista y de una frescura natural extraordinaria. Precisemos que a la altura de su casi medio siglo de edad, Ángela Figuera emerge como poeta ya hecha, que ha evitado dar a la imprenta los escritos de aprendizaje y de imitación, de modo que en su obra ya aparece una tensión nuclear: la toma de la palabra asociada a una existencia de mujer. Consciente de esa edad tardía, dice ella en Mujer de barro:

“¡Qué poquita labor; qué poquita labor!…

Unos versos, un hijo, un hogar, un amor…

Pero tú, que me miras con desdén al pasar,

tú, que vas tan orondo… ¿Has hecho mucho más?”

 

No es casual que Mujer de barro se cierre así:

Dónde estarán las palabras

que digan  lo que yo quiero?   

Una pregunta para indagar en un lenguaje que designe lo que no está escrito, una obsesión de la poeta durante esos años lentos, por los que hay media vida en hitos como éstos: Una infancia entre nueve hermanos, cuyo primer lugar ocupa ella; un bachillerato de enseñanza libre; la carrera de Filosofía y Letras, que le costó emprender, debido a la oposición familiar; la muerte, en 1926, de su padre (ingeniero industrial y profesor de la Escuela de Ingeniería) un año antes de que ella acabara la carrera y que dejó a la familia en la penuria económica, lo que implicó su traslado a Madrid, al lado de unos parientes para acabar los estudios y trabajar. Con uno de estos parientes, Julio Figuera, un primo carnal, cuatro años menor que ella, se casará en 1934, al año siguiente de que Ángela comenzara su vida laboral como profesora en un instituto de Huelva. Antes de ese primer par de libros hay un primer hijo perdido en un parto difícil, una sublevación militar, un marido en el frente con las milicias de la república, una guerra también perdida y un hijo que nace en una ciudad bombardeada. Antes, hay una posguerra de perdedores cesados de sus empleos. Antes hay una Ángela que lee, escribe, traduce y vive hacia dentro de la familia. El final de esos años lentos lo sellan Mujer de barro (1948) y Soria pura (1949), este último recoge el tiempo en el que la familia pasa temporadas de verano en pueblos de Soria (Burgo de Osma, Hortezuela) y que recientemente ha sido cuidadosamente reeditado.

Con frecuencia se ve la obra de esta poeta marcada por dos estilos: El definido por una poesía esperanzada, gozosa, sensual, celebradora en suma de la vida, al que corresponden tanto Mujer de Barro como Soria pura, y una poesía preocupada, adjetivo que ella prefería al de comprometida, en la que, tras la lectura de la obra de Celaya, predominarán los temas sociales y la reflexión moral sobre la marcha del mundo. Pero ella, recordémoslo, en sus primeros libros es una poeta ya hecha, armada de una concepción ideológica y una personal concepción estética. Ángela Figuera no experimenta ninguna caída de ningún caballo cuando lee a Celaya.

Soria pura es publicado el mismo año (1949) en el que había presentado al Premio Adonais, otro libro, En la delgada arista, un poemario que, al no obtener el premio, lo incluye revisado en otro libro, en Los días duros, (1953) en el que predomina la poesía de concepción ‘preocupada’, escrito durante los mismos tiempos en los que los que escribió Soria Pura. Sirvan dos poemas para ejemplificar que su poética es una. El poema Exhortación impertinente a mis hermanas poetisas (rev. Espadaña, nº 45. 1950):

Eva quiso morder en la fruta. Mordedla                                                                                           

cantad el destino de su largo linaje                                                                                        

dolorido y glorioso. Porque amigas, la vida                                                                                     

es así: todo eso que os aturde y asusta.

En un poema de Los días duros, el libro presentado al Adonais el mismo año que publica Soria pura, (1949) y que, al no obtener el premio, no se publicaría hasta 1953, dice así:

Hácese el hijo en mí. ¿Y han de llamarle

el hijo del Hombre, cuando, fieramente,

con decisiva urgencia me desgarra,

para moverse vivo entre las cosas?

 Este modo de reclamar un yo arrebatado es también el que rige la sensorial percepción de la naturaleza en Soria pura. En el poema Mediodía, Eva trae consigo la pureza y el resplandor de los orígenes:

Es para mí. Se hizo para mí.

El sol y yo.

El sol y yo, como en el primer día.

Eva y el sol.

Poemas de una Eva que mira, escucha, sufre y goza de una naturaleza primordial, que opera como alter ego silencioso, que acoge la celebración común de estar viva como los ríos, los árboles, el viento o las nubes…

Así hay que vivir, así:

El alma bien arraigada

en esta dura piedra de la vida;

bajo los altos cielos,

junto al agua…

Esa explosión de vida recobrada es el legado de Soria pura: dejar de sobrevivir para vivir la explosión de vida natural como afirmación de existencia, al margen del sentido de la misma. Una Eva que, en Soria pura mira y escucha, y que pasará a la acción en los sucesivos libros de esta grandísima poeta. Soria, gracias a Ángela Figuera deja de ser sinónimo del paisaje del páramo, del camino de polvo, sudor y sangre, de las pardas colinas, de los senderos cenicientos, de campos yermos y ásperas roquedas, para ser pradera, río, junco estremecido por la fuerza del amor. Nunca el paisaje de la meseta castellana había estado tan conectado a la sensualidad y al erotismo como en estos breves poemas.

Es muy celebrable que una joven editorial recupere este libro que tanto contribuye a la configuración de Soria como topoi poético de vida renacida.