Vivian Gornick: «Mirarse de frente»
por Mercedes Martín
(Sexto Piso, 2019)
Vivian Gornick es una periodista y escritora estadounidense que publicó en 1986 Apegos feroces, un libro de memorias que supuso su confirmación como escritora. Junto con otras feministas de los setenta, militó en aquellos movimientos y vio “el amor romántico” como un enemigo contra el que había que luchar. Ahora está viviendo un buen momento, porque Apegos feroces se ha traducido a trece idiomas, uno de ellos el español (2017) y seguidamente otros dos libros suyos: La mujer singular y la ciudad y Mirarse de frente. Los tres son libros de memorias que llevan al lector a reflexionar sobre las relaciones humanas.
Una de las anécdotas, con las que abre el libro que reseño, data de cuando empezó a ganar su propio dinero y empezaba a hacerse adulta. Era camarera en los Catskills y fue testigo de una violación, pero en aquel momento no le dio la importancia que tenía. Esas cosas pasan: un chico se obsesiona con una chica que no le hace caso, hasta que un día el chico pierde los papeles y le arranca la ropa. De alguna manera se había llegado hasta allí y la chica tenía mucha culpa. “Tú te lo has buscado”, le dijo Gornick a su compañera, adoptando el punto de vista de él, el punto de vista que las mujeres de su época habían aprendido a adoptar. Ahora leemos esto y se nos ponen los pelos de punta, pero en aquella época, era moneda de cambio: las mujeres deben saber esquivar a los hombres y, si pasa algo, es porque ellas “se pusieron a tiro”. Esa anécdota la persiguió hasta que tomó contacto con el feminismo en los años 70 y se dio cuenta de lo que implicaba ser educado en el patriarcado: adoptar cierto punto de vista que te pone a ti, como mujer, en desventaja.
Pero ser crítica con el statu quo en los setenta, la llevó a oír insultos y amenazas: todo el que cuestiona lo establecido corre el riesgo de quedarse solo. Escribir, para Gornick, significa las dos caras de la moneda: liberarse del patriarcado y aprender a estar sola.
Gornick cuenta otra anécdota, la de una amiga a la que admiraba, muy inteligente y llena de resentimiento contra el mundo. Estaba resentida porque había comprendido que el papel reservado a la mujer en la sociedad ofrecía pocas expectativas a su inteligencia. Había publicado un buen libro titulado Mujer y autoridad, pero los editores no apostaban por él. Aquella mujer había emprendido la lucha titánica en su tiempo de escribir sobre la dominación masculina, pero pocos la leerían. Más allá de novelas rosa, cuentos infantiles o algún artículo en las revistas, las mujeres poco tenían que decir. Pocas conseguían escapar del estereotipo. Aquella mujer quería dar su opinión en la mesa, por ejemplo, igual que cualquier hombre, llevar la contraria si era el caso, sin que la tildaran de loca. Como resultado, emprendió una carrera contra el mundo, que terminó en un “accidente” de coche.
Hoy, el 50% de las viviendas de la ciudad de Nueva York están ocupadas por una sola persona, dice Gornick, y ella es una de ellos. La gente que se mueve por la ciudad toma contacto visual con los extraños para salir del anonimato, a veces comparte alguna anécdota y se ríe con los desconocidos. Ella se lleva siempre a casa sus observaciones sobre la vida en la ciudad, para darles forma en la página escrita, como en este libro. En las entrevistas que da hoy en día, cuando le preguntan si no se arrepiente de haber vivido como lo hizo, responde: “hice lo que tenía que hacer y acepto las consecuencias”.
“Frente al estadio hay un hombre que vende un objeto que la gente no sabe lo que se pierde: «a dólar, a dólar, solo a un dólar, amigos», dice en un zumbido monótono, “no se pierda la ocasión, sólo hoy». Lo único que se mueve es la boca, los ojos están muertos. Una joven se abre paso entre la multitud. Ella trabaja en el barrio. El vendedor la conoce: «Me alegro de verte, guapa, me alegro, ¿cómo estamos hoy?» Es sorprendente cómo la voz se destaca del zumbido monótono. Las mejillas de la mujer se iluminan. Ella asiente en reconocimiento. Es evidente que es un ritual. Treinta segundos al día, estas personas se rescatan entre sí de la multitud anónima”.