Juliana Serri: «Velos y desvelos»

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Art Madrid 2025: un escaparate de tendencias y reflexión artística

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Art Madrid celebró su 20ª edición, consolidándose como un evento clave dentro del circuito del arte contemporáneo en España. A lo largo de cinco días, el centro de la capital se convirtió Más»

Garaje Bonilla, un nuevo espacio para el arte

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Huguette Caland, una vida en pocas líneas

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Grada Kilomba: ”Opera to a black Venus”

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La  multidisciplinar artista portuguesa Grada Kilomba (Lisboa 1968, que habitualmente reside en Berlín) en un encuentro  a los medios acompañada del Comisario de la exposición el ex director del Museo Manuel Borja-Villel Más»

Gabriele Münter, la gran pintora expresionista

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El Museo Nacional Thyssen Bornemisza en cooperación con The Gabriele Münter and Johannes Eichner Foundation, la Städtische Galerie Im Lenbachaus und Kuntsbau München de Múnich, el Musée d´Art Moderne de Paris y Más»

 

Santiago Lorenzo: «Los asquerosos»

por Mercedes Martín

(Blackie Books, 2018)

Tengo una pequeña pila de libros en la mesilla. Saco uno del montón: “Los asquerosos. Santiago Lorenzo”. Se publicó en 2018… ¡Vaya, cómo pasa el tiempo! Pero bien pensado no queda tan lejos y además el libro bien vale una reseña, no porque forme parte de la literatura “neorrural” que tanto se lleva, sino sobre todo porque Lorenzo habla del campo usando un lenguaje ingenioso, que suena a picaresca, a Quevedo y a Gracián. El lenguaje que despliega el autor es, sin duda, lo mejor de la historia.El libro trata de la riqueza de encontrarse con uno mismo, de no necesitar nada más que lo imprescindible. Consumir compulsivamente la tecnología, la actualidad, los famosos, el dinero, etc. Esta actitud en la vida no es más que un lastre que nos impide ser felices.

Todo empieza por un incidente. Manuel (nombre ficticio del protagonista) no tenía planeado lanzarse a la vida retirada, pero un día, va a salir del portal de la calle Montera donde vive alquilado y entra un antidisturbios. Al parecer hay una manifestación fuera, cosa que Manuel ignoraba, y lo han confundido con un manifestante. En pocos segundos, Manuel tiene que decidir si se deja apalear por la autoridad o se defiende. Y se defiende. Y tiene que huir. 

No tiene a nadie, salvo un tío lejano, que le aconseja que se vaya a un pueblo abandonado. Así que, por casualidad, Manuel, huye del mundanal ruido y se instala en Zarzahuriel (nombre también ficticio). Allí crea un hogar para él, sin necesidad de compañía alguna, ayudándose de su habilidad innata con las manos y su falta de habilidad con las personas. Poco a poco se apega cada vez más a la vida contemplativa. Si quiere agua, va a la fuente, si quiere luz, roba un panel solar cerca de la carretera, si quiere calor, corta leña, si quiere comida, la cultiva, si quiere un escurridor de platos, se fabrica uno con lo que recicla. No tiene que aguantar a nadie, nadie le pide el alquiler a fin de mes por una vivienda inhabitable, nadie le escamotea el sueldo. Vive a sus anchas, vive a cuerpo de rey con lo puesto. Es un anacoreta que ni ora ni hace penitencia, un estoico a su manera. Así lo describe Lorenzo:

“En fin, que no necesitaba apenas nada de lo adquirible en una tienda. La carencia era su gran saciante patrimonio. Se estaba instalando en una austeridad fiera en la que chapoteaba cada vez con mayor deleite, como quien se da a la gimnasia extrema y goza con la queja muscular, la falta de aliento y el dolor de plantas. Su apetito por la sobriedad empezaba a ser gula, y su amor por la pobreza empezaba a ser lujuria. La suya era una parquedad gozosa”.

No hay, según el autor, una oda a la naturaleza ni a la pobreza, lo que hay es un desprecio de lo mundano, de lo inauténtico por infinitamente imitado, de lo superficial: la publicidad que cada día nos bombardea, la vanidad de los selfies, la tontería del Sálvame y el famoseo, el amarillismo de la prensa, una cuenta de Facebook, de Instagram y de Netflix, la ropa de marca hecha en Bangladesh, las bolsitas del contaminante plástico para limpiar la caquita del perro, las toallitas húmedas que atascan las tuberías, las fotos de vacaciones sosteniendo la torre de Pisa. La estupidez humana. La sociedad, al fin y al cabo. A la que Lorenzo (o Manuel, o su tío, que es el narrador de esta historia) llama así en general “Los asquerosos”, y en particular “La mochufa”, que es una variedad todavía más repelente de asquerosos.

La parte más humorística y disparatada del libro es aquella en la que Manuel tiene que soportar a sus nuevos vecinos: una familia de ciudad que alquila la casa de al lado y viene al pueblo los fines de semana. Manuel se esconde, pensando que lo van a delatar, y puede ver desde su escondite, los usos y costumbres del espécimen urbano asqueroso. Durante meses los sufre: hablan a gritos, ponen música para todo el pueblo, sólo dicen tópicos, no saben arreglar nada, dependen del móvil y la tecnología, son adictos a las compras, y copian todo el tiempo todo lo que está de moda. Por eso, Manuel los aborrece y urde un plan para quitárselos de encima.