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Art Madrid 2025: un escaparate de tendencias y reflexión artística

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Garaje Bonilla, un nuevo espacio para el arte

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Huguette Caland, una vida en pocas líneas

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Grada Kilomba: ”Opera to a black Venus”

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Gabriele Münter, la gran pintora expresionista

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Olivia Laing: «La ciudad solitaria»

por Mercedes Martín

(Capitán Swing, 2017)

Cuando estás sola en otro país, empezando una vida nueva, y no hablas bien el idioma, puedes tener un ataque de timidez. Poco a poco, aprendes a evitar las situaciones incómodas por instinto y el mundo se vuelve entonces más difícil de vivir a niveles absurdos, como por ejemplo lavar tu ropa, pedir información realmente necesaria, poner una reclamación… Son detalles que a la gente que habla su propio idioma le hacen la vida más fácil, pero no repara en ello. Lo peor son los amigos. ¿Cómo hacer nuevos amigos cuando ya tienes una edad? El trabajo es el lugar más a mano para esto, pero cuando te tropiezas con las palabras al hablar, cometes errores que cometería un niño pequeño… te vuelves huraño sin siquiera darte cuenta y te pierdes un montón de oportunidades de tener una vida digna. Porque la vida no consiste solo en esa sucesión de actos mecánicos que puedes realizar sin intercambiar una sola palabra con nadie en todo el día. La vida de verdad exige contacto humano.

Olivia Laing se mudó a Nueva York siguiendo los pasos de un amor apasionado, pero una vez allí, él la dejó. Le sobrevino entonces un ataque de timidez. Su autoestima –ya de por sí frágil– cayó por los suelos. Era mujer y tenía treinta y seis años, ¿ya no era atractiva para los hombres? ¿Qué podía hacer a partir de ahora para construir un hogar, una familia, amigos, en la nueva ciudad? Se vio incapaz de regresar a su país de origen y se quedó allí, estancada, amargada, escondida en su apartamento, sin salir excepto para ir al trabajo. Para colmo, no hablaba bien el idioma: ella era inglesa y los norteamericanos le pedían con frecuencia repetir lo que había dicho, porque allí las cosas más simples, como pedir un café con leche, se decían de otra manera.

Una de las cosas que me llamó la atención para escoger este libro de entre todas las novedades que ofreció 2017 fue que hablaba de la soledad, otra fue leer una entrevista en la que la autora ponía el dedo en la llaga al hablar de una soledad por razón de género. ¿En serio? ¿Existe una soledad por razón de género? He indagado un poco más sobre esto y la verdad es que me ha convencido. Las mujeres de cierta edad evitan frecuentar ciertos lugares a ciertas horas porque no son adecuados para una mujer. Mientras que los hombres pueden ir a un bar y hablar con un desconocido, las mujeres se lo piensan mucho, por los peligros que entraña y por el qué dirán. Lo mismo pasa con las páginas de contactos y las citas a ciegas: las mujeres tenemos mucho más que perder en términos de reputación y de seguridad personal. Además, a los cuarenta años tememos haber perdido sin remedio nuestro atractivo, ese es el mensaje con que nos bombardea la publicidad cosmética a todas horas, mientras que a los hombres el imperio de la imagen no les exige tanto. Conocemos a algunos solteros de oro que tienen ya cincuenta años y salen en los medios como unos don juanes. Así que la soledad de las mujeres de cierta edad es una cuestión social, aparte de personal. Olivia se encerró en casa, no sabía adónde ir a encontrar amigos y buscar un nuevo compañero de vida. Ya no era una estudiante universitaria, sino que se acercaba a la cuarentena. Y estar sola, si eres mujer y tienes más de treinta, es como un defecto, dice Olivia en su libro. Mientras que los héroes masculinos de las novelas y el cine son con frecuencia seres solitarios, y no pasa nada, todo lo contrario, esto engrandece su figura de héroe incomprendido, las mujeres carecen de modelos positivos: no hay heroínas solitarias en el cine y la literatura. Por eso es una vergüenza ir a cenar sola a un restaurante un sábado por la noche. Si para ellos puede ser difícil, para ellas lo es más.

Así que, presa de la soledad más vergonzosa y paralizante, Olivia Laing se lanza a estudiar por su cuenta las vidas de seres solitarios, rechazados como ella se sentía en ese momento, por la sociedad. La mayoría no experimentaron el amor o fueron agredidos, acosados en la escuela, abandonados por sus propios padres. No es quizá la mejor terapia para afrontar la soledad.

Después de leer el libro me ha quedado un sabor agridulce porque esperaba más experiencia personal y menos investigación. Personalmente, no creo que la soledad de unos pueda explicarse por la de otros. Las personas que Laing escogió para su estudio vivieron situaciones extremas y algunos perdieron la razón, pero aunque es cierto que nuestra sociedad violenta promueve el aislamiento de las personas, para protegerse: cada vez más recluidas en su apartamento, asomándose tan solo a la ventana de internet para prevenir frustraciones y fracasos en sus relaciones personales… Aunque todo esto nos afecte sin que podamos negarlo, yo esperaba un estudio subjetivo sobre la soledad, más literario y menos documental, algo que me hablara de mi propia soledad en lugar de espantarme con los dramáticos casos que relata. La autora habla de artistas como Edward Hopper, Andy Warhol y David Wjnarowicz, que calmaron sus heridas incurables con su arte.