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Hospital de insomnes

por Nuria Ruiz de Viñaspre

Escribir durante 8 horas sin parar

sería justo

 

Sleep sleep sleep cantaba la nana. Así hasta llegar a 500 sheeps tumbadas, quizá más, quizá menos. Secuencias oníricas repitiendo “Y la música se hizo carne”. Un mantra que nos cubría y nos descubría a todos. Loop nocturno que sonaba como el cántico del mundo cosiendo nuestros corazones rotos. Los cuerpos golpeados en ciudades diferentes se juntaron esa noche en una nave nodriza. Una nanamundi litúrgica en una noche mágica y paciente. Una noche naneada donde la música explícita mecía a cuantos tumbados cuerpos la escuchaban mientras un piano taladraba sus oídos. La música recorría nuestras células en una imagen imborrable. Como si ese mundo a las afueras no existiera ya en tus ojos. Como si nunca hubieras conocido otra cosa ni otro techo ni otro más allá de aquella nada. Ahí entiendes la pregunta sin respuesta. ¿Compartir cama con 500 personas desconocidas nos hace más bondadosos? Qué mágica luz se crea entre 500 personas con todos sus músculos órganos ternuras tersuras manos y desnudas pieles que comparten un mismo lecho y cuya mosquitera era música para las paredes del intestino… Variaciones de un sueño catedralicio. La más tenue música dentro de una noche mística y promiscua. Todo en una nave que transportaba camas hasta el altar mayor. Alta mar del subconsciente. La célula madre.

 Las horas pasan. Muchos han caído en la batalla. Poco a poco fuimos cayendo. Cayendo fusilados bajo la bala de una nana. Balada que apuntaba al corazón y derribaba corazones verticales. Lo que antes era tempestad humana levantada, ahora era un mar en calma donde iban a parar los camas locas de este siglo. Éramos enfermos. Soldados enfermos. Algunos deambulábamos como si fuéramos salmones que van contra corriente, y otros ya tumbados, se dejaban vencer por la invencible música cayendo desintegrados sobre un suelo de hojas muertas. Suelo de partituras y parturientas. Caímos hechos nido, feto, niño y alimento, mientras un nutriente pecho descendía y nos nutría. Fue como entrar en un gran templo donde todo nos rezaba -ll[oremos] cantaba la nana, -ll[oremos] dialogaba. Hacer una nana para sordos. ¿Existe homilía de amor más hermosa en este archipiélago del abatido?

El cielo móvil se hizo cosmos idéntico sobre la ruta de nuestras cabezas y descendió hasta llegar al Gran párpado. Un suelo como almohada y debajo, el sueño y la vigilia llevándote a tu adentro, tierra obscura que somos al otro lado de ese párpado. Los enfermos con pulsera llevábamos una misma tela que cubría nuestras ideas rotas. Las mismas notas de una nana en la que nadar toda la noche con argolla para no perdernos en el ruido. Una sola nana que sonaría 8 horas, 480 minutos, 28.800 segundos para 500 mentes inconsciente-mente desintegradas. Trozos de carne más allá de ellas. Carne suspendida del techo. Una nana hecha con consciencia pero para el subconsciente, aquello de lo que siempre nos olvidamos y más atención requiere, como nuestros pies, sustento de este peso. Todo respondía a una matemática perfecta. A una necesidad primigenia. Siempre hay altos que se creen bajos y bajos que se creen altos. Pero en la horizóntica línea de una cama todos medimos lo mismo. Seamos lo que seamos. Idénticamente acunados. Idénticamente acuñados. Sin buenos ni malos, ni altos ni bajos. Como cuando nacemos. Así de limpios siendo tan sucios.

Aquella noche la nave nodriza fue el útero del mundo. El útero de una Gran Madre que parió en 8 horas a 500 ovejas descarriadas. Hermanos lanzados desde la misma altura de ese gran útero. Agujero negro al que llegamos por centrípetas fuerzas. La gran acunadora

¿Cuántos metros habría desde ese útero a la cama del mundo? La mano en alto me escribía la cifra mientras veía cómo los cuerpos, expuestos en el escaparate de la vida, balanceaban al mismo viento. Éramos soldados llegados de muchas guerras. Viudos, huérfanos, cansados, insomnes. Los heridos de este mundo. Delicadísimas velas manejables. Un delgado cristal en equilibrio.

En mitad de la noche me esforcé por escalar del sueño. Quería izar mi insólito cuerpo y ver la imagen antagónica de 499 cuerpos tumbados. Inermes. Dormidos. Hechos niños. Hechos trizas. Con los sueños cruzándoles las sienes. Dinamitando el pensamiento. Vi cómo un manicomio de sordos se erigía en un sanatorio de oyentes recién paridos al mundo. Todos nuestros nervios estaban engarzados. Cosidos en el aire con cordones umbilicales que se descolgaban desde el techo celular de la Gran Madre. Inolvidable visión que tumbó mis aún dormidos ojos. Fue como vivir un sueño dentro de otro sueño.

Se detiene el mundo. Amanece el nuevo día y todo es otro tras un eternizante in crescendo que nos sube de lo más hondo a la superficie. Se acerca el final. El despertar, tan consecuente con la luz. Emergemos ahora que somos pocos los que dormimos. La música era una onda expansiva que nos izaba desde abajo para alcanzar el vientre de la cúpula. Te levantas más convexa y te acercas a la música como el mosquito a la luz o la implacable boca del recién nacido al arrebujado pecho. Luz que quema y que apacigua. Y guiados por una voz interior, el mundo sonámbulo se acercó a ese altar lleno de consciencia.

Ahora hay en el adentro de este mundo 1.000 ojos que se miran como hermanos enamorados, hermanos con una misma madre y un solo ojo. La Cíclope más bella de todos las leyendas. La madre de todos los hijos pródigos prófugos promiscuos proletarios príncipes protegidos proyectores protectores. Éramos los hijos proyectiles de Hamelin. Los primigenios hijos de Hamelin.Dibujos: Paula Soldevila

Concierto del 8 de julio Sleep, de Max Richter en La Nave de Villaverde y dentro de la programación de Veranos de la Villa.