José María Martínez Laseca: «Concha de Marco en carne y hueso»
por Redaccion
Ed. Ayuntamiento de Soria, 2016. 219 páginas, por María Ángeles Maeso
Concha de Marco (Soria 1916 + Madrid 1989) que tuvo una importante participación en la vida cultural de su tiempo, que consiguió buenas críticas de cada uno de sus siete libros publicados en vida, que sí fue incluida en antologías históricas del S.XX, es hoy una gran desconocida a la que el Ayuntamiento de Soria, en este centenario de su nacimiento, ha prestado atención con la edición de dos obras: el poemario Celda de castigo, libro inédito hasta la fecha, y el estudio Concha de Marco en carne y verso, de Martínez Laseca, quien ha señalado que sigue pendiente la publicación de otro de sus poemarios, “Cantos del compañero muerto”, así como la edición de su obra completa. Falta mucho, sí, pero estos dos títulos abren una brecha en el silencio impuesto sobre Concha de Marco. El silencio es tan hondo que hay que agradecer el acercamiento que nos brinda Martínez Laseca, la imprescindible contextualización social, política, cultural, artística para entrar en la obra de esta poeta.
En 2002 apareció una antología de poesía bajo el título Mujeres de carne y verso que agrupaba nada menos que a 150 poetas del Siglo XX. Y Concha de Marco, no aparece en ella. Supongo que esta ausencia imperdonable explica el título que Martínez Laseca, uno de los más atentos conocedores de esta poeta, da a su estudio: Concha de Marco en carne y verso, una forma de señalar desde el inicio la clamorosa desatención de una obra valiosa.
Señalan los estudios de género la constante interrupción del hilo que laboriosamente han ido tejiendo las que nos precedieron, a veces esa ruptura es prevista en vida por la propia poeta, la imparable tejedora Concha de Marco conoció ese silencio sobre su escritura y también la soledad y supo diferenciarlo de la mudez. Martínez Laseca lleva años vigilando ese hilo con escaso eco y a él se debe el esfuerzo de presentarnos el hacer, el vivir y el decir de una gran poeta que padece la historia del S.XX y que en la segunda mitad del siglo la escribe como sujeto agente.
Nos cuenta M. Laseca que ella reconocía haber vivido dos cautiverios: el de las cárceles de castigo de su marido y el de su propia vida. Nos pone ante un contexto de posguerra, de perdedores encarcelados y luego, “depurados” habitantes en libertad vigilada. Una cárcel en Burgos y otra en casa. Estado de supervivientes, trabajos malpagados, desprecio y humillaciones. Juan Antonio Gaya Nuño, su marido, trabaja como negro, y a ella le oímos decir: “he sido una esclava”. Concha de Marco conoce bien la diferencia entre silencio y resignación u olvido y Martínez Laseca nos da a conocer su innegociable voz en sus poemas. En uno de los que transcribe, perteneciente al que hasta ahora era su último libro publicado, Una noche de invierno, la poeta pone en la balanza toda una vida pendiente:
Y ahora que tengo el porvenir ya puesto,
vuelvo la vista atrás
Y me asombro
de que el intenso bloque de la vida
haya pasado
y sólo sepa que lo mejor de mí
fue todo lo que no fue.
La soledad y el desamparo económico en el que queda al morir Juan Antonio Gaya Nuño en 1976, no le cortarán el hilo de voz. En noviembre del 1977, participa en el homenaje a Carmen Conde, en la tertulia hispanoamericana con Victoria Kent, Carmen Bravo Villasante, Acacia Uceta, Ernestina Champourcín y Angelina Gatell. La nota del ABC del 10 de noviembre recoge la intervención de Concha de Marco: “La poesía escrita por mujeres no existe, según ella, para críticos y antólogos, y culpa del curioso fenómeno al machismo, que sigue funcionando a toda máquina, incluso con la colaboración de las mujeres”.
Cómo le cansa a una esta tarea de desenredar hasta dar con el hilo escondido y tirar y tirar como si siempre tuviéramos que estar empezando. De ahí la importancia de trabajos como éste para visibilizar y provocar el interés por una obra a la que se le ha cortado el hilo. Hace bien Martínez Laseca en abrir uno de sus capítulos con una larga cita de Ortega del año 1923 en la que cuestiona “¿hasta qué punto puede alojarse en la mujer la genialidad lírica?” La pregunta de Ortega, claro está, es puramente retórica. Para Martínez Laseca la respuesta está en la obra de Concha de Marco, en la belleza de su obra, en su alta concepción de la palabra poeta, cuya responsabilidad es sostenerse en estado de alerta:
Quemar un corazón es nuestro oficio
reducirlo a pavesas,
pero la hoguera debe iluminar
este misterio que nos encadena.
Cuando me lean los que no han nacido
estaré siendo
al religarme a ellos
como ahora lo hago
con quienes se me adelantaron en el tiempo” (del poema Juicio, de Tarot)
La poeta sabía que iba a llegar este momento en que sonreímos oyéndole afirmar: “Escribo poesía política porque todo poeta verdadero al hablar de sí mismo comprende en sí mismo todo el acontecer de su tiempo. Dante y Blake fueron poetas políticos que proporcionaron a los acontecimientos un carácter que, a cambio, proporciona significado y altura a lo personal.” Son declaraciones que entrecomilla Martínez Laseca, sin explicitar siempre la fuente, dándole a su estudio un aire de diálogo confidencial, memorialístico, como señala en su prólogo Ignacio del Río Chicote. Así lo leemos, la cuenta del rigor la dan las últimas 20 páginas dedicadas a la bibliografía y fuentes consultadas: un valioso mapa para facilitar el viaje por el mundo de esta gran poeta.